La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Betty puso los ojos en blanco.
– ¡Vitaly ha estado tratando de reparar ese Austin desde que empezó a trabajar conmigo y todavía no lo ha sacado del garaje! Creo que será mejor que no contemos con él y vayamos en tren.
– ¿Crees que podremos encontrar un apartamento para la abuela cerca de aquí? -le preguntó Irina a Betty-. No tenemos demasiado tiempo.
Betty metió la cazuela en el horno y puso en marcha el temporizador.
– Se me ocurre otra cosa -contestó-. Tengo una habitación en la planta baja que he estado utilizando como almacén, pero que es grande y agradable. La vaciaré, si queréis.
Alcanzó un tarro de la balda superior del armario de la cocina, sacó una llave y se la dio a Irina.
– Anya y tú podéis ir a echar un vistazo y ver qué os parece. A la cena todavía le falta un rato.
Irina y yo corrimos escaleras abajo hasta el primer piso. Nos encontramos con Johnny, que estaba saliendo por la puerta principal.
– ¡Hola a las dos! -nos dijo mientras sacaba un paquete de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta-. Me voy a la calle, aunque mamá dice que va a llover.
Irina y yo le devolvimos el saludo y le observamos mientras trotaba por el sendero y a través de la puerta del jardín. El domingo anterior, Vitaly nos había llevado al zoo. Cuando llegamos al recinto de los koalas, Irina y yo nos miramos y dijimos al unísono: «¡Johnny!». Nuestro vecino tenía los mismos ojos semicerrados y la misma boca lánguida que aquel animal autóctono.
La habitación de la que Betty nos había hablado estaba al final del recibidor, detrás de las escaleras.
– ¿Crees que habrá mucho ruido cuando Johnny practique al piano? -me preguntó Irina, metiendo la llave en la cerradura.
– No, hay dos habitaciones que separan ésta del piano de Johnny. Y, en todo caso, nadie se queja cuando él practica.
Lo que le acababa de decir a Irina era cierto. Siempre que oíamos a Johnny tocar, apagábamos la radio y, en su lugar, le escuchábamos a él. Su versión de Moon River siempre lograba hacernos llorar.
– Tienes razón -replicó Irina-. A la abuela le encantará vivir al lado de un músico.
Abrimos la puerta y entramos, encontrándonos de repente en una estancia abarrotada, llena de armarios, maletas y con una cama con dosel. El aire olía a polvo y bolas de alcanfor.
– Esa cama debió de estar antes en nuestro cuarto -dije-. Probablemente era la de Tom y Betty.
Irina abrió una puerta corrediza que había bajo las escaleras y encendió la luz.
– Aquí hay un lavabo y un inodoro -dijo-. Supongo que la abuela podría bañarse arriba.
Abrí las puertas del armario de madera tallada. Estaba lleno hasta los topes de cajas de té Bushell.
– ¿Qué te parece? -me preguntó Irina.
– Yo creo que deberías alquilarla -le contesté-. Betty tendrá que vender estas cosas más tarde o más temprano, y si limpiamos a fondo, quedará una bonita habitación.
El barco de Ruselina surcó las aguas del puerto en una preciosa mañana en Sídney. La humedad del verano me había resultado muy familiar, porque el clima de Shanghái era parecido, pero nunca había conocido días de invierno con una luz solar tan intensa, brillando entre los árboles; el aire era tan frío y vigorizante que casi tenías la sensación de poder morderlo, como una manzana fresca. A diferencia de lo que ocurría en Harbin, no había un interminable descenso de la temperatura hasta llegar al invierno, seguido por largos meses de nevadas, hielo y oscuridad. La versión amable del invierno en Sídney me daba ánimos y teñía de color mis mejillas. Irina y yo decidimos caminar hasta el muelle para recibir a Ruselina. Prácticamente fuimos brincando y no pudimos evitar reírnos a escondidas de los australianos, arrebujados en sus chaquetas y abrigos, quejándose sin parar del «invierno glacial» y de los «sabañones».
– Debe de hacer trece grados o más -le comenté a Irina.
