Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué no te comes las uvas? -la voz implorante de Theo resonó potente en la furgoneta.
Entonces Michael logró identificar la emoción que palpitaba en ella. Miedo. Miedo y un deseo vehemente de agradar. Se oyó un crujido de plásticos y de nuevo el rechinar de una silla.
– Bueno, guárdalas para luego -dijo Theo con voz congraciadora-. ¿Qué tal estás, Herzl? ¿Te encuentras mejor?
Silencio. Una alarma de coche ululaba a los lejos y se oía el amortiguado rugido del tráfico.
– Tengo que contarte una cosa -prosiguió Theo en otro tono de voz, más comedido, tras un largo silencio-. He venido a hablarte de Gabi. Gabi ha muerto.
Ni un sonido.
– ¿Me has oído, Herzl? -la voz volvía a sonar casi en falsete-. Lo han asesinado. Anteayer. Después de un ensayo.
– ¿En su casa? -dijo de pronto otra voz, pastosa y amortiguada, ronca; las palabras parecían emerger con esfuerzo de entre las brumas de la sedación.
– No, en el auditorio.
– ¿Le pegaron un tiro? -preguntó la otra voz.
– No -dijo Theo; hizo una pausa-. Fue… con un cuchillo, quizá.
– Una puñalada en el corazón -dijo la voz, con aparente alivio.
– Le cortaron el cuello -especificó Theo.
– Mucha sangre -dijo reflexivamente la voz pastosa. De repente, preguntó sin rodeos, con toda claridad-: ¿Quién ha sido?
– No se sabe -repuso Theo-. Están investigándolo.
– Ah. Investigándolo -la voz de Herzl sonó de nuevo ahogada-. No lo encontrarán -concluyó quedamente.
– Tal vez sí -dijo Theo-. Están tomándose mucho interés.
– No encontrarán nada -vaticinó Herzl-. Lo de tu padre no lo descubrieron. Me lo contó Gabi. A él también lo asesinaron.
– ¿Gabi te contó lo de mi padre? -Theo estaba pasmado-. ¿Cuándo te lo contó?
– Cuando vino a verme.
– ¿Cuándo?
– Si no lo han encontrado todavía, nunca encontrarán al asesino de tu padre. Y al de Gabi tampoco.
– Lo de mi padre es distinto. Fue por culpa del cuadro…
– No fue por el cuadro, por el cuadro no.
– Le robaron el cuadro -dijo Theo, alzando la voz.
– No es por eso. No. Hay mucha maldad. En todas partes. Mucha -la voz se apagó poco a poco.
– ¿Cuándo vino Gabi a verte? ¿Por qué no me lo contó?
Silencio.
– No cierres los ojos. No te duermas ahora, Herzl -le apremió Theo-. Ayúdame. Somos los únicos que quedamos. Nita y nosotros.
En la furgoneta resonó el eco de un bufido desdeñoso. Michael se estremeció.
– Herzl -imploró Theo-. Te estoy hablando.
– No me contasteis lo de vuestro padre. No vinisteis a comunicármelo -le acusó Herzl.
– ¿Cómo quieres que viniéramos? -la voz de Theo dejaba traslucir culpabilidad y desesperación-. ¡Si no sabíamos dónde estabas!
– Gabi lo sabía. Él me encontró.
– Pero no me lo dijo -se defendió Theo-. Si lo hubiera sabido, habría…
– A él también lo asfixiaron -dijo Herzl.
– Es un caso muy distinto -refutó Theo-. Hasta después de la muerte de Gabi no descubrieron que… ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que lo asfixiaron, que no fue un accidente? -preguntó alarmado-. Herzl, si estás al tanto de esa clase de cosas, tenemos que… La policía sabe que no estuviste en el hospital el día que asesinaron a nuestro padre. ¿Adonde fuiste al salir del hospital ese día, Herzl?
– ¿Encontraste la música? -preguntó Herzl con súbita animación.
– ¿Qué música?
Silencio.
– ¿De qué música hablas? -la voz de Theo sonó fría y tensa-. ¿Sabes algo que yo no sepa?
