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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– Las uso para preparar la copa de helado tropical -nos explicó.

Después, todas cogimos el tranvía a la ciudad. La cafetería de Betty se encontraba en el extremo de los grandes almacenes Farmers de la George Street, cerca de los cines. El decorado era una mezcla entre una típica cafetería estadounidense y un café francés. Estaba dividida en dos niveles. En el primer nivel, había mesas redondas con sillas de paja. El segundo nivel, al que se llegaba tras subir cuatro escalones, tenía mesas de bancos corridos de color rosa almizcle y un mostrador con banquetas. Cada mesa tenía en la pared el retrato de una estrella de cine de Hollywood: Humphrey Bogart, Fred Astaire, Ginger Rogers, Clark Gable, Rita Hayworth, Gregory Peck y Bette Davis. Contemplé el de Joan Crawford cuando pasamos al lado. Su mirada seria y su boca apretada me recordaron a Amelia.

Seguimos a Betty a través de dos puertas abatibles con ventanas redondas en el medio y bajamos un corto pasillo hasta la cocina. Un joven con piernas delgaduchas y un hoyuelo en la barbilla estaba mezclando harina y leche sobre una encimera.

– Éste es Vitaly -señaló Betty.

El hombre levantó la mirada y sonrió.

– Ah, ya estáis aquí -exclamó-. Justo a tiempo para ayudarme con la mezcla de las tortitas.

– No os pongáis a trabajar todavía -replicó Betty, cogiéndonos las bolsas de hilo y colocándolas en una mesa en el centro de la habitación-. Sentaos y charlad un rato antes de que los clientes comiencen a llegar. Tenéis que conoceros mejor.

La cocina del café estaba tan limpia como la propia casa de Betty, aunque aquí el suelo no estaba combado. Había cuatro armarios, una cocina de gas con seis hornillos, un horno grande y dos fregaderos. Betty sacó un delantal de uno de los armarios y se lo ató alrededor de la cintura. Me percaté de que había dos uniformes rosas colgando de un perchero, uno de los cuales me imaginé que sería para mí. Iba a ayudar a Betty a servir mesas. Irina iba a ser la ayudante de Vitaly en la cocina.

Vitaly trajo unas sillas de una habitación trasera y nos sentamos alrededor de la mesa.

– ¿Qué os parece si todos tomamos huevos? -preguntó Betty-. Chicas, sólo habéis comido una tostada esta mañana y no quiero que mis empleados se mueran de hambre y se pasen en pie todo el día.

– Os conozco a las dos de Tubabao -nos dijo Vitaly.

– Ah, sí, me acuerdo -se echó a reír Irina-. Me pediste un autógrafo después del concierto.

Contemplé las rubicundas mejillas de Vitaly, su pelo pajizo y los ojos saltones, pero no pude recordarle en absoluto. Le hablamos sobre nuestro campamento y él nos dijo que lo habían enviado a un lugar llamado Bonegilla.

– ¿Cuántos años tienes? -le preguntó Irina.

– Veinticinco, ¿y vosotras?

Betty cascó unos huevos en un cuenco y miró a su espalda.

– No tratéis de hablar inglés porque yo esté delante -dijo-. Podéis hablar ruso entre vosotros. -Se acarició el pelo y bizqueó-. Eso siempre que no estéis intercambiándoos cotilleos jugosos. O, dado el caso, si entra uno de los clientes. No quiero que detengan a mi personal por espías comunistas.

Aplaudimos y nos echamos a reír.

– Gracias -le dijo Irina-. A mí me resulta mucho más fácil.

– Y tú, Anya -me dijo Vitaly, volviéndose hacia mí-. Me resultas familiar de otro sitio, antes de Tubabao. Quería presentarme para decírtelo, pero oí que eras de Shanghái y supuse que entonces no nos conocíamos, después de todo.

– No soy de Shanghái -le dije-. Soy de Harbin.

– ¡Harbin! -me dijo, con un brillo en los ojos-. Yo también soy de Harbin. ¿Cuál es tu apellido?

– Kozlova.

Vitaly caviló profundamente durante un momento, frotándose las palmas de las manos, como si estuviera tratando de conjurar al genio de la lámpara.

– ¡Kozlova! ¿La hija del coronel Víctor Grigorovich Kozlov?

El nombre de mi padre me cortó la respiración. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo oí.

– Sí -le contesté.

