La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
La habitación era ligeramente más grande que la que yo compartía con Irina, pero, igual que la nuestra, tenía dos camas individuales colocadas contra las paredes opuestas. Las colchas eran de color granate con borlas negras, y había un baúl con cajones bajo la ventana. El aire era rancio, pero la habitación estaba limpia de polvo y la alfombra había sido sacudida. Sobre una de las camas, en la pared, colgaba un póster de un partido de criquet de 1937, y sobre la otra cama había unas medallas de atletismo. Paseé la mirada desde el aparejo de pescar encima del armario ropero, hasta la raqueta de tenis de detrás de la puerta y la fotografía sobre el pequeño tocador. En ella, dos jóvenes de uniforme posaban a ambos lados de Betty. Se veía un barco al fondo. Junto a la fotografía, había un álbum con tapas de piel. Abrí la portada y me encontré a mí misma contemplando fotografías de color sepia de dos niñitos rubios sentados en una barca. Cada uno sostenía una felicitación de cumpleaños con el número dos. Mellizos. Me tapé la boca con la mano y me desplomé de rodillas.
– Betty -exclamé, entre sollozos-. Pobre, pobrecita Betty.
La tristeza se apoderó de mí en oleadas. El rostro lloroso de mi madre se me apareció durante un instante. Comprendí lo que representaba aquella habitación. Era un lugar para el recuerdo y el sufrimiento íntimo. Betty guardaba todo el dolor que sentía en su interior en aquella habitación para poder continuar con su vida. Comprendí por qué la conservaba, porque yo también tenía un lugar así. No era una habitación, sino que era mi muñeca raatrioska. Era algo en lo que me refugiaba cuando necesitaba creer que la madre que había perdido había pertenecido a mi vida. Era una manera de recordarme a mí misma que ella había sido más que un sueño.
Me quedé en la habitación, llorando hasta que me dolieron las costillas y los ojos se me quedaron tan secos que no pude derramar ni una sola lágrima más. Después de un momento, me levanté y salí al recibidor, cerrando la puerta firmemente detrás de mí. Nunca le mencioné la habitación a Betty, aunque después de aquella tarde, sentí que existía un vínculo especial entre nosotras.
Después del trabajo, Irina y yo nos fuimos de paseo hasta la avenida de Kings Cross. La Darlinghurst Street era todo un espectáculo a aquella hora de la tarde, con la gente que salía a la calle de los bares y cafeterías, con bebidas en la mano, fumando y riendo. Pasamos por delante de un bar y escuché Romance in the Dark al piano. Me preguntaba si el pianista sería Johnny. Me asomé desde la puerta, pero no podía ver nada porque el gentío me lo impedía.
– Yo solía cantar en lugares como ése en Shanghái -me contó Irina.
– Podrías hacerlo aquí -repliqué.
Negó con la cabeza.
– Querrían que cantara canciones en inglés. En todo caso, después de toda la semana trabajando en la cocina, estoy demasiado cansada.
– ¿Quieres que nos sentemos en algún sitio? -le pregunté, señalándole una cafetería al otro lado de la calle llamada el Palacio de Con.
– ¿Después de todos los batidos que nos hemos bebido esta semana?
Di una sonora palmada.
– ¡Por supuesto que no! ¿Cómo se me ha podido ocurrir? -exclamé, echándome a reír.
Pasamos por delante de tiendas que vendían baratijas indias, productos cosméticos y ropa de segunda mano, hasta que, al final, llegamos al cruce con Victoria Street y nos volvimos para regresar a casa.
– ¿Tú crees que alguna vez llegaremos a encajar aquí? -preguntó Irina-. Me siento como si estuviera contemplando el interior de algo desde fuera.
Observé a una mujer con un elegante vestido bajándose de un taxi y pasando a toda prisa. «Yo solía ser como ella», pensé.
– No lo sé, Irina. Quizás para mí resulte más fácil porque hablo inglés.
Irina se miró las manos y se restregó una ampolla que le había salido en la palma.
– Creo que estás intentando ser valiente -me dijo-. Antes tenías mucho dinero. Ahora, tienes que ahorrar simplemente para poder ir al cine una vez a la semana.
