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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– Y también puede que, si te unes a ellos, un buen día el gobierno australiano te investigue como posible espía -añadió Vitaly, mientras cortaba en rebanadas un bloque de pan-. Anya, te prometo que escribiré a mi padre esta misma noche.

Irina recogió las rebanadas de Vitaly y comenzó a untarlas de mantequilla para hacer sándwiches.

– En la Cruz Roja están hasta arriba y tienen que depender del trabajo de los voluntarios -dijo-. Probablemente, el padre de Vitaly pueda hacer más por ayudarte en cualquier caso.

– Eso es cierto -comentó Vitaly-. Le gustará este proyecto. Créeme, llegará hasta el final de este asunto. Si no puede encontrar a mi tío, conseguirá, de alguna manera, otros contactos para obtener tu información.

Sus ánimos me ayudaron a consolarme un poco. Contemplé el menú y traté de hacer lo posible por memorizarlo. Después, seguí de cerca a Betty para fijarme en cómo anotaba los pedidos y, a pesar de tener lágrimas en los ojos, sonreí a cada cliente antes de acompañarles a sus mesas. La cafetería, según me contó Betty, era famosa no sólo por su café al estilo estadounidense, sino por su chocolate, por los batidos de verdaderas semillas de vainilla y el té helado servido en copas altas con pajitas rayadas. Me fijé en que algunos de los clientes jóvenes pedían algo llamado «postre de cola», y por la tarde Betty me lo dio a probar. Era tan empalagosamente dulce que me produjo dolor de estómago.

– A los más jóvenes les encanta -comentó Betty, echándose a reír-. Lo consideran muy chic.

Los comensales de la hora de comer pedían principalmente ensaladas, sándwiches o pasteles, pero a última hora de la tarde, comencé a servir bandejas de tarta de queso al estilo neoyorquino, crema de maicena con mermelada y un plato llamado croque-monsieur.

– ¿Crock qué? -le pregunté al primer cliente que me lo pidió.

El hombre se rascó la barbilla y lo intentó de nuevo:

– Croque-monsieur.

– ¿Cuántos quiere? -le pregunté, tratando de aparentar que sabía de qué me estaba hablando.

– ¡Sólo uno! -exclamó el hombre. Miró a sus espaldas y señaló a Betty-. Pregúntele a la otra camarera. Ella sabe de qué hablo.

Me sonrojé hasta las raíces del pelo.

– El hombre de la mesa dos desea que le sirva un crock-no-sé-qué -le susurré a Betty.

Bizqueó durante un momento, después cogió el menú y señaló el croque-monsieur diciéndome que fuera a la cocina y le pidiera a Vitaly que me enseñara aquel plato. Resultó que era una especie de sándwich de pan tostado cubierto de queso mezclado con cerveza y leche.

– Te prepararé uno cuando cerremos -me ofreció Vitaly, tratando de no echarse a reír.

– No, gracias -le respondí-. No, después de la experiencia con el postre de cola.

El viernes me pasé la mañana en la biblioteca estatal. Bañada por la etérea luz del techo abovedado de cristal de la biblioteca, estudié detenidamente Memorias del subsuelo de Dostoievski. Era difícil leer traducida una obra tan compleja. Utilicé un diccionario ruso-inglés de consulta y perseveré hasta que me quedó claro que era una tarea inútil. Era una novela oscura sobre la naturaleza de la humanidad, pero no me dio ninguna pista sobre mi madre, excepto para confirmar lo que ya había descubierto en el atlas: que Omsk estaba en Siberia. Finalmente, tuve que admitir que estaba tratando de agarrarme a un clavo ardiendo.

Volví a Potts Point agotada y frustrada. El sol era cálido, pero una brisa marina estaba empezando a levantarse desde el puerto. Cogí uno de los geranios que crecían cerca de la verja y lo estudié mientras caminaba por el sendero. Un hombre surgió de la puerta principal, calándose el sombrero. Casi nos chocamos. Dio un paso atrás, sorprendido al principio, y luego una amplia sonrisa apareció en su rostro.

– Hola -saludó-. Tú eres una de las chicas de Betty, ¿verdad?

