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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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Otra pareja se levantó para marcharse. La canción en francés terminó, y Natasha tocó la primera nota de la siguiente, pero Irina levantó la mano para detenerla. Tenía las mejillas ruborizadas, y pensé que se iba a echar a llorar. En lugar de eso, comenzó a hablar.

– No sé hablar inglés bien -confesó, respirando pesadamente sobre el micrófono-. Pero la música transmite muchas más cosas que las palabras. La próxima canción que les voy a cantar es en ruso. Se la dedico a mi mejor amiga, Anya, que me ha enseñado a amar este bello país suyo.

Irina le hizo un gesto con la cabeza a Natasha. En seguida reconocí la triste melodía.

Me dijeron que jamás volverías, pero no les creí.

Un tren tras otro volvía sin ti, y, al final, era yo la que tenía razón.

Siempre que te vea en mi corazón, estarás conmigo.

Habíamos descartado aquella canción del programa porque pensamos que sería demasiado triste para la ocasión. Levanté la mirada al techo, ya no me importaba lo que pensaran los otros. Lo que decía Irina sobre Australia era cierto. No era un lugar adecuado para ella. Yo trabajaría duro para que pudiéramos, de algún modo, marcharnos a Nueva York, donde sí apreciarían su talento. Quizás si lograba ahorrar algo de dinero, no tendríamos que depender de Dan. Y si dejábamos el país, ¿qué nos haría el gobierno australiano, aparte de prohibirnos regresar?

Volví la mirada lentamente hacia Irina. Su cuerpo se había despertado con la canción, emanaba energía a través de su voz vibrante y el lenguaje de su corazón. La mujer que se sentaba a mi lado abrió el bolso y sacó un pañuelo. Miré a mis espaldas al público. Había sufrido un cambio significativo. Nadie se revolvía en su asiento, no había ni un solo movimiento. En cambio, muchos escuchaban boquiabiertos, con los ojos humedecidos y las lágrimas rodándoles por las mejillas. Irina los había hipnotizado, igual que a la gente de Tubabao.

Irina cerró los ojos, pero yo quería que los abriera y viera lo que estaba sucediendo, lo que su voz estaba consiguiendo en el público. Probablemente, jamás habían escuchado ni una sola palabra de ruso en toda su vida y, aun así, todos parecían saber cuál era el significado de la canción. Quizás no habían vivido la revolución y el exilio, pero conocían la tristeza y la guerra. Sabían lo que era dar a luz a niños que no lograban nacer vivos o tener hijos que jamás regresaban a casa. Volví a pensar en la tienda de Natasha y Mariya en Tubabao. «Nadie se escapa de las dificultades de la vida -me dije para mis adentros-, cada cual trata simplemente de buscar toda la felicidad y la belleza que puede.»

La música se detuvo e Irina abrió los ojos. La sala se sumió en el silencio durante un instante, pero, después, el público rompió en un aplauso rotundo. Un hombre se puso de pie y gritó: «¡Bravo!». Otras personas se levantaron para unirse a él. Me volví para mirar al coronel; su rostro demostraba la misma alegría que el de un niño que está a punto de soplar las velas de su tarta de cumpleaños.

Tuvieron que pasar varios minutos para que el aplauso se redujera en intensidad, lo suficiente como para que Irina pudiera hablar de nuevo.

– Ahora -anunció-, les cantaré una canción alegre. Y tienen esta sala tan grande, con tanto espacio… Bailen si lo desean.

Las manos de Natasha volaron sobre el teclado, e Irina comenzó a cantar una canción de jazz que yo había oído por primera vez en el Moscú-Shanghái.

Siempre que te miro

Es como si el sol saliera y el cielo fuera azul.

La gente se miraba de soslayo. El coronel se rascó la cabeza y se removió en su asiento. Pero el público no pudo resistirse a la pegadiza melodía: taconeaban con los pies en el suelo y tamborileaban con los dedos en el regazo, pero nadie se levantó para bailar. Esta vez, Irina y Natasha no se desmoralizaron, balancearon los hombros y pusieron todo su empeño en la canción.

