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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Dice: «Vivaldi es mi campo. Vivaldi es mi campo». Está enfadado.

– ¿Con quién está hablando? -preguntó el psiquiatra.

El semblante de Nita volvió a crisparse y a palidecer. Sus cejas se anudaron.

– No lo veo -dijo en un susurro-. No alcanzo a distinguirlo. Están detrás del pilar -repentinamente, lanzó un alarido espeluznante.

– ¡No conteste! ¡No debe contestar! -dijo el psiquiatra muy deprisa. Un fuerte temblor había acometido a Nita-. No recuerda lo que vio. Da igual quién estuviera allí -dijo el doctor Schumer con voz firme y serena. Michael vio que las piernas de Nita se relajaban y que el color le volvía a la cara. A él lo abrumaba una honda frustración. Y un violento deseo de sacudirla, que le hacía sentirse culpable.

– Está usted en el pasillo -dijo el psiquiatra una vez que ella tuvo los ojos bien abiertos y la respiración acompasada-. ¿Tiene una cuerda en la mano?

Nita negó con la cabeza.

– No, no tengo ninguna cuerda -dijo con apatía-. Las he dejado en la funda del chelo.

– Cuando oye hablar a Gabi, recostado contra el pilar, ¿se queda usted allí?

– No tengo que escuchar eso -dijo-. No tengo que escucharlo.

– ¿No se queda allí?

– Me alejo muy deprisa. De puntillas, para que no se percaten de que los he oído… -Nita se contorsionó en la butaca. Empezó a sacudir la cabeza de lado a lado.

– Se aleja deprisa. ¿Hacia dónde?

– Hacia el escenario. Todo el mundo sigue en el escenario -dijo sorprendida. Aún tenía el ceño fruncido, pero su cuerpo había cesado de convulsionarse-. Están recogiendo y charlando, y la señora Agmon, la violinista, no para de dar gritos.

– ¿Qué grita?

Nita sonrió. Una sonrisita tristona. Sin hoyuelos.

– Grita: «¡No hay derecho! ¡No se puede uno portar así! ¡Hoy no se me va a escapar!».

– ¿Quiénes siguen en el escenario? -preguntó Michael, y observó los esfuerzos de Nita por reavivar su memoria.

La escuchó enumerar al concertino, la oboísta, los clarinetistas, los bajistas y los violistas.

– Mucha gente -concluyó fatigada.

– ¿Dónde está Gabi? -intervino el psiquiatra.

– Allí no, no está allí -dijo ella con amargura, y apretó los puños.

– ¿Y Theo?

– Él tampoco está -dijo con la misma inflexión de voz, y relajó las manos.

– ¿Pero usted sí está allí? -se apresuró a preguntar el psiquiatra.

– Yo estoy allí. En un rincón.

– ¿Y ve a Gabi con vida?

– Recostado en el pilar -le recordó ella en tono de reproche.

– Hablando. Gabi está hablando -dijo el psiquiatra.

Nita empezó a pestañear a toda velocidad.

– ¿Está usted detrás de él con una cuerda en las manos?

– No, qué va -dijo Nita sorprendida-. Él está allí y yo estoy aquí.

¡Ya lo ve!, pareció decir el psiquiatra con un ademán.

– Hemos acabado de momento -dijo en voz alta-. Voy a despertarla.

– Pero… Pregúntele una vez más con quién está hablando Gabi… ¡Al menos si es un hombre o una mujer! -suplicó Michael.

– Creía haber acordado con usted que su bienestar estaba por encima de todo. ¿No ve hasta qué punto le resulta cruel esa pregunta? Ya hemos llegado demasiado lejos. Lo que pretendía usted saber, ya lo sabe. Y también sabemos lo que ella quería saber. Esto no es un caso de desdoblamiento de la personalidad. No ha matado a nadie. De momento, nos basta con eso -sentenció, y se volvió hacia Nita.

Michael escuchó sin prestar mucha atención las instrucciones que el doctor Schumer iba dando con voz tranquilizadora a la par que autoritaria.

– Se acordará de todo, salvo de la pregunta sobre con quién estaba hablando Gabi -dijo un par de veces-. Ahora la voy a despertar. Estará más relajada. Se sentirá bien. Descansada. Ahora sabe que no ha hecho nada malo. No ha matado a nadie. No se ha valido de una cuerda para nada. No eran más que fantasías suyas.

