Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
Una incandescencia roja y dorada prendió en la ventana junto a la que conversaban. No llovía. A Michael le pasó inadvertido el instante en que el gris plomizo del cielo se transformó en los colores de un crepúsculo calinoso. A lo lejos, veía a dos conductores de sendas máquinas niveladoras que aprovechaban la última luz del día para continuar aplanando la colina de enfrente. Las banderas colocadas junto a los enormes carteles anunciadores de los pisos de lujo en construcción pendían inmóviles en el aire estancado. Llevaban una hora sentados en el pasillo y Shorer le había contado con todo detalle lo sucedido durante las últimas veinticuatro horas. En un par de ocasiones se había enjugado los ojos, y Michael esperaba aprensivo a que, en cualquier momento, rompiera a llorar. Shorer tenía la mandíbula cubierta de una incipiente barba blanquecina. El espacio entre su labio superior y su gran nariz ganchuda, que exhibía desde hacía años un espeso bigote, se había cubierto por completo de gris. Tenía los ojos enrojecidos y la tez, habitualmente oscura, presentaba un color amarillento. Las manchas marrones de sus mejillas resaltaban y daban mayor relieve a las cicatrices de acné que salpicaban su cara. Hablaba compulsivamente, sin pausa, y no era fácil prever cuándo se le presentaría a Michael la oportunidad de plantear sus propios asuntos. Por un instante, Michael creyó oportuno eludir el tema sin más. A fin de cuentas, se decía mientras se dirigía a buscar un par de cafés al puesto de enfermeras, ¿por qué cargar a Shorer con sus preocupaciones?
Esa idea se desarrolló hasta convertirse en un discurso completo y convincente mientras Michael vertía agua hirviendo sobre los cafés instantáneos. Pero la ancha espalda vuelta hacia el pasillo, la frente reclinada en el cristal de la ventana, los ojos que observaban el poblado árabe al pie de la colina y la voz ronca que dijo: «Henos aquí en el Monte Scopus, como dice la canción», todo esto, unido al ademán con que Shorer señaló las grises colinas y las luces que parpadeaban en la lejanía, demostraba que la esperanza de dejar a su jefe al margen era ilusoria y desmentía la posibilidad de posponer la confrontación. Así pues, Michael se encontró esperando con ansiedad el momento adecuado para lanzarse al fin a dar a Shorer el informe de situación, como él lo llamaba.
– ¿Cómo están las cosas? -preguntó de pronto Shorer al tiempo que daba la espalda a las vistas-. Cuéntamelo resumido. El comisario ha llamado tres veces. El alto mando del distrito está empantanado en sus propios escándalos, y eso nos da un respiro. Pero para telefonear sí tienen tiempo. ¿Quién ha decidido que te sustituyera Balilty? ¿Tú?
Michael asintió con un gesto.
Pasaron unos instantes antes de que Michael comenzara a exponer, con calma y concisión, el encadenamiento de hechos ocurridos en la escena del crimen desde el momento en que él vio el cadáver de Gabriel van Gelden. Shorer lo escuchaba sin mirarlo.
– Está bien. Comprendido. No me hacen falta más detalles -dijo Shorer-. Pero ¿por qué está dirigiendo Balilty el equipo? ¿Desde cuándo te dedicas a cederle casos así? ¿Te agobian los estudios? ¿Es un problema familiar? ¿Está bien Yuval?
A veces un gesto ambiguo, una pequeña mentira, una evasiva, una divagación cualquiera, ofrecen la posibilidad de salir airoso, pensó Michael a la vez que decía que Yuval estaba muy bien.
– Debes de echarlo de menos -reflexionó Shorer-. Por eso hace falta tener muchos hijos, uno no basta -luego hizo un comentario sobre lo difícil que es ser padre, dificultad que aumenta a medida que los hijos se hacen mayores-, ¿Qué se puede hacer salvo rezar por ellos? -dijo no por primera vez aquel día.
