Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– O sea, que no tiene buena relación con las mujeres. ¿O sólo con las mujeres policías?
– Eso es algo que nunca he sido capaz de averiguar. Stewart estuvo casado una vez. Acabó mal.
– Ya. Imagino que sabemos quién quiso acabar la relación. -Isabelle no dijo nada más hasta que cruzaron nuevamente el río. Entonces añadió-: Tendré que pedir una orden, Thomas.
– Umm. Sí. Supongo que ésa es la única vía de acción. Y él conoce muy bien sus derechos. Hillier lo llamaría «un desafortunado signo de los tiempos».
Mientras hablaba, a Lynley se le ocurrió que había seguido la línea de pensamiento de Ardery sin ninguna dificultad. Habían pasado suavemente de John Stewart a Paolo di Fazio, sin necesidad de que Ardery explicase por qué necesitaba una orden de registro: tendrían que recoger las herramientas que el artista utilizaba para esculpir. De hecho, necesitarían las herramientas de todos los artistas con los que Paolo di Fazio compartía el estudio. Los forenses tendrían que examinar todas y cada una de ellas.
– Paolo -señaló Lynley- no va a ser muy popular entre sus colegas.
– Por no mencionar lo que esto significará para su «compromiso» con Dominique. Por cierto, ¿aportó alguna coartada para él?
– No. Sólo dijo que creía que Paolo estaba en Covent Garden. Si se refiere a la tarde, es donde Paolo acostumbra a estar, y alguien tiene que haberle visto allí. También sabía por qué se lo preguntaba. Y, en contra de lo que afirmó Di Fazio, ella sí conocía a Jemima, al menos de vista. La llamó la «ex de Paolo».
– ¿Nada de celos? ¿Ninguna preocupación?
– Nada que me llamase la atención. Dominique parecía saber -o, al menos, eso creo- que la relación que mantenían había terminado. La de Jemima y Paolo, quiero decir.
Hicieron el resto del camino en silencio. Se encontraban ya en el aparcamiento subterráneo de New Scotland Yard cuando Isabelle Ardery volvió a hablar, mientras recogía las compras que había hecho en el túnel del ferrocarril.
– ¿Qué piensa de lo que declaró Paolo de que Frazer Chaplin estaba liado con Jemima? -preguntó.
– Cualquier cosa es posible a estas alturas.
– Sí. Pero también respalda lo que la sargento Havers dijo acerca de ese tío. -Cerró la puerta y echó el seguro, añadiendo-: Y eso, francamente, es un alivio. Estaba preocupada en cuanto a Barbara Havers y su reacción ante los hombres.
– ¿De verdad? -Lynley caminaba a su lado. No estaba acostumbrado a una mujer tan alta. Barbara Havers no le llegaba a la clavícula, y aunque Helen superaba la media de altura femenina, no era tan alta como Isabelle Ardery. La superintendente interina y él caminaban hombro con hombro-. Barbara tiene muy buenas intuiciones acerca de la gente. En general se puede confiar en su capacidad.
– Entiendo. ¿Y qué dice de usted?
– Mi capacidad es, espero…
– Me refería a sus intuiciones, Thomas. ¿Cómo son?
Ella le miró. Era una mirada tranquila.
Él no estaba seguro de cómo debía interpretar su pregunta. Tampoco estaba seguro de lo que le parecía la naturaleza de la pregunta.
– Generalmente, cuando el viento sopla de poniente, sé distinguir entre un halcón y un alcornoque [17] -optó por responder.
Cuando estuvieron de regreso en el centro de coordinación comenzaron a llegar poco a poco los fragmentos de información: Jayson Druther había estado, efectivamente, en el estanco cuando Jemima Hastings fue asesinada en Stoke Newington y aportó los nombres de tres clientes para confirmarlo. También presentó una coartada para su padre, por si había algún interés en ello. «El salón de apuestas -informó John Stewart-. En Edgware Road.» Abbott Langer había acabado sus clases vespertinas en la pista de hielo, sacó a pasear a sus perros en Hyde Park y luego regresó a la pista de hielo para impartir clases a sus clientes de la noche. Pero el paseo con sus perros le proporcionaba el tiempo suficiente para ir hasta Stoke Newington porque no había ningún dueño de perro que pudiese jurar que la familia canina había salido de paseo por el parque, obviamente, cuando no había nadie en casa empleaba a un paseador de perros.
