Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La gardenia blanca de Shanghái
La gardenia blanca de Shanghái - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
1 ... 81 82 83 84 85 86 87 88 89 ... 131
Перейти на страницу:

El rostro de la chica se tiñó de rojo. Le temblaron los labios y me di cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar. Esa expresión la hacía parecer aún más fea y, muy a mi pesar, sentí lástima por ella. Se levantó, tirando el servilletero en su huida al salir de la cafetería. Sus amigas se levantaron avergonzadas y se escabulleron tras ella. Ninguna conservaba su anterior aspecto sofisticado.

Betty las observó mientras se marchaban y se volvió hacia mí.

– No vuelvas a dejar que nadie te hable así nunca, Anya. ¿Has entendido? -exclamó-. ¡Jamás! Me imagino por lo que has podido pasar en esta vida y te lo digo así de claro: ¡tú vales más que veinte de ellas juntas!

Aquella noche, después de que Irina se durmiera, me quedé tumbada en la cama pensando en cómo Betty me había defendido, igual que una leona atacando para proteger a sus cachorros. Mi madre hubiera sido la única en reaccionar de un modo tan feroz. Oí el grifo de la cocina y me pregunté si también Betty tendría dificultad para dormir.

La encontré sentada en el balcón, mirando al cielo, con varios centímetros de ceniza en el cigarrillo, que relucían como una luciérnaga entre sus dedos. La tarima crujió bajo mis pies. El hombro de Betty se movió nerviosamente, pero no se volvió a ver quién estaba detrás de ella.

– Parece que mañana va a llover -murmuró.

– ¿Betty?

Me deslicé sobre la silla que estaba a su lado. Ya había interrumpido el hilo de sus pensamientos, así que era demasiado tarde para echarme atrás. Me contempló, pero no me dijo nada. Bajo el brillo de la luz de la cocina, su piel era pálida y sus ojos parecían más pequeños que cuando iba maquillada. El abanico de arrugas de la frente y los surcos alrededor de la boca brillaban por los productos desmaquillantes. Sus facciones se suavizaban, eran menos drásticas, sin la máscara de cosméticos.

– Te agradezco lo que has hecho hoy por mí.

– ¡Shhh! -chistó, mientras tiraba la ceniza por un lateral del balcón.

– No sé lo que habría hecho si no hubieras aparecido tú.

Betty bizqueó.

– Tú misma las habrías mandado a freír espárragos más tarde o más temprano -me contestó, señalándose la redecilla del pelo-. Las personas aguantan hasta un límite y luego empiezan a defenderse.

Sonreí, aunque dudaba que lo decía fuera cierto. Cuando aquellas chicas habían dicho que yo era una refugiada despreciable, las había creído.

Me recosté en la silla. El aire del océano era fresco, pero no llegaba a ser frío. Lo inspiré y me llené los pulmones. La primera vez que vi a Betty, sus bruscos modales me habían hecho sentir miedo. De repente, mientras estaba allí sentada junto a ella en camisón, con el lazo de raso bordeándole el escote, aquel pensamiento me pareció absurdo. Me recordó a Ruselina. Emanaba el mismo tipo de energía y la misma fragilidad. Pero puede que el único motivo por el que sabía que era frágil fuera porque había visto su habitación secreta.

Betty formó una espiral de humo en el aire.

– Las palabras pueden matarte -dijo-. Lo sé por experiencia. Era la sexta en una familia de ocho. La única chica. Mi padre no tenía reparos en decirme continuamente lo inútil que él pensaba que yo era, y que no me merecía la comida que él me ponía en el plato.

Me estremecí. No me podía imaginar qué tipo de padre podría decirle una cosa así a su hija.

– ¡Betty! -exclamé.

Sacudió la cabeza.

– Cuando cumplí trece años, supe que tenía que marcharme si no quería permitirle que matara lo poco que me quedaba dentro.

– Fuiste valiente -le dije- al tomar la decisión de marcharte.

Apagó el cigarrillo, y ambas nos quedamos en silencio, escuchando el sonido de un coche que arrancaba en la calle y el repiqueteo lejano de la música nocturna de la avenida.

