Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Quizá Matt Jones? ¿La pareja de Sydney Saint James? Probablemente no sea nada, pero si él estuvo en el estanco como Barbara ha dicho…
– Matt Jones también -dijo Isabelle-. Philip, ¿puede alguien de su equipo…?
– Sí -dijo Hale.
Les dijo a todos que pusieran manos a la obra y añadió:
– ¿Thomas? Si quiere acompañarme…
Irían al estudio de Paolo di Fazio, dijo Isabelle. Entre la entrevista que habían mantenido con el escultor, el informe de Barbara Havers de su conversación con Bella McHaggis acerca de Paolo y la prueba de embarazo existía todo un océano que había que atravesar.
Lynley asintió, dispuesto aparentemente a aceptar de buen grado cualquier cosa. Isabelle le dijo que se reuniría con él en el coche. Cinco minutos para ir al lavabo, añadió. Él dijo «por supuesto» de ese modo bien educado que le caracterizaba. Isabelle sintió que la observaba cuando se dirigía a los lavabos. Se detuvo brevemente en su despacho para coger el bolso y se lo llevó con ella. Nadie podía culparla por eso, pensó.
Como antes, Lynley estaba esperando pacientemente en el coche, sólo que ahora permanecía apoyado en el lado del pasajero. Ella enarcó una ceja y él dijo:
– Creo que necesita practicar, jefa. Con el tráfico de Londres y todo eso…
Ella intentó captar algún significado entre líneas, pero Lynley era muy bueno poniendo cara de póquer.
– Muy bien -dijo-. Y es Isabelle, Thomas.
– Con el debido respeto, jefa…
Ella suspiró con impaciencia.
– Oh, por el amor de Dios, Thomas. ¿Cómo llamaba a su último superintendente en privado?
– «Señor», principalmente. En otros momentos hubiese sido «jefe».
– De acuerdo. Maravilloso. Bien, le ordeno que me llame Isabelle cuando estemos a solas. ¿Tiene algo que objetar a eso?
Él pareció pensarlo un momento. Estudió la manija de la puerta donde ya había apoyado la mano. Cuando alzó la vista, sus ojos marrones tenían un brillo de candidez y la súbita franqueza de su expresión resultaba desconcertante.
– Creo que «jefa» proporciona una distancia que quizás usted prefiera -dijo-. Considerándolo bien.
– ¿Considerando qué? -preguntó ella.
– Todo.
La mirada sincera que cruzaron hizo que Isabelle se sintiera intrigada.
– No permite que nadie vea sus cartas, ¿verdad Thomas?
– No tengo ninguna carta -dijo él. Isabelle resopló y se metió en el coche.
El estudio de Paolo di Fazio estaba cerca de Clapham Junction. Esa zona quedaba al sur del río, le dijo él, no demasiado lejos de Putney. La mejor opción era conducir a lo largo del Embankment. ¿Quería que la guiase?
– Creo que puedo arreglármelas para encontrar el camino hasta el río -contestó ella.
El propio Paolo di Fazio les había indicado dónde podían encontrarle. Cuando hablaron con él, les dijo que ya les había proporcionado «toda» la información que tenía acerca de Jemima Hastings y él, pero si querían pasar el tiempo volviendo sobre lo mismo, no tenía inconveniente. Podían encontrarle donde estaba la mayoría de las mañanas, en el estudio.
Se encontraba en uno de los numerosos túneles del ferrocarril abiertos para los ramales que salían de la estación de trenes de Clapham. La mayoría de ellos hacía ya tiempo que habían recibido algún uso, convertidos de túneles en bodegas de vino, tiendas de ropa, talleres de reparación de coches y -en un caso- incluso en un negocio de delicatesen que vendía aceitunas, carnes y quesos importados. El estudio de Paolo di Fazio se encontraba entre un montador de marcos y una tienda de bicicletas. Cuando llegaron, vieron que las puertas estaban abiertas y que las luces cenitales iluminaban el espacio, encalado y dividido en dos secciones. Uno de los espacios parecía estar destinado a esa etapa del trabajo en la que el artista realiza la transición de la escultura de arcilla a molde para bronce, de modo que había trozos de cera, látex, fibra de vidrio y bolsas de yeso por todas partes, junto con la suciedad que uno asocia al trabajo con esos materiales. La otra sección del estudio alojaba cubículos para cuatro artistas, cuyas piezas estaban ahora cubiertas con plástico y, probablemente, en diferentes estadios de acabado. Las esculturas de bronce ya terminadas tenían su lugar asignado y formaban una fila en el centro del estudio. Sus estilos variaban desde el realismo hasta lo fantástico.
