Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Vivir con ella. Acostumbrarse a eso. Ver que no había ningún gran temor en el hecho de vivir con alguien. Aprender que…
– ¿Qué? ¿Aprender qué? La verdad, Rob, es que si había algo que aprender…, algo que descubrir…, no sería que probablemente él descubrió que Jemima…
– No.
Él lo dijo no porque lo creyera, sino porque quería creerlo: que su hermana había sido para Gordon Jossie lo que no había sido para su propio hermano. Un libro abierto. ¿No era eso acaso lo que las parejas estaban destinadas a ser el uno con el otro?, se preguntó. Pero no tenía ninguna respuesta. ¿Cómo demonios podía tenerla si el hecho de ser la mitad de una pareja era únicamente una fantasía para él?
– Ojalá no hubieras preguntado -dijo Meredith-. No debería haberte contado nada ¿Qué importa ahora? Quiero decir, al final ella sólo quería alguien que la amara, eso creo. En aquel momento no lo entendí, cuando éramos pequeñas. Y cuando finalmente llegué a entenderlo, cuando ya éramos mayores, nuestros caminos se habían vuelto tan diferentes que cuando intenté hablar con ella acerca de ese tema, parecía que era yo quien tenía un problema, no Jemima.
– Y eso fue lo que la mató -dijo él-. Eso fue lo que ocurrió, ¿verdad?
– Seguro que no. Porque si ella había cambiado como dijiste que lo había hecho, si le era fiel a Gordon… Y había estado con él durante más tiempo que con cualquier otro hombre, ¿verdad? ¿Más de dos años? ¿Tres?
– Ella se marchó deprisa y corriendo. Él no dejaba de llamarla.
– ¿Lo ves? Eso significa que él quería que volviese, algo que Gordon no habría deseado si ella le hubiese sido infiel. Creo que ella había dejado todo eso atrás, Rob. Lo creo de verdad.
Sin embargo, Robbie podía percibir por la ansiedad en el tono de Meredith que, cualquier cosa que ella dijese a partir de ese momento, tendría la intención de aliviar sus sentimientos. Se sentía mareado, como si estuviese en un tiovivo. Entre toda la nueva información que había conseguido reunir tenía que haber una verdad fundamental acerca de su hermana. Tenía que existir alguna manera de explicar tanto su vida como su muerte. Y él debía encontrar esa verdad, porque sabía que su hallazgo sería la única manera que tendría de perdonarse a sí mismo por haberle fallado a Jemima cuando ella más le había necesitado.
Barbara Havers y Winston Nkata regresaron a la Unidad de Mando Operativo, donde entregaron las cartas falsificadas del Winchester Technical College II al comisario. Whiting las leyó. Era la clase de lector que iba formando las palabras con los labios a medida que avanzaba en la lectura. Se tomó su tiempo.
– Hemos hablado con estas dos personas, señor -dijo Barbara-. Ellos no escribieron esas cartas. No conocen a Gordon Jossie.
El comisario alzó la vista.
– Eso es un problema -dijo.
Cuanto menos, pensó Barbara, aunque Whiting no parecía muy interesado en la cuestión.
– La última vez que estuvimos aquí -dijo-, usted nos dijo que dos mujeres habían llamado en relación con Jossie.
– Eso hice. -Whiting parecía estar meditando sobre el asunto-. Fueron dos llamadas, creo. Dos mujeres que sugerían que era necesario investigar a Jossie.
– ¿Y? -preguntó Barbara.
– ¿Y? -dijo Whiting.
Barbara y Winston se miraron. Él tomó la palabra.
– Ahora hemos conseguido estas cartas. En Londres tenemos a una chica muerta conectada con este tío. Hace algún tiempo, él viajó a Londres a buscarla, algo que no niega, y distribuyó tarjetas postales con la fotografía de ella en lugares visibles de la ciudad. Pedía que le llamasen si alguien la veía. Y usted mismo recibió dos llamadas advirtiéndole acerca de ese tío.
– Esas llamadas no mencionaron ninguna tarjeta postal en Londres -dijo Whiting-. Tampoco mencionaron a su chica muerta.
– Lo importante son las propias llamadas y cómo las pruebas se acumulan contra Jossie.
– Sí -dijo Whiting-. Eso puede hacer que las cosas parezcan dudosas. Lo comprendo.
Barbara decidió que andarse por las ramas no era el camino que había que tomar con el comisario.
