Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Ya he terminado a Sebastián, Lucía y Cecilia para ellos -dijo Di Fazio-. Ésta es la cuarta escultura de una serie de diez. Las colocarán en las hornacinas que hay en la capilla del monasterio.
– Entonces es un artista muy conocido en Italia -dijo Lynley.
– No. Mi tío es muy conocido en el monasterio.
– ¿Su tío es monje?
Di Fazio se echó a reír con evidente sarcasmo.
– Mi tío es un criminal. Cree que puede comprar su camino al Cielo si hace suficientes donaciones al monasterio. Dinero, comida, vino, mi arte. Para él es todo lo mismo. Y como me paga por mi trabajo, yo no cuestiono la… -se quedó pensativo como si buscase la palabra adecuada- eficacia de sus acciones.
En el extremo del estudio que daba a la calle apareció una figura en la doble entrada, silueteada por la luz que llegaba desde fuera. Era una mujer que saludó con un «Ciao, cariño» y se dirigió hacia otra de las zonas de trabajo del estudio. Era de baja estatura y ligeramente rolliza, con un enorme pecho en forma de estante y mechones de pelo color café. Quitó la protección de plástico de su escultura y comenzó a trabajar sin volver a mirarlos. La presencia de la mujer, sin embargo, pareció inquietar a Di Fazio, ya que sugirió que continuasen la conversación en otra parte.
– Dominique no conocía a Jemima -les dijo mientras señalaba a la mujer con la cabeza-. Y no tendría nada que añadir.
Sin embargo, ella conocía a Di Fazio, pensó Isabelle, y podría resultarles útil en algún momento.
– Hablaremos en voz baja, si eso es lo que le preocupa, señor Di Fazio -dijo.
– Dominique querrá concentrarse en su trabajo.
– Creo que no le impediremos que lo haga.
El escultor entrecerró los ojos detrás de sus gafas con montura dorada. Fue apenas una fracción de segundo, pero el gesto no pasó inadvertido para Isabelle.
– Esto no nos llevará mucho tiempo -aclaró-. Se trata de la discusión que mantuvo con Jemima. Y acerca de una prueba de embarazo hecha en la casa.
Di Fazio no mostró ninguna reacción ante el comentario. Pasó brevemente la mirada de Isabelle a Lynley como si estuviera evaluando la naturaleza de su relación.
– Que yo recuerde, no tuve ninguna discusión con Jemima -dijo.
– Alguien les oyó cuando discutían. Habría tenido lugar en su alojamiento en Putney, y hay muchas probabilidades de que la discusión haya tenido relación con esa prueba de embarazo, que, por cierto, fue encontrada entre sus pertenencias.
– No tienen ninguna orden…
– En realidad no fuimos nosotros quienes la encontramos.
– Entonces no constituye ninguna prueba. Sé muy bien cómo funcionan estas cosas. Hay que respetar un procedimiento. Y este no fue respetado, de modo que esa prueba de embarazo, o lo que sea, no puede utilizarse como prueba en mi contra.
– Aplaudo su conocimiento de la ley.
– He leído bastantes cosas acerca de la injusticia en este país, señora. He leído cómo trabaja la Policía británica. Personas que han sido acusadas y condenadas injustamente. Los tíos de Birmingham. El grupo de Guilford.
– Quizá lo haya hecho. -El que habló fue Lynley. Isabelle advirtió que no se había molestado en bajar la voz para impedir que Dominique pudiese oírle-. De modo que también debe saber que al construir un caso contra un sospechoso en la investigación de un asesinato, algunas cosas se incluyen como información de antecedentes y otras como pruebas. El hecho de que usted haya mantenido una discusión con una mujer que apareció muerta puede no figurar en ninguna de ambas listas, pero si no está en ninguna de esas listas, parece ser el procedimiento más inteligente para aclarar la situación.
– Que es otra manera de decir -añadió Isabelle- que tiene que explicar algunas cosas. Usted dijo que Jemima y usted acabaron la relación amorosa que mantenían cuando ella alquiló una habitación en la casa de la señora McHaggis.
– Y es la verdad.
Di Fazio desvió la mirada hacia donde Dominique estaba trabajando. Isabelle se preguntó si esa artista había ocupado el lugar de Jemima.