– La abuela se creerá que estamos en verano -contestó, echándose a reír-. Sólo se alcanzaban estas temperaturas durante las olas de calor cuando ella vivía en Rusia.
Nos alivió comprobar que el barco que traía a Ruselina a Australia no estaba tan lleno como el que habíamos visto nuestro primer día en Sídney, aunque el muelle estaba atestado de gente que esperaba a que los pasajeros desembarcaran. Había una banda del Ejército de Salvación que estaba tocando Waltzing Matilda, y algunos periodistas y fotógrafos hacían fotos. Una fila de gente comenzó a descender por la pasarela de manera ordenada. Un grupo de boy-scouts se apresuraron a entregarles manzanas a los pasajeros que iban desembarcando.
– ¿De dónde viene este barco? -le pregunté a Irina.
– Zarpó de Inglaterra y fue recogiendo a unos cuantos pasajeros de camino.
No dije nada, pero me dolió que los australianos parecieran más entusiasmados por los inmigrantes británicos que por nosotros.
Irina buscó entre el mar de rostros el de Ruselina.
– ¡Allí está! -exclamó Irina, señalando hacia la mitad de la fila.
Parpadeé. La mujer que descendía por la pasarela no era la Ruselina que yo había conocido en Tubabao. Un saludable bronceado había sustituido su pálida complexión, e incluso caminaba sin la ayuda de un bastón. También habían desaparecido las manchas oscuras bajo su piel que tan familiares me resultaban. Nos localizó y gritó:
– ¡Irina! ¡Anya!
Ambas corrimos a recibirla. Cuando la abracé, era como apretar un cojín, en lugar de la rama de un árbol.
– ¡Dejad que os vea! -exclamó, dando un paso atrás-. Las dos tenéis muy buen aspecto. ¡La señora Nelson tiene que estar cuidándoos muy bien!
– Sí que nos cuida -contestó Irina, secándose una lágrima-. Pero ¿y usted, abuela?, ¿cómo se encuentra?
– Mejor de lo que nunca hubiera podido imaginar -respondió. Al ver de cerca el brillo de sus ojos y la luminosidad de su piel me podía creer sus palabras.
Le preguntamos sobre su viaje en barco y sobre Francia y, por alguna razón, nos respondió solamente en inglés, aunque nosotras le estábamos hablando en ruso.
Seguimos a los otros pasajeros al extremo sur del muelle, donde estaban descargando el equipaje. Irina y yo le preguntamos a Ruselina sobre el resto de los pasajeros del barco y bajó el tono de voz para contestarnos:
– Irina y Anya, tenemos que hablar solamente en inglés ahora que estamos en Australia.
– ¡No, si hablamos entre nosotras! -le dijo Irina, echándose a reír.
– Especialmente cuando hablemos entre nosotras -replicó Ruselina, sacando un folleto del bolso. Era el folleto de presentación de la OIR sobre Australia.
– Leed esto -nos dijo, abriéndolo por una página marcada y pasándomelo.
Leí un párrafo marcado con un asterisco.
Quizás lo más importante es aprender a hablar el idioma de los australianos. Los australianos no están acostumbrados a escuchar idiomas extranjeros. Tienden a mirar fijamente a aquellas personas cuya forma de hablar es diferente. Si usted habla su propio idioma en público, llamará la atención y provocará que los australianos le consideren un extraño… Además, trate de evitar utilizar las manos al hablar, porque si lo hace, llamará la atención.
– Parece muy importante para ellos que nosotros no «llamemos la atención» de ninguna manera -comentó Irina.
– Eso explicaría las miradas tan extrañas que nos han estado dedicando -dije yo.
Ruselina me cogió el folleto de las manos.
– Y aún hay más. Cuando solicité la acogida en Australia me enviaron a un funcionario al hospital para preguntarme si sentía afinidad por el comunismo.
– ¿¿En serio?? -exclamó Irina-. Precisamente nosotras, ¡de entre toda la gente! ¡Después de lo que hemos perdido! ¡Como si pudiéramos ser rojas!
– Eso fue lo que le dije -replicó Ruselina-. «Jovencito, ¿de verdad piensa que yo podría apoyar el régimen que puso a mis padres ante un pelotón de fusilamiento?»