– Entonces, sí te conozco -respondió Vitaly-. Aunque probablemente tú eras demasiado joven como para recordarme. Mi padre era amigo del tuyo. Dejaron Rusia juntos. Pero nos mudamos a Tsingtao en 1938. Sin embargo, me acuerdo de ti. Una niñita de pelo rojizo y ojos azules.

– ¿Tú padre está contigo? -le preguntó Irina.

– No -le dijo Vitaly-. Está en Estados Unidos con mi madre y mis ocho hermanos. Yo estoy aquí con mi hermana y su marido. Mi padre no se fía de mi cuñado, por eso me envió a cuidar de Sofía. ¿Están tus padres contigo, Anya?

– Mi padre murió en un accidente de coche antes del final de la guerra -le expliqué-. A mi madre la deportaron desde Harbin. Fueron los soviéticos. No sabemos dónde la llevaron.

Irina extendió el brazo y me apretó la muñeca.

– Esperamos que la Cruz Roja de Sídney pueda rastrear a la madre de Anya en Rusia -le contó a Vitaly.

Se frotó el hoyuelo de la barbilla y después se apoyó los dedos en la mejilla.

– ¿Sabéis? -nos dijo-, mi familia está buscando a mi tío. Se quedó en Harbin y también se fue a la Unión Soviética después de la guerra. Pero no le forzaron. Él y mi padre tenían ideas muy diferentes. Mi tío creía en los principios del comunismo y nunca sirvió en el ejército como mi padre. Tampoco era exactamente lo que se denominaría como un extremista. Pero era partidario del comunismo.

– ¿Habéis sabido algo de él? -le preguntó Irina-. Quizás podría decirnos dónde enviaron a la madre de Anya.

Vitaly chasqueó los dedos.

– Tal vez sí, ¿sabes? Es posible que fueran en el mismo tren de Harbin hacia Rusia. Pero mi padre sólo ha recibido noticias de mi tío dos veces desde su regreso, e incluso en esas ocasiones, ha sido a través de conocidos. Sí que recuerdo que el tren se detuvo en un lugar llamado Omsk. Mi tío fue de allí hasta Moscú, pero el resto de los pasajeros fueron conducidos a un campo de trabajo.

– ¡Omsk! -exclamé. Había oído el nombre de aquel pueblo anteriormente. La cabeza me daba vueltas, tratando de recordar dónde.

– Le puedo pedir a mi padre que se ponga en contacto con él de nuevo -ofreció Vitaly-. Mi tío teme a mi padre y lo que él le pueda decir. Tenemos que depender de otras personas para enviar los mensajes, así que llevará su tiempo. Y, por supuesto, actualmente todo pasa por un registro y una censura previos.

Me sentía demasiado abrumada como para hablar. En Shanghái, Rusia parecía algo demasiado grande para que yo pudiera hacerle frente. Y de repente, en una cafetería al otro lado del mundo, tenía más información sobre el paradero de mi madre que nunca hasta entonces.

– ¡Anya! -exclamó Irina-. ¡Si les dices a los de la Cruz Roja que piensas que tu madre está en Omsk, quizás puedan rastrear su paradero!

– ¡Oye, esperad un minuto! -dijo Betty, colocando tres platos de huevos revueltos y una tostada frente a nosotros-. No estáis siendo justos. Os dije que podíais hablar en ruso siempre que no fuera de algo emocionante. ¿Qué sucede?

Los tres empezamos a hablar a la vez, así que Betty no se enteró de nada. Entonces, Irina y Vitaly callaron y me dejaron explicárselo. Betty consultó su reloj.

– ¿A qué estás esperando? -me dijo-. He sobrevivido sin ti un mes y podré seguir haciéndolo durante otra mañana. La Cruz Roja abre a las nueve en punto. Si te vas ahora, podrás ponerte la primera de la cola.

Esquivé a secretarias y oficinistas, fijándome apenas en la George Street mientras corría hacia el centro. Consulté el mapa que Betty me había dibujado en una servilleta. Giré para adentrarme en la Jamison Street y me encontré de pie ante la puerta de la casa de la Cruz Roja diez minutos antes de que abrieran. Había un directorio colgado en una puerta de cristal. Estudié la lista pasando por encima del servicio de transfusiones de sangre, el de hogares de convalecientes, el departamento de hospitales y repatriación, hasta el departamento de búsquedas. Consulté el reloj de nuevo y me paseé arriba y abajo por la acera. «Dios mío -pensé-, por fin estoy aquí.» Una mujer pasó a mi lado y me sonrió. Debía de creer que estaba desesperada por donar sangre.

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