En cuanto a la información de los antecedentes de los miembros de la lista, también se habían hecho progresos. Aunque a Yolanda, la Médium, se le había advertido que dejase de acechar a Jemima Hastings, no había sido Jemima quien la había denunciado. Había sido Bella McHaggis.
– El esposo de Bella McHaggis murió en su casa, pero no hay nada sospechoso asociado a ese hecho -informó Philip Hale-. Le falló el corazón cuando estaba en el lavabo. La hija de Yolanda está muerta. La anorexia acabó con ella. Tenía la misma edad que Jemima.
– Interesante -dijo Ardery-. ¿Alguna otra cosa?
– Frazer Chaplin, nacido en Dublín, uno de siete hermanos, no tiene antecedentes ni denuncias. Llega al trabajo a su hora.
– Tiene dos trabajos -le dijo Isabelle.
– Llega a su hora a los dos trabajos. Parece estar un poco demasiado interesado en el dinero, pero ¿quién no lo está? En el hotel Dukes corre una especie de chiste: Frazer buscando a algún rico norteamericano-brasileño-canadiense-ruso-japonés-chino-cualquier-cosa para que le mantenga. Hombre o mujer. Le trae sin cuidado. Es un tío que tiene planes, según el gerente del hotel, pero nadie le culpa y todos le aprecian.
– Es uno de esos tíos del tipo: «Ese es nuestro colega, Frazer» -dijo Hale.
– ¿Algo acerca de Paolo di Fazio? -preguntó Isabelle.
Resultó que Paolo di Fazio tenía un historial interesante: había nacido en Palermo, de donde su familia huyó de la Mafia. Su hermana había estado casada con un mafioso poco importante que la había matado de una paliza. Al esposo lo encontraron colgado en su celda mientras esperaba el juicio, y nadie pensó que se hubiera suicidado.
– ¿Qué hay del resto? -preguntó Isabelle Ardery.
La información restante era escasa. Jayson Druther tenía un ASBO [18], aparentemente por una relación que acabó mal. Pero esa relación era con un hombre, no con una mujer, por si esa información pudiera resultar valiosa. Abbott Langer, por otra parte, era una especie de rompecabezas. Era verdad que había sido un patinador olímpico sobre hielo reconvertido en entrenador y paseador de perros. Era absolutamente falso que alguna vez hubiese estado casado y tuviera hijos. Aparentemente mantenía una relación estrecha con Yolanda, la Médium, pero no parecía tratarse de ninguna conexión siniestra, ya que cada vez era más evidente que Yolanda, la Médium, hacía tanto por velar por los hijos sustitutos -adultos o no- como por leer la palma de la mano o ponerse en contacto con el mundo de los espíritus.
– Necesitamos más información acerca de ese asunto de los matrimonios -observó Ardery-. Abbott es, pues, una persona que nos interesa.
Lynley se deslizó fuera de la reunión mientras la superintendente estaba impartiendo nuevas instrucciones relacionadas con la confirmación de coartadas y con la hora de la muerte de Jemima Hastings, que había sido establecida entre las dos y las cinco de la tarde.
– Este dato debería facilitar el trabajo. La mayoría de esas personas tenían trabajos. Alguien tuvo que ver algo que no cuadrara del todo. Averigüemos quién y qué es.
Lynley cruzó hacia Tower Block y se dirigió al despacho del subinspector jefe. La secretaria de Hillier -en un gesto inusual en ella- se levantó de su silla y se acercó para saludarle con la mano extendida. Judith Macintosh, habitualmente la discreción personificada cuando se trataba de asuntos relacionados con Hillier, musitó:
– Es magnífico volver a verle, inspector… No se deje engañar. Está encantado.
Con «esto» se refería, aparentemente, al regreso de Lynley, y «él», por supuesto, era sir David Hillier. El subinspector jefe, sin embargo, no quería hablar acerca del regreso de Lynley excepto para decir: «Tiene buen aspecto. Bien», cuando Lynley entró en su despacho. El tema era, tal como Lynley había sospechado, la asignación con carácter permanente de alguien al cargo de superintendente, un puesto que llevaba vacante casi nueve meses.
[17] Hamlet, Acto II, escena II.
[18] Anti-Social Behaviour Orders: es un instrumento judicial empleado en Gran Bretaña para controlar el comportamiento antisocial menos grave. Hacer caso omiso de esta orden del juez puede ser causa de prisión.