El hombre tenía cerca de treinta años, y su pelo negro azabache y sus ojos verdes me recordaron al retrato de Gregory Peck de la cafetería. Me percaté de que me recorría con la mirada desde el rostro hasta los tobillos y de vuelta hacia arriba.

– Sí, vivo con Betty -confirmé. No iba a decirle mi nombre hasta que él no me dijera el suyo.

– Yo soy Adam. Adam Bradley -me dijo, ofreciéndome la mano para estrechármela-. Vivo en la planta de arriba.

– Anya Kozlova -le respondí.

– ¡Ten cuidado con él! ¡Es un problema andante! -oí que decía una voz.

Me volví para ver a una atractiva joven de pelo rubio que me saludaba desde el otro lado de la calle. Llevaba una falda de vestir con una blusa a juego y cargaba con un montón de vestidos bajo el brazo. Abrió la puerta de un Fiat y cubrió el asiento trasero con las prendas.

– ¡Ah, Judith! -le gritó Adam-. Me has llamado la atención antes de que pudiera tener la oportunidad de empezar con buen pie con esta hermosa joven.

– Tú nunca empiezas con buen pie -le respondió ella, echándose a reír-. ¿Quién era esa mujer de aspecto cochambroso que te vi colando en casa la otra noche?

La joven se volvió hacia mí.

– Por cierto, me llamo Judith.

– Yo soy Anya. Vi el vestido de tu escaparate. Es precioso.

– Gracias -me contestó, sonriendo con sus enormes y blancos dientes-. Ahora me voy a una feria durante todo el fin de semana, pero pásate a verme en cualquier momento. Eres alta, delgada y tienes un tipo estupendo. Podría usarte como modelo.

Judith se deslizó en el asiento del conductor de su automóvil, dio media vuelta y se detuvo frente a nosotros.

– ¿Quieres que te lleve al periódico, Adam? -preguntó, reclinándose sobre el asiento del copiloto-, ¿o es cierto eso de que los periodistas de verdad no trabajan por las tardes?

– Mmmm -musitó Adam, tocándose el ala del sombrero a modo de saludo hacia mí y abriendo la puerta del coche-. Ha sido un placer conocerte, Anya. Si Judith no puede conseguirte trabajo, quizás yo sí pueda.

– Gracias, pero ya tengo trabajo -les respondí.

Judith tocó la bocina y pisó a fondo el acelerador. Contemplé como el automóvil se marchaba a toda velocidad calle arriba, sorteando por pura casualidad a dos perros y a un hombre en bicicleta.

Subí las escaleras hacia el apartamento. Todavía tenía dos horas libres antes de volver a la cafetería para ayudar con la muchedumbre del viernes por la tarde. Me dirigí a la cocina y decidí prepararme un sándwich. El aire del interior del apartamento olía a rancio, por lo que abrí las puertas dobles para ventilarlo. Había un poco de queso en la fresquera y medio tomate en el armario, así que los partí en rodajas y los metí entre pan. Me serví un vaso de leche y me llevé la comida a la terraza. El mar estaba picado y algunos barcos de vela se movían rápidamente a lo largo del puerto. No me había imaginado que Sídney fuera una ciudad tan bonita. En mi opinión, tenía el ambiente de un lugar de vacaciones, como me imaginaba que eran Río de Janeiro o Buenos Aires. Aunque a veces las apariencias engañan. Vitaly me había contado que donde él vivía no salía nunca solo a la calle si podía evitarlo. Dos amigos suyos habían sido atacados por una banda cuando les oyeron hablar en ruso. Era una faceta de Sídney que aún no había visto. Algunos de los clientes se ponían impacientes, pero normalmente la gente solía ser respetuosa.

Escuché algo dando golpes en la parte trasera del piso. Supuse que era la puerta del dormitorio o que no había cerrado bien la puerta principal. Volví al interior para arreglarlo. La puerta principal estaba cerrada y también la ventana inclinada sobre ella. Miré el siguiente tramo de pasillo y comprobé que la del dormitorio también estaba cerrada. Escuché otro golpe y vi que provenía de la puerta de la habitación junto a la nuestra, que se abría y se cerraba debido a la brisa. Alcancé el tirador, pretendiendo cerrarla, pero la curiosidad me pudo y la abrí para mirar el interior.

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