– Señor, ¿qué es lo que sabe acerca de Gordon Jossie que no nos dice?
Whiting le devolvió las cartas.
– Nada de nada -contestó.
– ¿Le investigó basándose en esas llamadas telefónicas?
– Sargento… ¿Es Havers? ¿Y Nkata? -Whiting esperó a que ambos asintiesen, aunque Barbara podría haber jurado que conocía perfectamente sus nombres, a pesar de que los pronunciara mal-. No soy muy propenso a utilizar a mis hombres para que investiguen a alguien basándome en la llamada telefónica de una mujer que quizás estaba enfadada porque un tío la dejó plantada en una cita.
– Dijo dos mujeres -señaló Nkata.
– Una mujer, dos mujeres. La cuestión es que no presentaron ninguna queja, sólo sospechas, y sus sospechas equivalían a sospechas, ¿entiende?
– ¿Y eso qué significa? -preguntó Barbara.
– Significa que esas mujeres no tenían nada que justificase sus sospechas. El tío no estaba espiando a través de las ventanas. No merodeaba por las escuelas primarias. No les robaba los bolsos a las ancianas. No trasladaba bultos sospechosos de esto o aquello a su casa o fuera de ella. No invitaba a las mujeres en la calle a que subieran a su coche para un poco de ya-saben-qué. Por lo que decían (estas mujeres que, por cierto, no dejaron sus nombres) sólo era un tío sospechoso. Estas cartas que me han traído -señaló las falsificaciones del colegio técnico- no añaden nada a la receta. A mí me parece que aquí lo importante no es que ese tío las haya falsificado…
– Él no lo hizo -dijo Barbara-. No sabe leer ni escribir.
– De acuerdo. Otra persona las falsificó. Un amigo. Una novia. Quién sabe. ¿En algún momento se ha considerado la posibilidad de que nunca le habrían contratado como aprendiz a esa edad si no hubiera tenido algo que demostrase que era un riesgo que merecía la pena correr? Creo que eso es todo lo que muestran esas cartas.
– Es verdad -dijo Barbara-. Pero de todos modos…
– De todos modos aquí lo importante es si hizo bien su trabajo una vez que lo consiguió. Y eso fue lo que hizo, ¿verdad? Hizo un buen aprendizaje en Itchen Abbas. Luego inició su propio negocio. Ha conseguido que su negocio prosperase y, que yo sepa, no se ha metido en problemas.
– Señor…
– Creo que no hay nada más que decir, ¿verdad?
En realidad, Barbara no pensaba eso, pero no dijo nada. Nkata tampoco abrió la boca. Y mientras que ella se cuidó muy bien de no mirar a Winston, él también se cuidó bien de no mirarla. La razón era que había un detalle que el comisario Whiting no estaba abordando: ellos no le habían dicho absolutamente nada acerca de que Gordon Jossie había servido como aprendiz con Ringo Heath o con cualquier otra persona, y el hecho de que Whiting lo supiese sugería, otra vez, que en New Forest había más sobre Gordon Jossie y su vida en ese lugar de lo que a simple vista parecía. Y para Barbara no había ninguna duda: el comisario Zachary Whiting estaba completamente al corriente.
Meredith decidió que era necesario tomar medidas después de la llamada de Rob Hastings. Era consciente de que el pobre hombre estaba destrozado hasta el tuétano y devastado por la culpa, a partes iguales, y puesto que parte de ello se debía a que ella se había ido de la lengua hablando de cosas que era mejor mantener en silencio, dio los pasos necesarios para enderezar la situación. Había visto ya suficientes policías en la tele como para saber lo que debía hacer cuando tomó la decisión de viajar a Lyndhurst. Estaba bastante segura de que Gina Dickens no estaría en la habitación que afirmaba tener alquilada encima del salón de té Mad Hatter [20] ya que la chica parecía estar decidida a establecer su vida junto a Gordon Jossie. Meredith pensaba que, teniendo en cuenta este objetivo, probablemente no había pisado su casa desde hacía tiempo. En caso de que Gina estuviese allí, Meredith ya había preparado una excusa razonable: venía a pedirle disculpas por haber sido tan desagradable. Era en parte cierto, al menos, si bien estar molesta era sólo la mitad de todo el asunto.
[20] Nombre recurrente de los salones de té anglosajones y que hace referencia al personaje del Sombrerero Loco del cuento de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas. Algunas funcionan también como bed & breakfast.