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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Su rostro se puso de color púrpura y cogió una de sus herramientas para gesticular con ella.

– ¿Yo? Es Frazer quien la quería muerta. Frazer Chaplin. Quería quitársela de encima. Porque ella no le permitía la libertad que él necesitaba para hacer lo que hace.

– ¿O sea?

– Frazer se folla a las mujeres. A todas las mujeres. Y a las mujeres les gusta. Y él hace que deseen hacerlo. Y cuando ellas lo desean, le buscan. O sea, que eso era lo que ella estaba haciendo.

– Parece saber mucho acerca de él.

– Le he visto. Los he observado. A Frazer y las mujeres.

– Algunos dirían que él simplemente ha tenido mejor suerte con las mujeres, señor Di Fazio. ¿Qué piensa de eso?

– Sé lo que intenta decir. No crea que soy estúpido. Le estoy explicando cómo son las cosas con él. De modo que le pregunto esto: si Frazer Chaplin no era el hombre a quien ella había tomado como amante, ¿quién era entonces?

Era una pregunta interesante, pensó Isabelle. Pero en ese momento era mucho más interesante el hecho de que Di Fazio parecía conocer todos los movimientos de Jemima Hastings.

* * *

Dos de ellos revoloteaban. Su forma era diferente. Uno se elevó desde un cenicero que había en la mesa, una nube gris que se convirtió en una nube de luz ante la que tuvo que girar la cabeza mientras oía el atronador grito de El octavo coro está delante de Dios.

Trató de bloquear las palabras.

Ellos son los mensajeros entre el hombre y la deidad del hombre.

Los gritos eran más estridentes, más estridentes que nunca, e incluso mientras él se llenaba los oídos de música, otro grito llegó desde una dirección diferente: Combatientes de aquellos que nacieron del portador de la luz. Desvirtuad el plan de Dios y seréis arrojados a las fauces de la condenación eterna.

Aunque intentó no buscar el origen de este segundo chillido, lo encontró de todos modos, porque una silla se elevó en el aire ante sus narices, comenzó a tomar forma y se acercó a él. Se echó hacia atrás.

Lo que sabía era que llegaban disfrazados. Eran caminantes, eran los que curaban a los enfermos, eran los habitantes del estanque de Probática en cuyas orillas los débiles de espíritu esperaban el movimiento del agua. Ellos eran los constructores, los amos esclavos de los demonios.

El que sanaba también estaba presente. Hablaba desde el interior de la nube gris y se convirtió en llama, y la llama ardía de color esmeralda. No invocó la cólera justa, sino una riada de música que fluyese a raudales en alabanza.

Pero el otro se opuso. Él, que era la destrucción en sí mismo, conocido como Sodoma, llamado Héroe de Dios. Pero él era también la Misericordia y reclamó sentarse a la izquierda de Dios, a diferencia del otro. Encarnación, concepción, nacimiento, sueños. Éstas eran sus ofrendas. Ven conmigo. Pero habría que pagar un precio.

Soy Rafael y vosotros sois los llamados.

Soy Gabriel y vosotros sois los elegidos.

Luego había un coro de ellos, una verdadera marea de voces, y estaban en todas partes. Luchó para no ser atrapado por ellos. Luchó y luchó hasta quedar bañado en sudor y, aun así, continuaron llegando. Descendieron hasta que hubo un ser todopoderoso por encima de todos ellos y se acercó. Él no sería negado. Él vencería. Y ante esto no podía darse ninguna otra respuesta, de modo que tenía que escapar, tenía que correr, tenía que encontrar un lugar donde estuviera seguro.

Él mismo profirió el grito contra la multitud que ahora sabía que era, sin duda, el Octavo Coro. Había una escalera que surgía de la luz y allí se dirigió, no importaba adónde llevase. A la luz, a Dios, a alguna otra deidad, no tenía importancia. Comenzó a subir. Comenzó a correr.

– ¡Yukio! -llegó el grito a sus espaldas.

* * *

– De modo que tengo la impresión de que ese compromiso matrimonial sólo existe en la cabeza de Paolo di Fazio -dijo Lynley-. Dominique puso los ojos en blanco cuando la felicité.

