Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
La búsqueda del niño ya había comenzado y, como el área que rodea a Barriers fue marcada por la Policía y siguiendo el esquema de una circunferencia perfecta y cada vez más amplia, no pasó demasiado tiempo antes de que la obra abandonada de Dawkins fuese inspeccionada.
El agente Martin Neild, que tenía veinticuatro años en aquel momento y era un flamante padre, fue quien encontró el cuerpo de John Dresser, alertado de la posibilidad de su cercanía por la visión del mono azul de John, arrugado y ensangrentado, tirado en el suelo cerca de un lavabo portátil en desuso. Dentro de este lavabo, Neild encontró el cuerpo sin vida del niño, embutido cruelmente en el retrete químico. Neild recuerda que quiso pensar que se trataba de un muñeco o algo por el estilo, pero sabía que no era así.
Capítulo 15
– ¿Qué decisión has tomado con respecto al almuerzo del domingo, Isabelle? Por cierto, lo he comentado con los chicos. Están muy entusiasmados.
Isabelle Ardery presionó sus dedos contra la frente. Había tomado dos pastillas de paracetamol, pero no habían conseguido atenuar la jaqueca. Tampoco habían hecho mucho por su estómago. Sabía que tendría que haber comido algo antes de tragarse las pastillas, pero la sola idea de poner comida encima de unas tripas ya revueltas era más de lo que podría soportar.
– Deja que hable con ellos, Bob. ¿Están ahí? -preguntó.
– No tienes buena cara -dijo él-. ¿Te sientes indispuesta, Isabelle?
Eso, por supuesto, no era lo que él quería decir. «Indispuesta» era un eufemismo, y cortó. «Indispuesta» reemplazaba a todo lo demás que él no quería preguntar, pero intentaba comunicar.
– Anoche me acosté muy tarde -dijo ella-. Estoy trabajando en un caso. Quizá lo hayas leído en los periódicos. ¿Una mujer que fue asesinada en un cementerio en el norte de Londres…?
Era evidente que él no estaba interesado en esa parte de su vida, sólo en la otra.
– Entonces le estás pegando bastante duro, ¿no?
– Cuando se trata de la investigación de un asesinato es habitual que tengas que trabajar hasta muy tarde -contestó ella, eligiendo de forma deliberada interpretar mal sus palabras-. Tú lo sabes muy bien, Bob. Y bien, ¿puedo hablar con los chicos? ¿Dónde están? Seguro que no estarán fuera de casa a esta hora de la mañana.
– Aún duermen -dijo él-. No me gusta despertarlos.
– Sin duda podrán volverse a dormir si sólo los saludo.
– Ya sabes cómo son. Y necesitan descansar.
– También necesitan a su madre.
– Ellos tienen una madre, tal como están las cosas. Sandra es muy…
– Sandra tiene dos hijos suyos.
– Espero que no estés sugiriendo que ella los trata de una manera diferente. Porque, sinceramente, no pienso escuchar esas cosas. Porque, también sinceramente, ella los trata jodidamente mejor que su madre natural, ya que Sandra está plenamente consciente y en posesión de todas sus facultades cuando está con ellos. ¿Realmente quieres mantener esta clase de conversación, Isabelle? Ahora dime, ¿vendrás al almuerzo del domingo o no?
– Les enviaré una nota a los chicos -dijo ella en voz baja, reprimiendo su incipiente furia-. ¿Puedo suponer, Bob, que Sandra y tú no me prohibiréis que les envíe una nota?
– Nosotros no te prohibimos nada -dijo él.
– Oh, por favor. No finjamos.
Cortó la comunicación sin despedirse. Sabía que más tarde tendría que pagar por ello -«¿Cortaste la comunicación, Isabelle? Sin duda debemos haber quedado desconectados de alguna manera, ¿no?»-, pero en ese momento no podía hacer otra cosa. Hablar con Bob significaba quedar expuesta a una extensa exhibición de su ostensible preocupación paterna, y ella no estaba por la labor. En realidad, esa mañana no estaba para muchas cosas, y tendría que hacer algo para cambiar su talante antes de ir a trabajar.