No seas tímido

El tiempo pasa

Y si el tiempo pasa y aún te sientes tímido

Bueno, antes de que nos demos cuenta, nos estaremos despidiendo.

Rose le dio un codazo tan fuerte al coronel que éste pegó un brinco sobre su asiento. Se alisó el uniforme y le ofreció el brazo. Se dirigieron hasta la zona justo delante del escenario y comenzaron a bailar habilidosamente. El público aplaudió. Ernie cogió a Dorothy del brazo y también empezaron a bailar. Un agricultor, que llevaba puesto su mono de trabajo, se levantó y se dirigió hacia la cantante vienesa de ópera. Le hizo una reverencia y le ofreció el brazo con un gesto dramático. El profesor de lingüística y el profesor de historia se levantaron y comenzaron a apilar las sillas contra las paredes para dejar espacio a los bailarines. Muy pronto, todo el mundo en la sala se puso a bailar, incluso el pastor. Al principio, a las mujeres les daba vergüenza bailar con él, pero él se las arreglaba solo, moviendo los pies y chasqueando los dedos, hasta que una de las hijas de la familia checoslovaca se ofreció a unirse a él.

Así que te pido que bailes

Dame una oportunidad

Esta noche es la noche del romance.

Al día siguiente, el periódico local informó de que la velada social de la CWA había durado hasta las dos de la mañana y únicamente había terminado con la llegada de la policía, que les había pedido a los asistentes que no armaran tanto alboroto. El artículo continuaba diciendo que su presidenta, Ruth Kirkpatrick, había manifestado que la velada había sido «un éxito asombroso».

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EL CAFÉ DE BETTY

Sídney me pareció diferente la segunda vez que la vi. Los cielos descargaban una lluvia torrencial que repiqueteaba contra los soportales en donde Irina y yo estábamos esperando al tranvía. Enormes charcos de agua ocupaban el suelo alrededor de nuestros pies y nos salpicaban de barro las medias nuevas, que habían sido el regalo de despedida de Rose Brighton. Contemplé las paredes de piedra y los enormes arcos de la estación central y medité sobre lo corto que había resultado nuestro viaje de regreso a Sídney en comparación con el de ida al interior del país.

Me metí el bolso bajo el brazo y pensé en el sobre que había en su interior. En mi mente podía visualizar la dirección escrita en negrita: «Sra. Elizabeth Nelson, Potts Point, Sídney». Sentí la tentación de sacar el sobre, para examinarlo de nuevo, pero ya había memorizado tanto la dirección como las instrucciones que el coronel Brighton me había anotado en él. Lo único que haría la humedad del ambiente sería emborronar la tinta, por lo que dejé el sobre donde estaba.

Unos días después del concierto de Irina, el coronel Brighton me llamó a su despacho. Paseé la mirada desde el retrato del rey hasta el rostro del militar y el sobre que empujaba hacia mí sobre el escritorio. Se levantó de su asiento y se paseó hacia el mapa y de vuelta hacia el escritorio otra vez.

– Rose y yo conocemos a una mujer en Sídney -me dijo- que regenta una cafetería en la ciudad. Está buscando empleados. Le hablé de ti y de Irina. Ha contratado a un joven ruso como cocinero y parece bastante contenta con él.

El coronel volvió a dejarse caer en su asiento, mientras hacía girar un bolígrafo entre los dedos y me contemplaba con una mirada seria.

– Ya sé que servir mesas no es precisamente a lo que estáis acostumbradas -me dijo-. He tratado de conseguirte algún trabajo de secretaria, pero parece que no hay suficientes puestos para los «nuevos australianos». Betty os dará tiempo libre si queréis asistir a clases nocturnas y no os creará problemas con la oficina de empleo si encontráis algo mejor cuando ya estéis allí. Tiene sitio en su casa, por lo que puede ayudaros proporcionándoos alojamiento barato.

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