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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Camille arrugó el ceño y contestó:

– Esa frase no me suena bien. -Después de tachar la frase, dijo-: He tenido una aventura con todo el mundo, ¿no lo sabías?

– No, pero me gustaría saberlo.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué?

– ¿Por qué quieres saberlo?

– En realidad, no lo sé.

Camille arrancó la hoja y empezó a escribir en otra.

– No me parece una conversación muy inteligente. -Tras una pausa, preguntó-: ¿Te lo ha dicho Caroline?

– No.

– ¿Entonces qué te hace pensar que he tenido una aventura con ella? -preguntó Camille, alzando la vista al techo mientras buscaba un sinónimo.

– Me lo dio a entender.

– Quizás interpretaste mal sus palabras.

– ¿Entonces por qué no lo niegas?

– Es probable que haya pasado una noche con ella, pero no lo recuerdo -contestó Camille. Al fin había dado con la palabra adecuada.

– ¿Cómo es posible que no lo recuerdes?

– ¿Por qué habría de recordarlo? No todo el mundo piensa que hacer el amor sea la actividad más interesante que existe en el mundo.

– Supongo que el hecho de no acordarse indica un absoluto desprecio hacia esa mujer.

– Es posible. ¿Has visto el último número publicado por Brissot?

– Estás escribiendo encima de él.

– Ah, sí.

– ¿De veras no lo recuerdas?

– Ya sabes que soy muy distraído. Quizá ni siquiera pasé una noche con ella. Puede que fuera una tarde. O unos minutos, o puede que no sucediera nunca. Quizá la confundí con otra persona.

Lucile soltó una carcajada.

– Me choca que este asunto te divierta -dijo Camille con tono burlón-. Deberías mostrarte escandalizada.

– Caroline te encuentra muy atractivo.

– Me alegro. Falta la página que busco. Debí arrojarla al fuego. Mirabeau dice que Brissot es un jockey literario. No estoy seguro de lo que quiere decir, pero supongo que es muy ofensivo.

– Caroline me contó algo sobre un abogado que conoces.

– Conozco a quinientos.

Camille se había puesto a la defensiva. Lucile guardó silencio. Después de limpiar la pluma, Camille la dejó en la mesa y miró a su esposa de reojo, sonriendo ligeramente.

– No me mires así -dijo ella-, como dándome a entender lo bien que lo pasaste. ¿Lo sabe la gente?

– Algunas personas.

– ¿Lo sabe mi madre?

Silencio.

– ¿Por qué no me lo contaste?

– No lo sé. Posiblemente porque tenías unos diez años cuando ocurrió. No te conocía. No imagino cómo hubiera podido decírtelo.

– Ah. Caroline no me dijo que había sucedido hace tanto tiempo.

– Estoy seguro de que te dijo sólo lo que le convenía. ¿Acaso tiene tanta importancia, Lolotte?

– No. Supongo que era un hombre muy agradable.

– Sí, fue muy amable conmigo. En realidad, no tiene la menor importancia.

Lucile se lo quedó mirando. Es un hombre muy singular, pensó.

– Pero ahora… -dijo-… eres un personaje público. Todo el mundo está pendiente de lo que haces.

– Ahora estoy casado contigo. Y nadie podrá reprocharme nunca nada, excepto el hecho de amar a mi esposa con locura y no darles motivos para chismorrear. -Camille se levantó de la silla y añadió-: Los jacobinos pueden esperar. No me apetece escuchar sus discursos. Prefiero escribir una reseña teatral. ¿Quieres que vayamos al teatro? Me gusta llevarte al teatro. Me gusta pasear contigo. Sé que todos me envidian. ¿Sabes lo que más me gusta? Que la gente te admire, especulando sobre si estarás casada o no. Seguramente, piensan con tristeza, pero de todos modos, quién sabe… Y alguien dice, está casada con el abogado de la Lanterne, y todos se quedan muy sorprendidos.

Lucile corrió a vestirse para ir al teatro. Más tarde, al recordar aquella conversación, tuvo que reconocer que Camille había desviado el tema con gran habilidad.

La esposa de Roland, una mujer menuda, salió de la Escuela de Equitación del brazo de Pétion.