«Lo único que me preocupa -pensé-, es encontrar a mi madre.»
– Voy a salir un momento al banco -nos dijo Betty una tranquila tarde.
Se puso un abrigo ligero sobre el uniforme y se revisó el maquillaje en el reflejo de la cafetera eléctrica.
– ¿Te las arreglarás con los clientes, Anya? -me preguntó, dándome un apretón en el brazo-. Vitaly estará en la cocina si te atascas.
– Claro -le contesté.
La observé mientras salía a la calle. Era uno de esos días nublados en los que no hacía calor, ni tampoco frío, pero si no te ponías una chaqueta, pasabas frío, y si te la ponías, pasabas calor.
Limpié el mostrador y las mesas, aunque ya estaban limpias. Una media hora después, oí que la puerta principal se abría y vi a un grupo de chicas entrar tranquilamente en la cafetería y tomar asiento en la mesa junto al póster de Joan Crawford. Llevaban trajes de oficina con faldas de corte recto y zapatos bajos, sombreros y guantes. Aparentaban cerca de veinte años, pero trataban de parecer sofisticadas encendiéndose cigarrillos Du Maurier y haciendo nubes de humo que flotaban hacia el techo.
Me contemplaron con detenimiento cuando me aproximé a su mesa. Una de ellas, una chica con hombros anchos y granos en las mejillas, susurró algo, y las demás se echaron a reír. Pude percibir que iba a haber problemas.
– Buenas tardes -saludé, ignorando su grosería y con la esperanza de que no pidieran muchas cosas-. ¿Qué desean para beber?
Una de las chicas, una morena rechoncha con el pelo demasiado peinado hacia atrás, dijo:
– Bueno, dejjame fer… Yo tomarrrrr una agua y quisssás beberrr un café.
Su imitación de mi acento provocó un estallido de risas de las otras chicas. La de los granos golpeó la mesa con la mano y me dijo:
– Y yo quiero café y pastel de ruibarbo. Pero asegúrate de que me traes pastel de ruibarbo, no passstel de rrrruibarrrrbo. Tengo entendido que hay diferencia.
Me llevé la mano a la garganta. Agarré con fuerza el cuaderno de notas, tratando de mantener la dignidad, pero me sonrojé. No tendría que haberme importado. Parte de mí sabía que sólo eran niñas ignorantes. Pero era difícil estar allí, vestida de uniforme de camarera, y no sentirme como si fuera una persona de segunda categoría. Era una inmigrante. Una «refugiada de mierda». Alguien a quien los australianos no querían.
– ¡¡Habla i-n-g-l-é-s o lárgate allá de donde hayas venido!! -murmuró una de las chicas.
El odio en su tono de voz me sorprendió. El corazón comenzó a palpitarme apresuradamente dentro del pecho. Miré a mis espaldas, pero no podía oír a Vitaly ni a Irina en la cocina. Quizás estaban en el patio trasero, sacando la basura.
– Eso, vete de aquí -exclamó la morena rechoncha-. No te queremos en este país.
– Si tenéis algún problema con su impecable inglés, os podéis ir a tomar el café a King Street.
Todas miramos hacia la puerta, donde estaba Betty. Me preguntaba cuánto tiempo llevaba contemplando la escena. A juzgar por la expresión tensa de su boca, había presenciado lo suficiente como para captar lo que estaba ocurriendo.
– Pagaréis uno o dos chelines más por lo que toméis allí -les dijo-, así que tendréis menos dinero para gastar en píldoras adelgazantes o en crema para los granos.
Algunas de las muchachas bajaron la cabeza avergonzadas. La chica rechoncha manoseó sus guantes y sonrió.
– Oh, sólo estábamos bromeando -comentó, haciéndole un gesto impositivo con la mano a Betty para que se marchara.
Pero Betty se le echó encima en un segundo, pegando el rostro al de la chica y mirándola con los ojos entornados.
– Parece que no lo entiendes, jovencita -le espetó, acechándola de un modo que habría atemorizado a cualquiera-. No te estoy dando alternativa. Soy la propietaria de este establecimiento y te estoy diciendo que te largues de aquí ahora mismo.