La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Cerca de la puerta había un escaparate que mostraba los objetos de artesanía de la Cruz Roja. Contemplé las perchas forradas de tela satinada y las colchas de ganchillo, y me dije para mis adentros que cuando saliera, le compraría algo a Betty. Había sido muy amable al darme tiempo libre incluso antes de que hubiera empezado a trabajar.
Cuando un funcionario abrió las puertas, me dirigí directamente a las escaleras, para no tener que esperar el ascensor. Irrumpí en el departamento de búsquedas y sorprendí a la recepcionista, que estaba instalándose en ese momento en su escritorio con una taza de té en la mano. Se abrochó su chapa de voluntaria y me preguntó en qué podía ayudarme. Le dije que estaba tratando de encontrar a mi madre, y ella me entregó unos formularios de registro y un bolígrafo.
– Es difícil actualizar los archivos de búsqueda -me dijo-, así que asegúrese de incluir hoy toda la información que pueda.
Tomé asiento junto al refrigerador de agua y hojeé los formularios. No tenía una fotografía de mi madre y no había anotado el número del tren en el que se la llevaron de Harbin. Sin embargo, los rellené con toda la información que pude, incluyendo su nombre de soltera, el año y lugar de nacimiento, la fecha del día en el que la vi por última vez y una descripción física. Me detuve un instante. La imagen del rostro desesperado de mi madre con el puño en la boca me vino a la mente, y me empezó a temblar la mano. Tragué saliva y traté de concentrarme. Había una nota en la parte inferior del último formulario explicando que, debido al número de investigaciones y al difícil proceso de recopilación de la información, la respuesta de la Cruz Roja podría demorarse desde seis meses hasta varios años. Pero no dejé que esto me desanimara. «¡Gracias!, ¡gracias!», escribí junto al mensaje de renuncia de responsabilidad. Le entregué los formularios a la recepcionista. Los introdujo en una carpeta y me dijo que esperara hasta que un funcionario del departamento me llamara.
Una mujer con un niño en los brazos entró en la sala de espera y le pidió a la recepcionista los formularios. Contemplé la estancia, percatándome por primera vez de que era un museo al dolor. Las paredes estaban cubiertas de fotografías con inscripciones debajo que rezaban: «Lieba. Vista por última vez en Polonia en 1940», «Mi amado esposo, Semion, desapareció en 1941». La fotografía de dos hermanos, un niño y una niña, casi me partió el corazón. «Janek y Mania. Alemania, 1937.»
«Omsk», me dije a mí misma, desenrollando la lengua, como si eso fuera a ayudarme a destapar mis recuerdos. Entonces me acordé de dónde había oído aquel nombre antes. Era el pueblo en el que Dostoievski había sido encarcelado como exiliado político. Traté de acordarme de su novela Memorias del subsuelo, pero lo único que recordaba era la oscuridad y la miseria en la que vivía el personaje principal.
– ¿Señorita Kozlova? Me llamo Daisy Kent.
Levanté la mirada y vi a una mujer con gafas que llevaba una chaqueta y un vestido azul, y me estaba mirando. La seguí a través del área de administración, inundada de papeles, donde los voluntarios estaban revisando y rellenando formularios, hasta una oficina con una puerta de cristal esmerilado. Daisy me pidió que me sentara y cerró la puerta tras nosotras. El sol entraba abrasador por la ventana, y Daisy bajó las persianas. El ventilador, que rotaba incesantemente sobre uno de los armarios archivadores, no tenía demasiado efecto a la hora de aliviar la falta de oxígeno en la habitación. Me costaba respirar.
Daisy se ajustó las gafas sobre la nariz y estudió mi formulario de registro. Miré por encima de su hombro hacia el póster de una enfermera con una cruz roja en la cofia, que atendía a un soldado herido.
– Su madre fue conducida a un campo de trabajo en la Unión Soviética, ¿es eso correcto? -me preguntó Daisy.
– Sí -afirmé, inclinándome hacia delante.
