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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Al ver a los lúgars manejar grandes planchas, no pude dejar de sentirme debilucho en comparación… lo que tal vez formara también parte del plan.

No estoy aquí para juzgar a las stratoianas por elegir una solución pastoral a la ecuación humana. Todos los caminos tienen su precio. Mi orden requiere que un peripatético, sea hombre o mujer, aprecie todo lo que ve, en cualquier mundo del Phylum. «Apreciar» en el sentido estricto de la palabra. Las reglas no dicen que tenga que aprobarlo.

Las constructoras de Caria usaron los contornos naturales de la altiplanicie central para construir templos y teatros, tribunales, escuelas y campos de deporte… todo lo cual describieron con orgulloso detalle mis apasionadas guías. Zonas ajardinadas acompañaban el paseo central junto a complejos impresionantes (la Autoridad del Equilibrio y la majestuosa universidad), hasta que por fin nos acercamos a un par de ciudadelas de mármol con altos pórticos con columnas. Los corazones gemelos de Caria. La Gran Biblioteca a la izquierda, y a la derecha, el Templo principal, dedicado a la Madre Stratos.

… Y Lysos es su profeta.

Con el trayecto habían conseguido su objetivo evidente. Su capital es un espectáculo digno de cualquier mundo. Yo estaba impresionado, y me encargué de dejarlo bien claro.

15

La maquinista Musseli colocó a sus pasajeras lejos de los controles, cerca de las cálidas pilas de células energéticas que ponían en marcha a la locomotora.

Maia arrugó la nariz ante el familiar olor a polvo de carbón que se alzaba del depósito de reserva, aunque se sentía demasiado excitada para dejar que eso la perturbara. La libertad era una fragancia fuerte que la afectaba como una borrachera. Su corazón se aceleró cuando se inclinó tras la cubierta de la batería y abrió una estrecha y polvorienta ventanilla para dejar que el aire fresco le golpeara la cara.

La pradera corría en el exterior, iluminada por la luz perlada y difusa de la recién salida Durga. Había barrancos y cañadas, postes y ajados batallones de haces de heno, y de vez en cuando bosquecillos allí donde el terreno poroso retenía la suficiente agua de lluvia para mantener los árboles nativos.

Maia había llegado a odiar estas llanuras, aunque ahora, con la huida al fin creíble, la tierra parecía susurrar su propia versión de la historia, extendiéndose para persuadirla con su extraña belleza.

Las tormentas de verano me afectan. El viento y el ardiente sol resecan mi suelo empapado. En invierno, el hielo rompe los guijarros dispersos y los convierte en polvo. El pobre barro se escurre y rezuma. Yo sangro.

Y lo que dejan el viento y el sol y el hielo, las humanas lo rompen con arados de hierro, o lo cuecen en forma de ladrillos, o lo convierten en dorado grano que transportan por el mar.

¿Dónde están mis saltarines linguros? ¿Las pantoteras que pastaban, o los vivaces boks enroscados, que solían recorrer mi llanura en gran número? No pudieron competir con las vacas y ratones. O, si lo hicieron, las humanas intervinieron, mejorando las tendencias que eligieron. Nuevos cascos marcan mis senderos, mientras que los viejos se marchitan en los zoos.

No importa. Que las invasoras desplacen a las criaturas nativas, que desplazaron a otras a su vez. Que mi suelo se convierta en roca, en arena, en suelo otra vez. ¿Qué diferencia crean los cambios, cribados por el tamiz del tiempo?

Yo espero, permanezco, con la paciencia de la piedra.

Renna, y luego Kiel, instaron a Maia a acostarse donde otra media docena de mujeres yacían juntas como balas de algodón, todas en la misma postura a falta de espacio para volverse. Pero la incomodidad no las mantenía despiertas. En palabras de Thalla, no eran clones melindrosas a las que molestaba un guisante bajo el colchón. Sus sincronizados ronquidos pronto ahogaron el suave rumor de los motores eléctricos.