– Tú lo sabes, lo sabes -replicó Herzl-. Ahora todo, todo está… -las patas de una silla rechinaron contra el suelo e impidieron oír el resto de la frase-, ¡No me toques! -gritó Herzl-. No soporto que me toques.
Se oyó otro chirrido.
– Mira, ya me he apartado -dijo Theo nervioso-. ¿Por qué estás enfadado conmigo, Herzl? No sabía dónde estabas, créeme.
– Quiero volver a mi habitación -dijo Herzl, la voz opaca y fatigada de nuevo-. Llévame a mi habitación.
– Están buscando el cuadro -dijo Theo sin prestar atención a la petición de Herzl-. La policía anda tras él.
– Llévame a mi habitación -repitió la voz ahogada.
– Enseguida. Pero antes dime qué pasó con el abogado, con Meyuhas.
En el breve silencio subsiguiente, Michael notó que se le tensaban las mandíbulas. Balilty se disponía a decir algo, pero Michael le indicó con un gesto que permaneciera en silencio.
– Tu padre quería mucho a Gabi -dijo Herzl-. Lo quería más que a nadie. Menos mal que murió antes que él.
– Ha dejado testamento. Te ha dejado…
– No quiero nada de nadie. No necesito nada. Sólo la música -lo interrumpió Herzl con repentina animación-. Todo te pertenece a ti.
– Y a Nita -dijo Theo.
– Y a Nita -convino Herzl-. Tiene un niño.
– Y a ti también te ha dejado algo -lo aplacó Theo.
– No quiero nada. ¿Está cerrada la tienda?
Michael imaginó el gesto de asentimiento de Theo.
– La venderán -dijo Herzl con voz desgarrada-. Llévame a mi habitación y luego tráeme la música.
– Enseguida te llevo -a Theo le temblaba la voz-. ¿Qué música?
Silencio.
– ¿Por qué me miras así? -preguntó Theo suplicante-. Ya sabes que te quiero.
De pronto se oyó la voz de Herzl. Ronca, sorprendentemente profunda, tarareaba una dulce melodía. Se interrumpió con brusquedad.
– Tráeme la música -dijo amenazador, decidido-. Era de tu padre y le pertenece a Gabriel. Él me lo dijo. Y ahora la quiero yo. Gabriel ha muerto.
Sentado tras el volante, con la mano en la palanca de cambios, Balilty giró el torso hacia Michael e hizo un gesto inquisitivo. Michael cabeceó para indicar su desconcierto y se encogió de hombros.
– Quieren saber si viste a padre el día que murió -dijo Theo.
Silencio.
– ¿Me has oído? ¿Herzl? Dicen que ese día saliste del hospital. Quieren saber si…
– Llévame a mi habitación -la voz de Herzl sonó amenazadora. El chirriar de una silla volvió a silenciar sus palabras ahogadas.
– ¿No te llevas las uvas? -preguntó Theo.
Se oyó el sonido de unas pisadas cansinas, pesadas.
– La policía está registrando tu casa -anunció desafiante la voz de Theo. Balilty se quedó paralizado y dirigió a Michael una mirada acusadora, con la que le decía: «Ya ves lo que has conseguido, te lo dije».
El sonido de las pisadas cesó de pronto.
– ¡Es mi casa! -dijo Herzl en un grito desesperado.
– Ya se lo he dicho yo, y también les he dicho…
– ¡No tienen derecho a tocar mis cosas! -Herzl alzó mucho la voz, que ahora sonaba despejada, llena de vida-. ¡Mis colecciones, y las partituras, los instrumentos, los discos! ¡Van a destrozar la espineta que he restaurado! ¡Todas esas cosas son mías! ¡No le he quitado nada a nadie! -rompió en llanto, y la voz aplacadora de Theo no alcanzó a tapar los sollozos-. Yo sólo le dije a tu padre que no debía… que debía… -se le estranguló la voz-. Le dije que no hablara con el abogado, pero él… Y después… ¡No quiero que toquen mis cosas! -se oyó el sonido de un cuerpo chocando contra el suelo.