Cuando se encontraron con la obra de Paolo di Fazio, su estilo resultó ser figurativo, pero de una naturaleza que privilegiaba los codos bulbosos, los miembros largos y las cabezas desproporcionadamente pequeñas. Lynley murmuró: «Sombras de Giacometti», y se detuvo delante de la escultura, mientras Isabelle le miraba fijamente para descifrar su expresión. No tenía idea de qué estaba hablando. Odiaba profundamente la ostentación. Pero vio que Lynley se quitaba las gafas para observar la escultura más de cerca y no parecía ser consciente siquiera de que había hablado. Ella se preguntó qué significaba que ahora se moviera lentamente alrededor de la escultura con expresión pensativa. Volvió a comprobar que resultaba imposible saber qué estaba pensando y se preguntó, además, si podía trabajar realmente con alguien que había llegado a dominar de ese modo el arte de esconder los pensamientos.
Paolo di Fazio no estaba en el estudio. Y tampoco ninguno de los otros artistas. Entró cuando estaban echando un vistazo a su lugar de trabajo, que era identificable por otras numerosas máscaras -similares a las que fabricaba en Jubilee Market Hall- que se sostenían sobre polvorientos pedestales de madera en unos estantes situados en la parte de atrás. Ellos, específicamente, estaban mirando sus herramientas, y el potencial de esas herramientas para causar daño.
– Por favor, no toquen nada -pidió Di Fazio, mientras se acercaba a ellos.
Llevaba un vaso de cartón con café y una bolsa de la que sacó dos plátanos y una manzana. Lo colocó todo con cuidado en uno de los estantes como si estuviese ordenándolos para una naturaleza muerta. Estaba vestido de la misma manera que cuando lo conocieron: vaqueros azules, una camiseta y unos zapatos de vestir. Como en la ocasión anterior, parecía un atuendo extraño para alguien que trabaja con arcilla, sobre todo los zapatos de vestir, que de alguna manera conseguía mantener perfectamente limpios. Habrían pasado sin problemas una inspección militar.
– Como pueden ver, estoy trabajando -dijo, al tiempo que señalaba con el vaso de café en dirección a una pieza cubierta con un plástico.
– ¿Y podemos echarle un vistazo a su trabajo? -preguntó Isabelle.
Di Fazio pareció necesitar un momento para pensarlo antes de encogerse de hombros y quitar la mortaja de plástico y tela. Se trataba de otra pieza alargada y de miembros nudosos, aparentemente masculina y a las puertas de la muerte, a juzgar por su expresión. La boca abierta, los miembros extendidos, el cuello curvado hacia atrás y los hombros arqueados. A sus pies había una especie de parrilla, y a Isabelle le pareció desde cualquier punto de vista que la figura estaba sufriendo por una barbacoa que se había roto. Supuso que todo eso tenía un significado profundo y se preparó para escuchar a Lynley haciendo un comentario insufriblemente esclarecedor sobre la obra. Pero no dijo nada, y Di Fazio tampoco arrojó ninguna luz sobre el asunto. Se limitó a identificar a la figura doliente como San Lorenzo. Luego les explicó que estaba realizando una serie de mártires cristianos para un monasterio en Sicilia, de lo que Isabelle dedujo que el espantoso medio por el que San Lorenzo encontró la muerte había sido la parrilla. Esto la llevó a pensar por qué creencia, si había alguna, estaría ella dispuesta a dar la vida. A su vez se preguntó si las muertes de los mártires podían relacionarse con la muerte de Jemima Hastings.