Cuatro tazas de café negro -de acuerdo, era café irlandés, pero se la podía perdonar por eso, ya que les había añadido una pizca de alcohol-, una tostada y una ducha después se sentía otra vez en forma. De hecho ya se encontraba en mitad de la reunión informativa de la mañana antes de sentir ese deseo apremiante una vez más. Pero entonces le resultó sencillo combatir la urgencia porque difícilmente podría escabullirse en el lavabo de mujeres para darse un lingotazo, así que no le quedaba otra opción. Lo que sí pudo hacer fue mantener la mente concentrada en el trabajo y prometer que, cuando acabara el día, la noche sería diferente. Algo que, decidió, podría controlar con facilidad.
Los sargentos Havers y Nkata habían llamado desde New Forest a primera hora de la mañana. Estaban alojados en un hotel en Sway -Forest Heath Hotel, así se llamaba, dijo Havers-. Aquella pequeña información fue recibida con risas y comentarios del tipo «espero que Winnie haya conseguido su propia habitación», que Isabelle cortó de raíz con un seco «ya está bien», mientras evaluaban la información que los dos sargentos habían conseguido reunir hasta el momento. Havers parecía haberse concentrado en el hecho de que Gordon Jossie fuese un maestro en empajar y que las herramientas utilizadas en su oficio no sólo eran mortales, sino que estaban hechas a mano. Nkata, por su parte, parecía mostrarse más interesado en que hubiera otra mujer presente en la vida de Gordon Jossie. Havers mencionó también las cartas de recomendación de Gordon procedentes de un colegio técnico de Winchester, y luego mencionó a un experto en cubiertas de paja llamado Ringo Heath. Concluyó su informe con la lista de personas con las que aún debían entrevistarse.
– ¿Chicos, podrían encargarse de comprobar los antecedentes de esta gente? -preguntó luego Havers-. Hastings, Jossie, Heath, Dickens…
Por cierto, habían hablado con la Policía local, pero por ese lado no habían conseguido nada que les hiciera dar brincos de alegría. New Scotland Yard era bienvenida a husmear el terreno local, según el comisario de Policía de Lyndhurst, pero como el asesinato se había cometido en Londres, no era problema de ellos.
Ardery le aseguró a la sargento Havers que se pondrían a ello de inmediato, ya que ella también quería saberlo todo acerca de cualquiera que estuviese siquiera remotamente relacionado con Jemima Hastings.
– Quiero conocer todos los detalles, incluso si evacúan el vientre con regularidad -les dijo a los miembros de su equipo.
Dio instrucciones a Philip Hale para que continuase con los nombres de Hampshire y añadió los nombres de Londres en caso de que él los hubiese olvidado: Yolanda, la Médium, (Sharon Price); Jayson Druther; Abbott Langer; Paolo di Fazio; Frazer Chaplin; Bella McHaggis.
– Quiero las coartadas de todos ellos, confirmadas por dos fuentes. John, quiero que usted se encargue de esa parte. Coordinado con el SO7. Debemos insistir. Necesitamos información fiable.
Stewart no dio señales de haberla oído, de modo que Isabelle preguntó: «¿Lo ha entendido, John?», ante lo cual él sonrió con evidente sarcasmo y se llevó un dedo a la sien.
– Lo tengo todo aquí…, jefa -dijo-. ¿Algo más? -añadió, como si sospechara que era ella quien necesitaba un pequeño empujón.
Isabelle entornó los ojos. Estaba a punto de contestar cuando Thomas Lynley lo hizo por ella. Estaba en la parte de atrás de la habitación, manteniéndose educadamente a un lado, aunque no acababa de decidir si eso era una ventaja para ella o simplemente un recordatorio para todos los demás de lo que probablemente era el inmenso contraste entre los estilos de ambos.