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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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El 27 de marzo, el ci-devant conde de Mirabeau se desplomó súbitamente aquejado de fuertes dolores y fue trasladado a su vieja casa, situada en la rue Chaussée-de-l’Antin. Falleció sin haber recuperado el conocimiento el 2 de abril, a las ocho y media de la mañana.

Camille se había instalado en la chaise-longue de terciopelo azul, pertrechado tras sus libros. Las tiendas habían cerrado, en señal de respeto, y las calles estaban casi desiertas. El funeral iba a celebrarse esta noche, a la luz de las antorchas.

Camille había ido a verlo a su casa. Mirabeau padece fuertes dolores, le habían dicho, no puede recibirle. Camille rogó que le permitieran verlo, siquiera unos segundos. Es imposible. Estampe su firma en el libro de visitas que hay junto a la puerta.

Al toparse con uno de los ginebrinos, este le dijo:

– Mirabeau preguntó por usted, pero le dijimos que no había venido.

La Corte enviaba a un mensajero dos veces al día para interesarse por el estado del enfermo. Tiempo atrás, cuando Mirabeau pudo haberlos ayudado, le volvieron la espalda. Ahora todo estaba olvidado, la desconfianza, las evasivas, el orgullo, la codiciosa garra de un egocéntrico sobre el futuro de la nación. La gente se lamenta de su muerte y expresa su temor ante el futuro.

Sobre la mesa de Camille yacía una hoja con una nota escrita en una letra casi ilegible. Danton la cogió y leyó en voz alta:

– «Id, estúpidos, y postraos ante la tumba de este dios…» No entiendo lo que sigue.

– «este dios de los mentirosos y de los ladrones.»

Danton dejó el papel, escandalizado.

– No puedes escribir eso. Todos los periódicos del país alaban la figura de Mirabeau. Barnave, uno de sus más duros detractores, ha pronunciado un panegírico en el Club de los Jacobinos. Esta noche la Comuna y todos los miembros de la Asamblea se unirán al cortejo fúnebre. Hasta sus enemigos lo ensalzan. Si publicas ese artículo, Camille, te desollarán vivo. Lo digo en serio.

– Escribiré lo que me plazca -replicó Camille-. La opinión es libre. Si los demás son unos hipócritas, allá ellos. No voy a variar de opinión porque haya muerto.

– ¡Dios! -exclamó Danton, y salió precipitadamente.

Había anochecido. Lucile había ido a la rue Condé. Habían transcurrido diez minutos; Camille permanecía sentado en la habitación, en la penumbra. Jeanette asomó la cabeza y preguntó:

– ¿No desea hablar con nadie?

– No.

– Sólo ha venido el diputado Robespierre.

– Hazlo pasar.

Al cabo de unos instantes entró Robespierre. Estaba pálido y tenía aspecto fatigado. Cogió una silla y se sentó junto a Camille.

– Tienes mala cara -dijo Camille.

– Apenas duermo. Sufro pesadillas, y cuando me despierto, me cuesta respirar -contestó Robespierre, llevándose la mano al pecho. Temía la llegada del verano, el sofocante calor en las calles y edificios públicos-. Estoy enfermo, me siento débil.

– ¿Te apetece que abra una botella de vino para brindar por los gloriosos difuntos?

– No, gracias. He bebido demasiado. Me conviene no beber por las tardes.

– Pero si ya ha anochecido -insistió Camille. Luego añadió-: ¿Qué va a suceder ahora, Max?

– La Corte buscará un nuevo consejero. Y la Asamblea un nuevo amo. Él era su amo, tienen una naturaleza servil, al menos eso diría Marat. -Robespierre se acercó a Camille. Su complicidad era total; sólo ellos habían comprendido a Mirabeau-. Barnave tratará de ocupar su lugar, pero está muy lejos de ser un Mirabeau.

– Tú detestabas a Mirabeau -dijo Camille.

– Te equivocas -contestó Robespierre bruscamente-. Yo no odio. Es un sentimiento que nubla el juicio.

– Yo no tengo juicio.

– Por eso trato de guiarte. Eres capaz de juzgar acontecimientos, pero no a las personas. Estabas demasiado unido a Mirabeau. Era peligroso para ti.

– Sí. Pero me gustaba.

– Lo sé. Reconozco que fue generoso contigo, te dio confianza en ti mismo. Se comportó casi como un padre.

