Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Quería preguntarle -dijo Michael con naturalidad- si sabe algo de un sobre de cuerdas de repuesto que Nita tenía en casa.
– Ya me lo había preguntado -repuso Theo impaciente-, y le respondí en su momento.
– No -lo corrigió Michael-. Le pregunté por las cuerdas que Nita guardaba en la funda del chelo. Ahora le estoy preguntando por otro sobre, que estaba sin abrir.
– ¿Cómo voy a saberlo? -se quejó Theo-. No soy chelista. No tengo nada que ver con eso.
Michael se hundió en su silla con desaliento. La búsqueda en el armario del piso de Nita no había rendido ningún fruto. Estaban caminando en círculos.
– ¿Dónde está su amigo, el señor Balilty? -quiso saber Theo tras unos segundos de silencio.
– Tenía que ver a una persona en relación con otro caso -mintió Michael.
– ¿Qué es todo este asunto de Dora Zackheim? ¿Por qué tiene que hablar con ella?
– Ya se lo he explicado. Su hermano habló con ella hace unas semanas. Estamos tratando de conocerlo.
– ¿Quieren conocerlo? ¿A Gabi? ¿Por qué tienen que conocerlo?
– Es lo que hacemos siempre que asesinan a alguien. Averiguamos todo lo posible sobre él y su entorno.
– ¿De verdad cree que es posible llegar a conocer a alguien en tan poco tiempo?
– Ésa es la cuestión. ¿Quién sabe si es posible conocer en absoluto a nadie? -dijo Michael en tono filosófico, aparentemente ajeno a lo trillado de aquella pregunta retórica-. Pero hay que intentarlo.
– ¡Mira que extender las redes hasta Dora Zackheim! -farfulló Theo-. Después de tantos años. En fin, se lo voy a decir para que lo sepa ya, Dora no me soporta -le advirtió.
– Eso le preocupa -dijo Michael, haciendo un esfuerzo por mostrar simpatía.
– Sí -reconoció Theo con franqueza-, pero siempre ha querido mucho a Gabi. Ya se lo contará ella.
– ¿Por qué motivo?
– Pensaba que Gabi era más… más serio, creo yo, que tenía más talento.
– ¿Y realmente lo tenía? -preguntó Michael-. ¿Qué opina usted?
Theo pareció dolido por la pregunta. Respiró hondo.
– ¿De verdad quiere saberlo? -susurró, y Michael asintió.
– ¿Y me creerá si le respondo con sinceridad?
Michael repitió el gesto de asentimiento.
– Creo que no -declaró Theo-. Y no sólo no lo creo porque yo soy, digamos, más famoso, perdone que lo diga así, pero es la realidad, y eso no significa nada, sólo que tengo más éxito, pero la cuestión es que, por lo visto, también soy más ambicioso.
– ¿Más ambicioso que quién?
– Más ambicioso que todos los demás. Que Nita, que Gabi -dijo Theo como quien se limita a informar de un hecho-. Gabi era un violinista fantástico. Lo cierto es, y Gabi habría estado de acuerdo, que el comportamiento personal no puede considerarse relevante en este tipo de cuestiones, sería absurdo, y, además, no soy tan poco serio como piensa Dora Zackheim. Ni siquiera ella lo cree. Gabi tiene… tenía… un gran talento. Era un gran artista, pero en su propio campo. Nunca habría podido interpretar a Wagner. Ni aspiraba a ello. No soportaba escuchar ni la obertura de Tannhäuser. Los primeros compases le hacían subirse por las paredes. Y no es que no comprendiera la grandeza de Wagner, sus innovaciones y contribuciones a la historia de la música. ¿Sabía usted que fue un gran revolucionario? ¿Comprende las implicaciones de lo que hizo? -preguntó despectivo-. Gabi detestaba a Wagner. Y también a Mahler, aunque a él sí podía dirigirlo. A Bartók lo aceptaba, sí, lo interpretaba brillantemente. No lo dirigía, pero sí lo interpretaba. A mi entender, su obsesión con los instrumentos de época y las interpretaciones históricas le paralizaban la libido.
– ¿Qué quiere decir? -preguntó Michael.
