Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—¡Creo que vamos a conseguirlo! —comentó el hombre con una tensa confianza que Maia encontró encantadora. Se habría sentido dolida si él lo hubiera dicho sólo para contentarla. Pero más bien parecía que ella fuera la adulta, encantada e indulgentemente atraída por el ingenuo optimismo de él. Maia no tenía ni idea de la edad que Renna pudiera tener, pero ponía en duda que el hombre olvidara alguna vez su ardiente y alocado entusiasmo por las cosas nuevas.
El desayuno consistió en mijo y azúcar moreno mezclados con agua caliente de la caldera auxiliar de la máquina. El tren fugitivo no se detuvo mientras comían, ni redujo la marcha siquiera. En las praderas se veían ahora rebaños pastando. De vez en cuando, una vaquera desconocida alzaba el brazo para saludar a la veloz locomotora.
Mientras comprobaba sus instrumentos, la maquinista Musseli dijo a Maia y a los demás lo que había oído el día anterior, antes de acudir a la cita. Había habido lucha en el santuario—prisión, la misma noche que Maia y Renna vieron aparatos voladores cruzar el cielo. Agentes de la Autoridad Planetaria, sirviéndose del elemento sorpresa para compensar su escaso número, aterrizaron en la torre de piedra y se apoderaron de la antigua cárcel. Demasiado tarde para servirnos de algo, pensó Maia con ironía. Excepto para distraer a las Perkies. Con eso nuestras posibilidades podían mejorar un poco.
Al día siguiente, se convocaron milicias locales por todo Valle Largo. Las matriarcas de los principales cIanes granjeros juraron «defender la soberanía local y nuestros sagrados derechos contra la intromisión de las autoridades federales». Volaron acusaciones en ambas direcciones, aunque ningún bando mencionó absolutamente nada del visitante de las estrellas. En términos prácticos, todavía podía haber multitud de problemas para el grupo de fugitivos, y no era probable que recibieran más ayuda de las fuerzas de Caria City hasta que alcanzaran el mar.
Para empeorar las cosas, la población del valle era más densa a medida que se acercaban a la cordillera costera. La locomotora pasó ante poblados y granjas dormidas, luego ante grandes centros comerciales y zonas de fábricas ligeras. Varias veces tuvieron que refrenar el ritmo para maniobrar torpemente junto a vagonetas cargadas de trigo o maíz amarillo.
Con mucha más frecuencia, el camino parecía abrirse como por arte de magia ante ellos. En las ciudades, casi siempre las saludaban las jefas de estación, que debían formar parte de la conspiración, según advirtió Maia. Poco a poco, la magnitud de la empresa pareció crecer ante sus ojos.
¿Están implicados todos los clanes ferroviarios? No son Perkies, pero pensaba que al menos dirían que son neutrales. Tiene que ser algo muy serio para que un grupo de estiradas como las Musseli se arriesguen a poner en peligro sus relaciones comerciales por una causa.
Maia reflexionó sobre cómo, una vez más, no captaba la enormidad de la cuestión. Pensaba que todo esto iba de una droga que hace que los hombres se acaloren en invierno. Pero eso es sólo una parte… no tan importante como Renna, por ejemplo.
¿Podría ser que él no sea también más que una pieza? No un peón como yo, pero tampoco un rey. Podrían matarme sin que nadie se tomara la molestia de explicarme por qué.
No era de extrañar. Una ventaja de la educación de Lamatia era que su hermana y ella no habían sido educadas para esperar justicia del mundo.
—¡Rueda con el golpe! —había gritado la Sabia Claire, golpeando a Maia una y otra vez con un bastón acolchado durante lo que se suponía que era una «práctica de combate» para las vars, una sesión de tortura que se prolongaba interminablemente, hasta que Maia aprendió por fin a caer con el impacto, no contra él.
Cómo te odio todavía, Claire, recordó Maia. Pero empiezo a comprender lo que querías decir.