Las aletas de su nariz temblaron, y cruzó las manos frente a ella.
– Entonces, me temo que la Cruz Roja no puede ayudarla.
Los dedos de las manos y de los pies se me convirtieron repentinamente en hielo. La miré, boquiabierta.
– El gobierno ruso no admite haber tenido campos de trabajo -continuó Daisy-. Por lo tanto, nos es imposible determinar dónde están y cuántos son.
– Pero creo que sé el pueblo, Omsk -me oí a mí misma pronunciar aquellas palabras con voz temblorosa.
– Desgraciadamente, excepto si ésa es una zona de guerra, no podemos proporcionarle más información.
– ¿Por qué? -tartamudeé-. En la OIR me dijeron que ustedes podrían ayudarme.
Daisy suspiró y apretó las manos. Contemplé sus limpias uñas lacadas, incapaz de creer lo que estaba oyendo.
– En la Cruz Roja, hacemos todo lo que podemos para apoyar a la gente, pero sólo podemos proporcionar nuestra asistencia a países involucrados en guerras nacionales o internacionales -explicó-. Ése no es el caso de Rusia. No se considera que estén violando ninguna norma humanitaria.
– Usted sabe que eso no es cierto -la interrumpí-. Los campos de trabajo son lo mismo en Rusia que en Alemania.
– Señorita Kozlova -respondió, quitándose las gafas y señalándome con ellas-, nos ampara la Convención de Ginebra, por lo que tenemos que acatar sus estrictas directrices o no podríamos existir.
Su voz era más clínica que amable. Me dio la impresión de que se había enfrentado a este tipo de preguntas anteriormente y había decidido que era mejor aplastar cualquier atisbo de esperanza desde un principio, en lugar de dejarse arrastrar a una discusión.
– Pero seguramente usted tiene algún tipo de contacto, ¿verdad? -continué con nerviosismo-. ¿Hay alguna organización que, como mínimo, pueda proporcionarle información?
Devolvió mis documentos de nuevo a su carpeta, como si tratara de demostrar la futilidad de mi caso. No me moví. ¿No esperaría que me marchara, así, sin más?
– ¿No puede usted hacer nada para ayudarme? -le pregunté.
– Ya le he explicado que no hay nada que pueda hacer.
Daisy cogió otra carpeta de un montón que tenía junto a ella y comenzó a escribir notas en su interior.
Me di cuenta de que no iba a ayudarme. No podía acceder a la fibra sensible que, según creía, todo el mundo tenía, excepto, quizás, la gente propensa a la venganza, como Tang y Amelia. Me levanté.
– Usted no estuvo allí -le dije, mientras una lágrima se me escapaba del ojo y me resbalaba hacia la barbilla-. Usted no estuvo allí cuando la apartaron de mí.
Daisy dejó caer la carpeta de nuevo en el montón y levantó la barbilla.
– Ya sé que resulta angustioso, pero…
No escuché la última parte de la frase. Corrí fuera de su despacho y me choqué con una mesa del área de administración, tirando las carpetas por el suelo. La recepcionista me observó cuando salí corriendo, pero no dijo nada. Las únicas que me mostraron un poco de compasión fueron las fotografías de la pared en la sala de espera con sus ojos tristes y huidizos.
Llegué a la cafetería justo cuando estaba empezando el jaleo de media mañana. Me latía la cabeza y las lágrimas que estaba tratando de retener me producían náuseas. No tenía ni la menor idea de cómo iba a afrontar mi primer día de trabajo. Me puse el uniforme y me recogí el pelo en una cola de caballo, pero tan pronto como entré en la cocina me fallaron las piernas y tuve que sentarme.
– No te dejes desanimar por los de la Cruz Roja -me dijo Betty, mientras llenaba un vaso de agua y lo colocaba en la mesa, frente a mí-. Hay más de mil maneras de desollar un gato. Quizás puedas unirte a la Sociedad Ruso-Australiana. Puede que logres averiguar algo a través de ellos.