– Quiero decir que tanta meticulosidad, tanta insistencia fanática en la autenticidad, le privaban de la vitalidad y la pasión de las que hasta la música barroca está dotada. Y si quiere saber mi opinión sobre el Bach de Gabi, sus cantatas y su Misa en si menor, ¡le diré que sencillamente las destrozaba! Como director, me refiero. ¡Un coro de seis cantantes y una articulación tan insípida de una música concebida para poner la sala en erupción!
– Tendrá que explicarme mejor la cuestión de la autenticidad -dijo Michael.
– Ya se lo explicará Dora Zackheim. ¡Que se lo cuente ella, ya que va a ir a verla! -replicó Theo resentido.
– Si de verdad cree que no era mejor músico que usted, ¿por qué le molesta la actitud de Dora Zackheim? -Michael oyó con satisfacción el tono dulce y paternal de su voz. Theo adelantó el labio inferior y en su rostro apareció de pronto una expresión infantil.
Theo se encogió de hombros.
– Asignaturas pendientes -dijo desdeñoso-. ¿Está jugando a ser psicólogo?
Michael sonrió. Theo consultó su reloj.
– ¿Cuánto paga mensualmente en concepto de pensiones? -preguntó Michael.
Theo pareció sorprendido; meditó un instante y dijo:
– No lo sé exactamente. Lo tengo apuntado en alguna parte. ¿Por qué me lo pregunta? Una fortuna. Casi la mitad de mis ingresos, y gano mucho dinero. Ya sabe cómo son estas cosas. Nita me ha contado que está divorciado. Es un pozo sin fondo. ¿Qué tal se las arregla usted?
– Mi situación es diferente. Mi hijo ya es mayor y mi mujer es de familia adinerada. Su padre la dejó bien situada para el resto de sus días. Era comerciante de diamantes y ella es hija única. En ese sentido, las dificultades sólo me duraron unos cuantos años.
– A veces eso es lo de menos. Puede ocurrir lo contrario. La mujer que me da más quebraderos de cabeza por estos motivos es la que procede de familia rica. Es una especie de venganza -dijo Theo en tono confidencial, como si ambos estuvieran en el mismo barco.
– Yo no he pasado por eso -dijo Michael con un suspiro-, al menos por esa clase de problemas. Al menos, no como usted. Dígame una cosa -prosiguió como si acabara de ocurrírsele-, esa mujer con la que nos dijo que estuvo el día de la muerte de su padre, la canadiense, ¿viene con frecuencia a Israel?
– Dos o tres veces al año. A veces nos vemos en Europa, otras en Nueva York. No queda muy lejos de Toronto. No sé cómo librarme de ella.
– Y nosotros no sabemos cómo dar con ella.
– No debería ser un problema -dijo Theo sarcástico-. Es una mujer casada, con hijos y con una dirección permanente. Un pilar de la comunidad judía de Toronto. Es fácil de encontrar.
– Nadie responde en el teléfono que nos facilitó, salta siempre un contestador. ¿No tiene otra manera de ponerse en contacto con ella?
– Nunca soy yo quien se pone en contacto con ella -dijo Theo-. Es ella la que me llama.
– Esta vez debería hacer un esfuerzo. Ella le proporciona su coartada para el día del asesinato de su padre -dijo Michael secamente.
– ¿Por qué tendré la sensación de que… me están tendiendo una trampa? -se quejó Theo.
– Suponiendo que alguien esté tendiendo una trampa -dijo Michael al tiempo que aplastaba su cigarrillo en el cenicero de latón-, no somos nosotros los que estamos tendiéndosela a usted.
– ¿Cómo dice? ¿Soy yo el que les está tendiendo una trampa a ustedes? -Theo lanzó una risotada desabrida.
– O a sí mismo -replicó Michael con serenidad.
– ¿Yo? ¿A mí mismo? ¿Qué es lo que pretende…?
En ese momento sonó el teléfono, un estridor largo y continuo que les hizo pegar un brinco. Michael contestó.
– ¡Enhorabuena! Ya ha dado a luz -dijo Tzilla-. Hará cosa de una hora larga, con cesárea, todo ha salido bien -Michael tardó unos segundos en comprender de qué le hablaba.
– ¿Qué ha sido? -preguntó.
– Niña. Se sabía de antemano. Pesa muy poco, dos kilos trescientos gramos. Y no es que esté en muy buena forma.
– ¿Quién?
– Las dos, en realidad. La niña tuvo problemas respiratorios hacia el final, y Dafna también sufrió complicaciones.