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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– ¡Herzl! ¡Herzl! -exclamó Theo lleno de pánico.

Luego se oyó una puerta que se abría.

– Entremos -ordenó Balilty.

Encontraron a Theo a la puerta del despacho del director del hospital, el rostro rígido y demudado, la boca abierta como la de una máscara. El despacho estaba vacío. Con el brazo apoyado en el marco de la puerta, Theo los miró.

– No sé si ha muerto -dijo con voz ronca-. Ustedes… yo… yo no le he hecho nada -el pánico dio paso a una mirada acusatoria-. Sabía que me estaban mintiendo -dijo por encima de los hombros de Balilty, que se había arrodillado junto a Herzl.

– Tiene pulso, débil -le dijo Balilty a Michael-. No es necesario reanimarlo -zarandeó delicadamente a Herzl por los hombros y le dio palmadas en las mejillas-. Llama a un médico -ordenó, pero él mismo se levantó y salió a la carrera.

Theo se desplomó en una butaca de cuero y se quedó mirando el vacío. Michael observó a Theo y luego el largo cuerpo de espantapájaros tirado en el suelo, junto al que se arrodilló. Posó los dedos en la muñeca de Herzl. Sintió el débil pulso y luego aproximó la cara a la boca torcida del hombre, con espumarajos en las comisuras, y escuchó la respiración superficial. A continuación se levantó y, contemplando los blancos tufos erizados como los de una peluca de payaso, se preguntó qué edad tendría Herzl. Parecía viejo, pero en su rostro no había arrugas. Su boca abierta mostraba la falta de algunos dientes y olía a tabaco y a acetona.

– Le ha contado que estamos registrando su casa -dijo Michael al cabo.

– Para que reaccionara -explicó Theo en un gruñido-. Estaba totalmente indiferente, apático.

– Pero no le preguntó a qué música se refería.

– Está enfermo, está loco, alucina -farfulló Theo-. Lo confunde todo… la música, el abogado, todo.

– Pero usted sabe a qué se refiere -aventuró Michael.

– ¿Yo? -dijo Theo con perplejidad-. No tengo ni idea…

– Herzl ha hablado como si los dos estuvieran al cabo de la calle. Dijo: «Tráeme la música». Y tarareó un pasaje. Usted es músico. Lo habrá reconocido -insistió Michael.

– ¿No ve que no está en sus cabales? ¿No ve que no sabe lo que dice? ¡No tengo ni idea de qué ha tarareado!

Theo desvió la vista hacia el cuerpo exánime y Michael, mirándolo a los ojos, dijo con firmeza:

– A mí me ha parecido que hablaba con mucha cordura. Aunque esté enfermo. Habló como si los dos supieran muy bien a qué se refería. Como si fuera una vieja historia de familia.

– Sabía que me estaban mintiendo -dijo Theo con resentimiento-. He tenido todo el rato la sensación de que estaban al pie de la ventana o escuchando con micrófonos ocultos como en una novela de detectives.

– Y por eso ha tratado de distraerle. Le hacía cambiar de tema cada vez que mencionaba la música -dijo Michael. Se disponía a seguir hablando cuando regresó Balilty acompañado de una médica y de dos hombres de mediana edad.

– Llévenlo ahora mismo a Urgencias -ordenó la médica a sus acompañantes, y se subió las gafas a la frente a la vez que se arrodillaba junto a Herzl, lo llamaba por su nombre, le pegaba cachetes y luego escuchaba a través del estetoscopio, con expresión grave-. Está inconsciente -le dijo a Balilty-. Tenemos que descubrir qué ha pasado. Puede que haya ingerido algo. No lo sabremos hasta que lo hayamos examinado. No es epiléptico ni diabético -continuó al tiempo que volvía a llevar los dedos a la garganta de Herzl, cabeceaba, y luego se levantaba y doblaba el estetoscopio-. Si no vuelve en sí en pocos minutos, lo trasladaremos a un hospital normal. Podría ser grave. ¿Es usted pariente suyo? -le preguntó a Balilty, quien negó con la cabeza. Entonces ella se volvió hacia Theo.

– Yo soy su pariente -dijo Theo.

– Haga el favor de quedarse -le dijo- hasta que sepamos si hay que trasladarlo. Tiene el pulso casi imperceptible y la tensión muy baja. Con los maníacos depresivos nunca se sabe lo que pueden haber tomado.

