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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Aún no se le ha citado oficialmente -intervino Balilty por primera vez, y se cruzó de brazos-. Digamos que es una simple charla. ¿Tiene algún inconveniente en colaborar con nosotros para encontrar a quien ha asesinado a su padre y a su hermano?

– ¿Creen que es la misma persona? -preguntó Theo con una voz cargada de perplejidad-. ¿Creen que los dos asesinatos están relacionados?

– Y usted ¿qué piensa? -replicó Balilty-. ¿Cuál es su opinión?

Theo se quedó en silencio y bajó la mirada a sus manos. Se examinó los dedos, largos como los de Nita, y se pasó la mano por la cara. Cuando se la retiró de los ojos, Michael se sorprendió una vez más del gran parecido entre Nita y Theo. Parecido especialmente manifiesto en los ojos, muy hundidos en las cuencas. A Michael le dio un vuelco el corazón cuando Theo hundió los dedos en su cabellera plateada y se la retiró de la frente con el mismo ademán con que Nita se peinaba a veces los rizos.

– ¿Por eso hay un policía a la puerta de la casa de Nita? ¿Tienen en mente algo que no nos hayan dicho? ¿Quizá que, como suele decirse, nuestras vidas corren peligro?

– Estaban discutiendo sobre Vivaldi -dijo Michael mientras daba vueltas entre los dedos a un cigarrillo que procuraba no encender. No pensaba hablarle a Theo, y mucho menos a Nita, del miedo que le había acometido a raíz de la sesión de hipnotismo. Si Nita había visto algo, y si alguien sabía que lo había visto, y al pensar en esto miró a Theo, Michael debía redoblar los cuidados para impedir que se quedara sola ni un instante.

– ¿Quién estaba discutiendo sobre Vivaldi? -la mirada de Theo oscilaba nerviosa entre la ventana y la puerta.

– Gabi y usted. Sobre Vivaldi. Él dijo… -Michael consultó las notas que tenía delante para dar la impresión de que la única frase que Nita había alcanzado a oír formaba parte de una conversación más larga- «Vivaldi es mi campo».

En la garganta de Theo se vio subir y bajar la nuez. Dijo muy rígido:

– No entiendo de qué me habla. Es totalmente falso que me hablara de Vivaldi. Ese día, al menos. Aunque es cierto que nos hemos pasado la vida discutiendo sobre Vivaldi. Y sobre Corelli, Bach y Mozart, y también sobre Mendelssohn. Vivaldi era su campo, sin duda. Si lo que pretende es descubrir una frase significativa pronunciada por Gabi antes de morir, en primer lugar debe saber que no me dijo nada porque no hablamos y, por otro lado, la gente no suele hacer declaraciones importantes antes de morir. Sobre todo cuando no sabe que va a morir.

– ¿Por qué no volvemos al inicio de esta conversación? -sugirió Balilty a la vez que dirigía a Michael una mirada interrogante por encima de la taza de café que se había llevado a la boca.

Theo, que también sorbía sonoramente el café que Michael le había puesto delante, asintió con un gesto vehemente.

– ¿A Herzl, quiere decir?

– Nos ha dicho que no es la primera vez. ¿Cuántas veces había ocurrido antes?

Theo miró reflexivamente por la ventana.

– Cuatro veces, quizá, o cinco. No lo recuerdo con exactitud.

– ¿Y siempre se internó él mismo? -preguntó Michael mientras golpeteaba rítmicamente la mesa con la punta de un lápiz.

– Creo que la primera vez lo internó mi padre -repuso Theo lentamente, haciendo un esfuerzo por recordar-. A nosotros no nos lo dijeron, pero yo me enteré. Fue hace unos veinte años, o tal vez un poco menos. No se presentó a trabajar. No lográbamos hablar con él por teléfono. Mi padre fue a su casa. Nunca lo íbamos a ver a casa. Él no quería. Yo creo que sólo he estado allí una vez. Estaba muy oscura, alumbrada por una sola bombilla. Y toda llena de trastos que iba acumulando. Se veía que vivía solo, una vida de perros -al comprender lo que había dicho, añadió-: Yo también vivo solo. Pero las cosas no tienen por qué ser así. Siempre tengo la casa limpia.