Michael escuchó la cuenta atrás y se puso en tensión al oír el sonido de una palmada. Lentamente, a regañadientes, Nita regresó al mundo. Cerró y abrió los ojos, palpó los brazos de la butaca.

– ¿Cómo se encuentra? -preguntó el médico, y ella lo miró con ojos tristes, serenos.

– Bien -dijo sorprendida-. Mejor, diría yo -hablaba con su voz habitual.

– ¿Qué recuerda? -preguntó el psiquiatra.

Nita miró a Michael y su boca se relajó.

– No lo hice yo -dijo, y se frotó la frente con un gesto similar al de Ruth Mashiah-. Yo me limité a guardar el chelo en el despacho de Theo, fui al baño, busqué a Theo al fondo del pasillo y, como la luz no funcionaba, volví al escenario.

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Uno no se va encontrando niños por la calle

– No comprendo la pregunta -arguyó Theo a la vez que embutía las manos en los bolsillos de sus pálidos pantalones-. ¿Lo que quiere saber es si hablé con él después del ensayo?

– A mí me parece que la pregunta está muy clara: después del ensayo, cuando salió con Nita de su despacho y lo cerró con llave, al dirigirse al escenario, ¿habló con Gabi?

– ¿Cree que si hubiera sucedido algo así no se lo habría contado? ¿Ni a usted ni a él? -añadió Theo, y señaló con la cabeza a Balilty, quien, sentado junto a Michael, se examinaba atentamente las uñas-. ¿O al menos a la joven? Se lo habría dicho a ella. ¡He pasado mucho tiempo con ella!

– Lo que yo crea da igual -replicó Michael en el tono frío y casi indiferente que había usado desde el principio del interrogatorio-. Mi trabajo es formular estas preguntas y me limito a cumplir con él.

– Y yo le estoy respondiendo -Theo se sacó las manos de los bolsillos y se desplomó en una silla-. Después del ensayo no crucé ni una sola palabra con Gabi. No lo vi hasta… hasta que me lo encontré allí en el suelo.

– ¿Cómo se explica que Nita lo viera y usted no?

– ¿Cómo quiere que lo sepa? -exclamó Theo enfadado-. ¿Le parece posible que responda a una pregunta así? Ella lo vio y yo no -se frotó las mejillas con las palmas de las manos. Tenía ojeras, como su hermana. Y una mirada atormentada y cargada de ansiedad.

– Ella lo vio recostado contra el pilar, hablando con usted.

– Es imposible que me viera a mí -dijo Theo irritado-. ¡Puede que haya dicho que me vio! Hay una diferencia entre ver y decir que se ha visto. No creo que mi hermana haya dicho nada semejante. ¡Es mi hermana! Y, como muy bien sabe, se encuentra en un estado espantoso. Además, ¿para qué iba a decir una mentira sin sentido como ésa?

– ¿Sin sentido? Yo no diría que no lo tiene.

– ¿Por qué? ¿Por qué tiene sentido? ¿Qué insinúa, que yo… fui el último que lo vio? ¿Que lo maté yo? Pero ¿dónde está Nita? -preguntó Theo como si se hubiera cansado de perder el tiempo-. Si mi hermana ha dicho eso, quiero verla. ¡Que me lo diga ella misma! ¿Por qué no la han traído? ¿De qué se trata esto? ¿Divide y vencerás?

– Cada cosa a su tiempo -dijo Michael con sosiego a la vez que se tapaba la vena que le palpitaba en el cuello. Tenía la sensación de que todo el mundo la veía palpitar a través de la piel. No lograba expulsar de su mente las palabras del hipnotizador: «No está mintiendo, no es una actuación», había dicho tras la sesión de hipnotismo. «En lo que vio, hay algo que la asusta. La asusta hasta el punto de que el mero hecho de recordarlo constituye un peligro. No está dispuesta a recordar con exactitud qué vio. No se imagina qué cantidad de cosas logramos reprimir para protegernos. A veces parece increíble, y no hay diferencias entre unas personas y otras, por muy cultas o inteligentes que sean. La señorita Van Gelden debió de ver a alguien o algo que, por el mero hecho de estar allí, representaba una amenaza para ella. Una amenaza en el plano psicológico.»

– En realidad, no comprendo en absoluto qué está pasando -se quejó Theo-. ¿Por qué estamos hablando de esto aquí? Se diría que sospechan de mí. ¿Por qué me están interrogando?

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