Dejaron apostado un coche patrulla a la entrada del psiquiátrico. Balilty le repitió tres veces a Zippo:

– Y no os mováis de aquí. Si lo trasladan, notificádnoslo. Y no permitáis que Theo van Gelden haga el menor movimiento por su cuenta, pegaos a él como una sombra -y así tres veces, hasta convencerse de que Zippo lo había comprendido.

Theo se quedó a la puerta de Urgencias quejándose de cosas diversas y observando su reloj y el cielo, todavía gris plomizo. Los siguió con la mirada mientras se alejaban del psiquiátrico. La radio emitió un par de pitidos cuando Michael abrió la puerta de la furgoneta, a la que había regresado para recoger su tabaco. El técnico le tendió el aparato y la secretaria de Emanuel Shorer resolló, estornudó y se excusó antes de decir:

– Está al teléfono y quiere saber si puedes ir a verlo al hospital inmediatamente. Ya le han hecho un resumen de la situación. Está nervioso porque esta mañana ha visto por fin la televisión y la prensa. Y el comisario jefe y el ministro se han puesto en contacto con él -explicó la secretaria.

Muchos años de trato y el afecto maternal que sentía por Michael la hacían hablar como si fueran viejos aliados. Quizá se había encariñado con él gracias a las flores que Michael le llevaba de tanto en tanto y a la atención que le prestaba cuando le hablaba de los conflictos con su hijo adolescente. La secretaria tenía por costumbre coquetear con él y Michael reaccionaba espontáneamente acariciándole la mano. Y nunca le faltaba una alabanza para el mínimo cambio de imagen ni un cumplido sobre un vestido o un peinado nuevo. «Qué poco hace falta para contentar a una mujer», pensaba a veces Michael con una punzada de remordimiento que le hacía sentirse un granuja.

Michael se frotó la mejilla y miró a Balilty, quien arrancó el coche y cambió de marcha como si no hubiera oído nada.

– Te acerco sin problemas -le dijo a Michael cuando llegaron al fondo de la calle-. Tú mismo me dijiste una vez que dejarse intimidar por el miedo es peor que el miedo en sí mismo. ¿Tú crees que las cosas pueden empeorar? Habla con él y zanja el asunto de una vez.

Michael permaneció callado. Deseaba decir algo así: «No permitas que me retire del caso». Algo que en circunstancias normales él mismo le habría dicho a Shorer sin rodeos. Y ahora, de pronto, necesitaba que lo defendieran y amparasen de Shorer. Por un instante consideró la posibilidad de pedirle a Balilty que lo acompañase al hospital y asistiera a su reunión con Shorer. ¡Si fuera capaz de expresarle a Shorer cómo se sentía con respecto a la niña! Nada se lo habría impedido de no ser por la investigación y su implicación en el caso.

– Tienes la gran suerte -dijo Balilty- de que esté en apuros. Está agobiadísimo por su hija -reparó enseguida en el mal gusto de sus palabras y, por ello, se lanzó a charlar por los codos como siempre que pretendía borrar la impresión creada por un error desafortunado o un desliz verbal; habló de la noche en que nació su hija, de la inquietud que produce convertirse en abuelo, de lo impotente que se siente uno esperando en los pasillos de un hospital mientras suceden cosas trascendentes-. Voy a colaborar en el registro de la casa de Herzl. Puede que encontremos alguna partitura o algo por el estilo -dijo haciendo una mueca al tiempo que aparcaba el coche frente al hospital donde Shorer aguardaba a Michael-. Pero ¿cómo sabremos qué música andamos buscando? -se quejó-. Tendremos que llevárnoslo todo y enseñárselo a un especialista. Le dejaré un recado a Tzilla -prometió-. Cuando hayas terminado con esto, ponte en contacto con ella. ¡Vaya tipazo! -comentó señalando con la cabeza a un mujer que pasaba frente a ellos vestida de bata blanca-. Si parece una estrella de cine. ¡Mira, mira! Se le ve todo, hasta dónde terminan las bragas. ¡Y qué andares! ¡Vaya par de faros lleva! ¡Estas enfermeras cómo están! No me importaría pegarle un buen bocado -dijo suspirando. Luego le hizo un gesto de despedida a Michael y éste se apeó del coche, que se alejó.

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