– ¿No había ninguna mujer en su vida? -preguntó Michael a la vez que dejaba el lápiz sobre la mesa.

– En su vida no había nadie. Nadie en absoluto. De sus padres u otros parientes no tengo noticia. Sé que vino solo a Israel, después de la guerra. De joven, o más bien de niño. Creo que tenía quince o dieciséis años cuando llegó. Venía de Bélgica. Había conocido a mis padres durante la guerra y, al llegar, los buscó. Nunca le hablábamos del pasado. Es todo lo que sé. Éramos la única familia que tenía en el mundo, pero nunca hablábamos de eso. Prácticamente vivía en la tienda, y también vivía para ella. Era él quien buscaba partituras extrañas y grabaciones curiosas. Todo tipo de música que nadie conocía. Recuerdo… -quedó en silencio.

– Y la locura, la enfermedad, ¿se manifestó hace veinte años? -dijo Balilty para reencauzar la conversación.

– Mi padre lo llevó al médico. Recuerdo que se lo explicó a mi madre. Les oí hablando de eso una noche. Creían que no estaba en casa. Yo ya era mayor, estaba de vacaciones en Israel con mi primera mujer. Estaban hablando de la depresión de Herzl. Ése era el diagnóstico. Después mi padre lo llevó al hospital psiquiátrico de Talbiyé, a urgencias, porque Herzl no se levantaba de la cama, ni comía, ni hablaba, ni reaccionaba ante nada. Mi madre me lo contó más adelante. Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Mi madre habló en términos generales, sin entrar en detalles. No sabía si contárselo a Nita ni cómo decírselo. Nita siempre ha sido hipersensible y mi madre no quería disgustarla. Creo que al final se limitó a decirle a Nita, que todavía era una quinceañera, que no tenía que sentir miedo de Herzl, que no era peligroso para nadie, o en todo caso, sólo para sí mismo. A mí, mi madre me dijo que Herzl quería morirse.

– ¿Y después? -preguntó Michael-. ¿Qué pasó después del primer ataque?

– Cada cierto número de años, lo perdíamos de vista. Durante un mes como mínimo. Y es que estaba en tratamiento, aunque no sé si le valía de algo. Mi padre me dijo el año pasado que se encontraba en fase de remisión. Que sus ataques eran más leves. Después de la primera vez, él mismo se iba a urgencias. Le daba miedo la posibilidad de autolesionarse. Creo que lo sometieron a electroshocks un par de veces. Decía que le habían venido bien.

– Es decir, que habló usted del asunto con él -dijo Michael-. Había dicho…

Theo parecía confuso.

– Hace dos o tres años, una sola vez -reconoció.

– El médico me contó -intervino Balilty- que fue desde el Hospital Hadassah de Ein Kerem hasta el centro de Jerusalén empujando un carrito de supermercado vacío. Andando por en medio de la calle vestido con el pijama blanco del hospital. Arriesgándose a ser atropellado. Y terminó en el psiquiátrico de Talbiyé -Balilty se inclinó hacia delante-. El médico de Talbiyé ha dicho que Herzl oía voces. No entiendo mucho de esto, pero ¿no parece algo más que una depresión?

Theo se encogió de hombros.

– Quizá -farfulló-. No soy psiquiatra. Por el aspecto de su casa se veía que no estaba bien de la cabeza. La tenía hecha un desastre. Todo revuelto, una mezcolanza de papeles, partituras, instrumentos antiguos y botellas vacías, y basura de todo tipo. ¡No digamos nada de la suciedad! Pasaba días enteros sin probar bocado. Es un hombre enfermo, pero no lo considero peligroso. No haría daño a nadie.

– No le informaron de la muerte de su padre -dijo Michael.

– ¿Cómo íbamos a informarle? -preguntó Theo malhumorado-. Si resultó que estaba ingresado en el psiquiátrico. Como usted ya sabe.

– Pero no es motivo para que no hablaran con él.

– No sabía que estaba allí, eso para empezar -protestó Theo-. Era responsabilidad suya encontrarlo.

– Y no nos prestaron una gran ayuda. Ninguno de ustedes, incluido su hermano, nos facilitó la información necesaria -señaló Balilty con malicia-. Podría usted haber hablado con él después de la muerte de su padre. ¿No lo intentó?

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