– Eso es muy interesante -dijo Isabelle Ardery-. Bien, yo pensaba que comprometerse seis veces excedía un poco los límites en el terreno de las relaciones humanas. Quiero decir, he oído de gente que se ha casado seis veces (bueno, tal vez sólo las estrellas de cine norteamericanas en la época en la que realmente se casaban), pero es bastante extraño que, con todos esos compromisos matrimoniales, Di Fazio nunca haya llegado al altar. Hace que uno se pregunte cosas sobre él. Cuánto es real y cuánto es imaginado.

– Quizá lo hizo -dijo Lynley.

– ¿Qué?

Ardery se volvió hacia él. Se habían detenido en la tienda de delicatesen, que ocupaba uno de los arcos del ferrocarril. Ella estaba comprando aceitunas y fiambres. Ya había comprado una botella de vino en la bodega.

Lynley dedujo que ésa sería su cena. Conocía las señales después de haber trabajado durante tantos años con Barbara Havers y, por lo tanto, haberse acostumbrado a los hábitos de comida de la mujer policía soltera. Consideró la posibilidad de invitar a la superintendente: ¿cena en su casa en Eaton Terrace? Pero desechó la idea, ya que todavía no podía imaginar la situación de compartir la mesa de su comedor con nadie.

– Quizás haya llegado hasta el altar -dijo-. Casado. Philip Hale nos lo dirá. O tal vez John Stewart. Estamos estableciendo una extensa lista para la comprobación de antecedentes. John puede echar una mano si usted decide asignarle esa función.

– Oh, estoy segura de que a Stewart le encantará ese trabajo.

La superintendente cogió la bolsa con sus compras, le dio las gracias a la empleada de la tienda y se dirigió a su coche. El día era cada vez más caluroso. Rodeada por solares y compuesta de ladrillos, cemento y macadán, exhibiendo todo el posible encanto que podían proporcionar los contenedores de basura llenos y los desperdicios en la calle, la zona inmediatamente próxima a los túneles del ferrocarril era como la axila de un luchador: humeante y maloliente.

Subieron al coche antes de que Ardery dijese nada más. Bajó el cristal de la ventanilla, maldijo por no tener aire acondicionado, se disculpó por el exabrupto y luego dijo:

– ¿Qué piensa de él?

– ¿No hay una canción que habla de eso? -dijo Lynley-. ¿Buscando el amor en los lugares equivocados?

Él también bajó el cristal de su ventanilla. El coche se alejó del bordillo. El móvil de Lynley comenzó a sonar. Echó un vistazo al número en la pantalla y experimentó un inusual momento de pánico. Quien llamaba era el subinspector jefe Hillier, o al menos llamaban desde su oficina.

La secretaria de Hillier deseaba saber dónde estaba y si podía acudir a la oficina del subinspector jefe.

– Y bienvenido de regreso a New Scotland Yard, inspector. Por cierto, se trata de una reunión no oficial. No hay necesidad de mencionárselo a nadie.

Eso quería decir que no debía mencionar la reunión a Isabelle Ardery. Y ¿por qué no le hizo saber al subinspector jefe que regresaba al trabajo? A Lynley no le gustó mucho lo que se podía inferir de todo esto. Contestó que en ese momento estaba fuera, pero que iría a ver al subinspector jefe tan pronto como pudiese. Incluyó las palabras «subinspector jefe» deliberadamente. Percibió que Ardery desviaba la mirada hacia él.

– Hillier. Quiere hablar conmigo -le dijo cuando acabó la llamada.

Ella siguió conduciendo con la vista fija en el camino.

– Gracias, Thomas. ¿Siempre es tan decente? -preguntó.

– Prácticamente nunca.

Ella sonrió.

– Por cierto, me refería a John Stewart.

– ¿Disculpe?

– Cuando le pregunté qué pensaba de él.

– Ah. Correcto. Bien. Barbara y él casi han llegado a liarse a golpes a lo largo de los años, si eso le sirve de ayuda.

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