Esperanzado y temeroso, Michael volvió a pensar que podría eludir el asunto. Le pareció ver a la mujer de Shorer saliendo por una puerta y quiso creer que llamaría a Shorer, que lo distraería. Pero al mirar de nuevo a su interlocutor, vio que tenía la vista clavada en él. Así pues, como quien se ve obligado a saltar a un pozo profundo con la esperanza de que al fondo haya una buena capa de serrín, expuso en tres o cuatro fases lo que denominó, con vergüenza y consciente de lo forzado del intento de sonar objetivo y comedido, «las circunstancias especiales en el ámbito personal».
En primer lugar habló de la niña y de cómo la había encontrado, de su deseo de quedarse con ella, y luego de Nita, y a continuación de la primera llamada de radio que recibió informándole del caso. Se refirió a las objeciones que los compañeros habían puesto a su presencia en el EEI y a su incapacidad para renunciar al caso o a la niña. Repitió su conclusión con cierta perplejidad: «No puedo renunciar a ninguno de los dos. Los necesito», dijo, sorprendiéndose a sí mismo, como si acabara de descubrir una gran verdad. «Los necesito.»
Shorer guardó silencio durante largo rato.
– Vamos a sentarnos allí -dijo al fin con fría reserva, señalando un par de silloncitos vacíos-. Sentémonos a charlar un rato -añadió, y cogió a Michael del brazo, como quien ofrece apoyo a un enfermo. Se sentó en el silloncito tapizado de naranja y dio una palmada sobre el otro sillón. Dejó el café en el suelo de linóleo y se volvió hacia Michael, quien aún tenía en las manos la taza, de la que no había tomado ni un sorbo.
Con el corazón en vilo y la boca seca, Michael esperó, con fingida indiferencia absoluta, a que se dictara sentencia.
– La quieres y por eso no puedes distanciarte del caso -dijo Shorer-. Es así de sencillo.
– Es tan chiquitita, tan dulce, y me necesita tanto -trató de explicar Michael-. Si la vieras…
– Me refería a la mujer, no a la niña -dijo Shorer a la vez que posaba una mano en el brazo de Michael-. A Nita van Gelden.
Michael se quedó en silencio. No logró emitir siquiera un sonido inarticulado. El mundo comenzó a dar vueltas sobre sí mismo. Lo que había dicho Shorer le parecía confuso, inesperado, distorsionado. ¿Cómo saber si tenía razón?
– No pretendo lanzar cohetes por nada de lo ocurrido -declaró Shorer-, pero sí hay algo que me llena de contento, y es que la quieres de verdad. Y me da la impresión de que te habías hecho ilusiones con respecto a ella, a la posibilidad de formar una familia feliz. Te conozco.
– Estoy interesado en ella -admitió Michael-. Me preocupa lo que le pasa. Pero mi principal preocupación es la niña.
– A la niña tendrás que renunciar -dijo Shorer severamente-. Eso cae por su propio peso.
– Pero ¿por qué? -Michael depositó la taza llena de café al pie de su silla y se quedó mirando a Shorer. En su garganta comenzaba a formarse un gran nudo, y él temía que pudiera abrirse camino hasta sus ojos.
– Porque no es tuya -contestó Shorer llanamente-. Uno no se va encontrando niños por la calle. Las cosas no funcionan así. Entre vosotros dos no queda espacio para la niña.
– ¡Pero si no hay nada entre nosotros! Todavía no ha pasado nada entre nosotros… Tienes que creerme. ¡Te he dicho toda la verdad!
– Sólo creo en los hechos. Tranquilízate. Ni siquiera tú -dijo Shorer con calma- estás al tanto de todo lo que te concierne.
Michael no replicó.
– ¿Desde cuándo nos conocemos? Hace casi veinte años. Sabes que te conozco. Nunca he hecho comentarios sobre tus relaciones. Pero siempre he sabido cuándo estabas con alguien. Con cualquiera de tus mujeres, incluida la casada… ¿Cuánto duró aquello? ¿Siete años?… Avigail era la que más me gustaba. No le faltaba valor, a Avigail. Ni delicadeza o encanto. Y no era tonta. Nunca has llegado a contarme qué pasó con ella, pero estoy seguro de que no la querías de verdad, porque entonces no habrías dejado que se fuera. Tal vez deseabas quererla, yo qué sé, eres un romántico perdido, ¡Dios nos asista! La cosa no funcionó. ¿Por qué?