Después de un rato, Betty dijo:

– Formé mi propia familia porque la que me había tocado por sangre no era buena. Tom y yo no teníamos demasiado al principio, pero ¡madre mía, cómo nos reíamos! Y cuando llegaron los chicos… Sí, éramos felices.

Le tembló la voz y cogió otro cigarrillo del paquete que reposaba en el brazo de la silla. Pensé en la habitación. En cómo había guardado con cariño las cosas que pertenecieron a sus hijos.

– Rose nos dijo que perdiste a tus hijos en la guerra -le dije.

Me sorprendí a mí misma diciendo en alto aquellas palabras. En Tubabao, jamás le habría preguntado a nadie por su pasado. Pero entonces sufría tanto que no habría podido soportar el sufrimiento de nadie más. De repente, sentí el impulso de hacerle entender a Betty que comprendía su angustia porque yo también la sentía.

Betty apretó los puños sobre el regazo.

– Charlie, en Singapur, y Jack, un mes después. Aquello le partió el corazón a Tom, después ya no se reía tanto. Y entonces, él también se fue.

Me oprimió de nuevo el mismo sentimiento de dolor que me había abrumado cuando entré en la habitación de sus hijos. Alargué el brazo y le toqué el hombro a Betty. Para mi sorpresa, me cogió la mano y la sostuvo entre las suyas. Eran manos huesudas, pero cálidas. Sus ojos estaban secos, pero le temblaba la boca.

– Eres joven, Anya, pero ya sabes de lo que estoy hablando -me dijo-. Aquellas chicas de la cafetería de hoy también eran jóvenes, pero no saben absolutamente nada. Yo sacrifiqué a mis hijos para salvar este país.

Me deslicé de la silla al suelo y me arrodillé frente a ella. Yo sí entendía su pesar. Me imaginé que, igual que yo, tenía miedo de cerrar los ojos por las noches y enfrentarse a los sueños, y que, incluso cuando se encontraba entre amigos, se encerraba en su propio mundo. Pero no podía imaginar la magnitud de lo que suponía la pérdida de un hijo, y menos de dos. Betty era fuerte, noté la esencia de su energía latiendo a través de su cuerpo, pero, al mismo tiempo, sabía que si la presionaban demasiado, se derrumbaría.

– Estoy orgullosa -sentenció-. Orgullosa de que, gracias a jóvenes como mis hijos, este país todavía sea libre, y los jóvenes como tú tengáis la posibilidad de venir y empezar una nueva vida aquí. Quiero hacer todo lo posible por ayudaros. No dejaré que os insulten.

Las lágrimas me escocieron en los ojos.

– ¡Betty!

– Vitaly, Irina y tú -declaró- ahora sois mis hijos.

14

ALTA SOCIEDAD

Una noche de julio, mientras Betty trataba de enseñarme el secreto de su receta de cazuela de ternera con piña, Irina irrumpió en la cocina ondeando una carta en la mano.

– ¡La abuela está en camino! -exclamó.

Me sequé las manos en el delantal, le cogí la carta y leí las primeras líneas. Los médicos franceses habían certificado la recuperación de Ruselina y, en el consulado, le estaban preparando los documentos necesarios para que pudiera viajar a Australia. Habían sucedido tantas cosas desde que habíamos visto por última vez a Ruselina que casi no pude creerme lo que estaba leyendo sobre que esperaba llegar a Sídney a finales de ese mismo mes. Parecía que el tiempo había pasado volando.

Le traduje las noticias a Betty.

– Espera a ver cuando escuche lo bien que hablas ahora inglés -le dijo a Irina-. No te reconocerá.

– No me va a reconocer porque nos has estado alimentando muy bien -replicó Irina, sonriendo-. He cogido peso.

– ¡Yo no he sido! -protestó Betty, mientras cortaba en láminas un poco de beicon y ponía ojos de cordero degollado-. Creo que es Vitaly el que ha estado dándote de comer más de la cuenta. ¡Siempre que los dos estáis en la cocina, lo único que oigo son risitas!

Pensé que la broma de Betty era graciosa, pero Irina se sonrojó.

– Vitaly debería haber arreglado su Austin para cuando llegue Ruselina -comenté-. Podemos llevarla a dar un paseo por las Montañas Azules.

1 ... 81 82 83 84 85 86 87 88 89 ... 131
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)