¿Es ésa la impresión que te dio?, pensó Camille. Mis sentimientos, en cambio, no eran del todo filiales.

– No todos los padres son buenos -dijo.

Max guardó silencio durante unos minutos. Luego dijo:

– En el futuro, debemos elegir con más cuidado a nuestras amistades. Quizá debamos deshacernos de algunas… -Robespierre se detuvo de pronto, consciente de que había dicho lo que había venido a decirle.

Camille lo miró en silencio. Al cabo de unos instantes, dijo:

– Quizá no hayas venido a hablar de Mirabeau. Tal vez me equivoque, pero quizás hayas decidido revelarme que no piensas casarte con Adèle.

– No quiero herir a nadie -contestó Robespierre, rehuyendo la mirada de Camille.

Los dos hombres permanecieron unos minutos en silencio. De pronto entró Jeanette, les dirigió una sonrisa y encendió las lámparas. Cuando se hubo marchado, Camille se levantó de un salto y exclamó furioso:

– ¡Explícate!

– Es difícil. Te ruego que tengas un poco de paciencia.

– ¿Pretendes que se lo comunique yo?

– Sí. Sinceramente, no sé cómo decírselo. Apenas conozco a Adèle.

– ¡Pero sí sabías lo que hacías!

– No me grites. No existe un compromiso en firme entre los dos. No puedo seguir así. Hay muchos hombres, mejores que yo, que estarán encantados de casarse con ella. Ni siquiera sé cómo empezó todo. No puedo permitirme el lujo de contraer matrimonio.

– ¿Por qué?

– Porque… estoy demasiado ocupado. Trabajo porque es mi deber. No tendría tiempo para dedicárselo a mi familia.

– Pero bien tienes que comer y dormir, ¿no? Necesitas un hogar. Adèle sabe que tu trabajo te absorbe.

– Ése no es el único motivo. Es posible que tenga que sacrificarme por la Revolución. No me importaría hacerlo…

– ¿Sacrificarte?

– ¿Y si tuviera que dar mi vida por la Revolución?

– ¿A qué te refieres?

– Se quedaría viuda por segunda vez.

– ¿Acaso has estado hablando con Lucile? Está convencida de que estallará una epidemia de peste bubónica. O que moriremos aplastados por una carroza. O que nos matarán los austriacos, lo cual reconozco que es bastante probable. Por supuesto que un día morirás. Pero si todos nos dejáramos llevar por tu pesimismo, la raza humana ya se habría extinguido.

– Lo sé -contestó Robespierre-. Has hecho muy bien en casarte, aunque tu vida corra peligro. Pero el matrimonio no está hecho para mí.

– Hasta los curas se casan. Tú mismo defendiste en la Asamblea su derecho a hacerlo. Tus opiniones son contrarias al espíritu de la época.

– Lo que hagan los curas y lo que haga yo son dos cosas muy distintas. La mayoría de ellos no soportaban el celibato.

– ¿Y tú? ¿Te resulta fácil?

– No se trata de si me resulta fácil o difícil.

– ¿Qué fue de aquella chica de Arras que se llamaba Anaïs? ¿Te hubieras casado con ella en otras circunstancias?

– No.

– ¿Entonces no es culpa de Adèle?

– No.

– Simplemente no quieres casarte.

– Eso es.

– Pero no por los motivos que aduces.

– No me acoses, no estamos ante un tribunal -protestó Robespierre, levantándose y paseándose nervioso por la habitación-. Sé que me consideras cínico y cruel, pero te equivocas. Aspiro a lo que todo el mundo, pero no puedo comprometerme sabiendo, temiendo… lo que el futuro puede depararme.

– ¿Temes a las mujeres?

– No.

– Reflexiona antes de responder.

– Siempre trato de ser sincero.

– Lo cierto -dijo Camille intencionadamente-, es que a partir de ahora la vida será muy distinta para ti. Aunque no te guste, las mujeres te encuentran atractivo. He observado que se precipitan sobre ti, jadeando de pasión. Cada vez que te levantas en la Asamblea para pronunciar un discurso, se percibe un murmullo de carnalidad en las galerías por parte del público femenino. Hasta ahora el hecho de estar comprometido las contenía, pero a partir de este momento te perseguirán por doquier intentando arrancarte la ropa. Piensa en ello.

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