—No, gracias —dijo Maia a sus amigos—. No podría dormir. Ahora no. Todavía no.

Kiel se limitó a asentir, acomodándose en un hueco cerca de la caja de frenos para dormir sentada. También Renna llegó a su límite. Tras acribillar a la maquinista con preguntas durante media hora, consideró que ya era suficiente, algo extraño en él, y se derrumbó sobre las mantas que habían colocado para su disfrute en el espacio más amplio, una plataforma que cubría la caja de marchas de la locomotora. Su sonido, como una nana, pronto lo hizo roncar como las mujeres.

Maia abrió su sextante y avistó unas cuantas estrellas familiares. Aunque la fatiga y la vibración de la máquina eran un impedimento, pudo verificar que seguían la dirección adecuada. Eso no excluía del todo la posibilidad de traición (¿Me estoy volviendo cínica con la edad?, se preguntó secamente), pero era tranquilizador saber que cada segundo que pasaba los acercaba más al mar. Maia olvidó sus recelos. Kiel y las demás saben más que yo, y parecen bastante confiadas.

Maia no era la única insomne que hacía silenciosa compañía a la maquinista. Baltha montaba guardia junto a la ventanilla de babor, acariciando su palanca igual que si fuera un bastón de combate corto, como si estuviera ansiosa por asestar un solo golpe a las enemigas antes de culminar su huida. Una vez más, la fornida mujer intercambió una larga y enigmática mirada con Maia. Baltha se pasó la mayor parte del viaje mirando hacia delante y acechando el peligro, mientras Maia procuraba hacer lo mismo en la parte de estribor. Aunque ninguna de las dos podía ver mucho en la oscuridad. A esta velocidad, difícilmente veremos nada antes de golpearlo.

Los reflejos de la luna en los rectos raíles se difractaban hipnóticamente en sus párpados entrecerrados. Maia los dejó cerrarse, sólo un minuto o dos. Sin embargo, las imágenes no se interrumpieron. Siguió imaginando la locomotora, atravesando una quimérica versión de la estepa, al principio igual que la llanura de fuera, luego cada vez más como el paisaje de un sueño. Las gentiles y congeladas ondulaciones de la pradera empezaron a moverse, a rodar como olas del océano que lamieran cada lado de los firmes raíles de acero.

Una fiera certeza asaltó a Maia. Había algo delante, fuera de la vista. La premonición se manifestó como una imagen vívida y presciente de la veloz máquina dirigiéndose inalterable hacia un choque con una alta montaña de rocas que la sonriente Tizbe Beller acababa de colocar sobre las vías.

Corre si quieres —canturreaba amenazante su antigua torturadora, como una bruja de cuento—. ¿Crees de verdad que podrás escapar al poder de los grandes clanes, si realmente quieren detenerte?

Maia gimió, incapaz de moverse o despertar. La barricada fantasma se alzó, gráfica y aterradora. Entonces, momentos antes del impacto, las piedras que formaban la pared se transformaron. En un breve instante, se metamorfosearon en brillantes huevos, que se abrieron, liberando gigantescas aves pálidas. Las aves extendieron sus enormes alas y escaparon de los fragmentos de huevo y, exhalando fuego, volaron sin ataduras para reunirse con sus hermanas, las brillantes estrellas.

En su sueño, Maia no sintió ningún alivio por verlas marchar. En cambio, oleadas de soledad la asaltaron, como una sacudida.

¿Cómo es posible?, se preguntó. Una vieja queja de la infancia. ¿Cómo es posible que ellas vuelen… mientras que yo debo quedarme atrás?

La mañana llegó mientras Maia seguía dormida, acurrucada en una sábana que humeó cuando la alcanzó el sol recién salido. Renna sacudió amablemente su hombro, y le puso una taza de tcha caliente entre las manos. Parpadeando ante su rostro despejado, Maia sonrió agradecida.

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