– ¿Jemima se quedó embarazada durante el tiempo en que fueron amantes?
– No. -Otra mirada hacia Dominique-. ¿No podemos tener esta conversación en otra parte? -preguntó-. Dominique y yo… Esperamos casarnos este invierno. Ella no tiene necesidad de oír…
– ¿De verdad? Y éste sería su sexto compromiso matrimonial, ¿no es cierto?
Su expresión se endureció, pero consiguió dominarse.
– No hay ninguna necesidad de que Dominique se entere de hechos relacionados con Jemima. Había acabado con Jemima.
– Una elección de palabras muy interesante -dijo Lynley.
– Yo no le hice daño. No toqué a Jemima. No estuve allí.
– Entonces no tendrá inconveniente en explicarnos todo lo que hasta ahora no nos ha dicho acerca de ella -dijo Isabelle-. Y tampoco le importará proporcionarnos una coartada para el momento de la muerte de Jemima.
– Aquí no. Por favor.
– De acuerdo. Entonces en la comisaría local
Las facciones de Di Fazio se endurecieron visiblemente.
– A menos que me arresten, no tengo que dar un solo paso fuera de este estudio con ustedes, lo sé. Pueden creerme, lo sé. Conozco mis derechos.
– Siendo así -dijo Isabelle-, también sabrá que cuanto antes pueda aclarar este asunto sobre Jemima, usted, la prueba de embarazo, la discusión y su coartada, mejor será para usted.
Di Fazio volvió a desviar la mirada hacia Dominique. La mujer parecía concentrada en su trabajo, pensó Isabelle, pero no se podía estar seguro. Cuando la situación parecía estar al borde de un callejón sin salida, Lynley hizo el movimiento que resolvió la situación: se acercó al lugar donde trabajaba Dominique para examinar su obra y dijo: «¿Puedo echar un vistazo? Siempre he pensado que el proceso de moldeo a la cera perdida…», y continuó hablando hasta que Dominique se enfrascó completamente en la conversación.
– ¿Y bien? -le dijo Isabelle a Di Fazio.
Él se colocó de espaldas a Lynley y Dominique para impedir que su futura esposa pudiese leerle los labios, supuso Isabelle.
– Fue antes de Dominique -dijo él-. Era la prueba de embarazo de Jemima y estaba entre la basura en el cubo del lavabo. Me había dicho que no había ningún otro hombre en su vida. Dijo que no quería saber nada más de los hombres. Pero cuando vi la prueba de embarazo, supe que me había mentido. Había alguien nuevo en su vida. De modo que hablé con ella. Y sí, fue una conversación acalorada. Porque ella no estaba conmigo, pero yo sabía que estaba con él.
– ¿Con quién?
– ¿Quién más? Frazer. Ella no se arriesgó conmigo. Pero ¿con él…? Si Jemima debía abandonar su habitación como consecuencia de su relación con Frazer, no tenía importancia.
– ¿Ella le dijo que era Frazer Chaplin?
Di Fazio parecía impacientarse.
– No tenía necesidad de decírmelo. Así es como actúa Frazer. ¿Le ha visto? ¿Ha hablado con él? No hay ninguna mujer que Frazer no intente conquistar. Él es así. ¿Qué otro podría ser?
– Frazer no era el único hombre en su vida.
– Ella iba a la pista de hielo. A tomar lecciones de patinaje, decía, pero yo sabía que era más que eso. Y, a veces, también iba al hotel Dukes. Quería ver qué hacía Frazer. Y lo que él hacía era ir tras las mujeres.
– Tal vez -dijo Isabelle-. Pero hay otros hombres cuyas vidas se relacionaron con la de ella. En su lugar de trabajo, en la pista de hielo…
– ¿Qué? Usted supone que ella estaba…, ¿qué? ¿Con Abbott Langer? ¿Con Jayson Druther? Ella iba a trabajar, iba a la pista de hielo, iba el hotel Dukes, volvía a casa. Créame. Jemima no hacía nada más.
– Si ése es el caso -dijo Isabelle -, usted seguramente comprenderá que esto le da un motivo para asesinarla, ¿verdad?