El éxodo a través de las llanuras tenía una cadencia sincopada: largos intervalos de aburrimiento punteados por ansiosos minutos donde el corazón se paraba cada vez que atravesaban una ciudad. Sin embargo, todo pareció ir bien hasta poco antes del mediodía. Entonces, en una ciudad llamada Maíz Dorado, fueron recibidas por una visión desagradable: una barrera bajada que les cortaba el paso. En vez de la jefa de estación Musseli, unas cuantas pelirrojas altas esperaban en el andén, todas ellas armadas y vestidas con el cuero de la milicia; comparaban las marcas de la locomotora con los números de una carpeta. Maia y las vars se agacharon para no ser vistas, pero a pesar de las quejas de la maquinista, las guardianas insistieron en inspeccionar la locomotora. En masa, se agarraron a la escalerilla y empezaron a subir a bordo por ambos lados.
Siguió un larguísimo momento mientras dos grupos de mujeres se miraban mutuamente en incómodo silencio. Una guardiana vio a Renna, abrió la boca para gritar…
Un chirriante ulular sonó en lo alto. La jefa de las pelirrojas alzó la cabeza… demasiado tarde para esquivar el extremo romo de la barra de Baltha, que la golpeó en la mandíbula. Desde el techo de metal, donde se había tendido la robusta var del sur, Baltha se arrojó sobre la apiñada masa de milicianas.
Al instante, una lucha a brazo partido se desarrolló en la estrecha cabina. Las mujeres gritaban y atacaban. No había espacio para hacer filigranas con los bastones, así que ambos bandos cambiaron los palos pulidos por los puños y las porras improvisadas.
Al principio, Maia y Renna permanecieron petrificados al fondo. A pesar de todas sus aventuras, la primera batalla cogió a Maia desprevenida. El estómago se le revolvía y oyó su corazón latiendo con fuerza por encima de la algarada. Al alzar la cabeza, vio los ojos alienígenas de Renna abrirse de manera imposible. El sudor le picaba y las venas se le hinchaban. No era miedo lo que veía en él, sino una preocupación de otro tipo.
La barahúnda se precipitó hacia ellos. Una pelirroja puso la zancadilla a la amiga de Thalla, Kau, derribándola. Cuando la miliciana alzó la pierna para continuar golpeándola, Renna exclamó:
—¡No!
Dio un paso, los puños apretados. De repente, le tocó a Maia el turno de gritar.
—¡Atrás! —chilló y, colándose entre Renna y la guardiana, consiguió empujarlo en dirección opuesta. Un puño golpeó su sien derecha, haciendo que ambos oídos le zumbaran. Otro puñetazo se internó entre dos de sus costillas, y entonces contraatacó, golpeando algo blando con un codo. Ignorando el agudo dolor, debatiéndose en la tensa presa de las mujeres en lucha, Maia consiguió por fin sacar a la caída Kau de la refriega.
—Cuida de ella —le gritó a Renna—. ¡Y no luches! ¡Los hombres no pueden hacerlo!
Mientras él asimilaba eso, Maia se volvió y se lanzó de nuevo a la pelea. Era una lucha desordenada y feroz, que no seguía ningún ritual, carente de toda cortesía o elegancia. Por fortuna, era fácil distinguir amigas de enemigas, incluso en la sofocante oscuridad. Para empezar, las enemigas se habían bañado aquel mismo día y olían mucho mejor que sus camaradas. Con cierto resentimiento por la comparación, prestó sus fuerzas para luchar contra mujeres que eran mucho más grandes y fuertes que ella.
Aterradora en la duda, la batalla se convirtió en un placer cuando advirtió que su bando estaba ganando. Maia ayudó a sujetar a una pelirroja para que Thalla pudiera amarrarla con lazos de cuerda preanudada. Al levantarse, Maia vio que Baltha sostenía a dos clones por el cuello y que hacía entrechocar sus cabezas. Allí no hacía falta ninguna ayuda, así que corrió a auxiliar a una var del sur que impedía que una última miliciana escapara por la puerta.