– París ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí, hace seis años -dijo-. Jamás olvidaré esa visita. Asistimos al teatro todas las noches. Lo pasé estupendamente.

– Confío en que esta vez también se lleve un buen recuerdo -contestó Pétion galantemente-. Sin embargo, según me ha informado mi amigo Brissot, usted es parisiense, ¿no es cierto?

Te estás pasando, Jérôme, pensó su amigo Brissot.

– Así es, pero los negocios de mi marido nos obligan a vivir en las provincias. Ardía en deseos de regresar, y ahora, gracias al Municipio de Lyon, por fin estoy aquí.

Se expresa como en una novela, pensó Brissot.

– Estoy seguro que su marido es un digno representante -dijo Pétion-, pero confío en que no concluya sus asuntos demasiado rápidamente. Lamentaría que me privara usted de sus valiosos consejos… y de su radiante belleza.

La señora Roland lo miró sonriendo. Era el tipo de mujer que a él le gustaba, menuda, regordeta, con los ojos pardos, el cabello castaño y el rostro ovalado, aunque iba vestida de forma un tanto juvenil para su edad.

Debía tener unos treinta y cinco años. Pétion pensó en la posibilidad de hundir la cabeza en su voluminoso pecho… pero habría que esperar una ocasión más propicia.

– Brissot me ha hablado con frecuencia de su corresponsal en Lyon -dijo-, de su «dama romana». He leído todos su artículos, por supuesto, y admiro su elegante prosa, pero jamás imaginé que su inteligencia fuera unida a tan resplandeciente belleza.

La sonrisa de la señora Roland, un tanto rígida, hizo temer a Pétion que había sido demasiado generoso en sus alabanzas. Brissot puso los ojos en blanco.

– ¿Qué le ha parecido la Asamblea Nacional, señora? -preguntó Pétion, para cambiar de tema.

– Con franqueza, opino que ha dejado de ser útil y eficaz. ¡Qué algarabía! ¿Siempre se comportan así?

– Me temo que sí.

– Pierden el tiempo peleándose como niños. Lo cierto es que esperaba otro tono.

– Supongo que los jacobinos la habrán complacido más. Son más comedidos.

– Al menos se preocupan de los asuntos importantes. Estoy convencida de que en la Asamblea hay muchos patriotas, pero me choca que unos hombres adultos se dejen engañar tan fácilmente. Me temo que algunos deben de haberse vendido a la Corte. De no ser así, no avanzaríamos tan lentamente. ¿Acaso no comprenden que si queremos que impere la libertad en Europa debemos deshacernos de todos los monarcas?

Danton, que en aquellos momentos se dirigía a su despacho, miró desconcertado a Pétion y a sus acompañantes, se quitó el sombrero y pasó de largo sin saludarlos siquiera con un lacónico «Buenos días, señora revolucionaria y señores.»

– ¿Quién es ése? -preguntó la señora Roland.

– El señor Danton -respondió Pétion-. Uno de los personajes más curiosos de la capital.

– ¿Cómo consiguió esas cicatrices?

– Nadie lo sabe con certeza -contestó Pétion.

– Tiene un aspecto un tanto agresivo.

– Las apariencias engañan -respondió Pétion, sonriendo-. Es un hombre culto, abogado de profesión y gran patriota. Es uno de los administradores de la ciudad.

– Jamás lo hubiera imaginado -dijo la señora Roland.

– ¿A quién ha visto la señora en el Club de los Jacobinos? -preguntó Brissot-. ¿Ha conocido a alguno de nuestros amigos?

– Ha conocido al marqués de Condorcet… lo siento, no hubiera debido decir marqués, y al diputado Buzot. ¿Recuerda, señora, a aquel individuo bajito y delgaducho que le cayó tan mal?

Qué grosero, pensó Brissot. Yo también soy bajito y delgaducho, lo cual es preferible a parecer un cerdo como tú.

– ¿Aquel individuo vanidoso y sarcástico que miraba a todos a través de unos quevedos?

– El mismo. Es Fabre d’Églantine, un gran amigo de Danton.

– Nunca lo hubiera imaginado -contestó la señora Roland-. Ah, ahí está mi marido.

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