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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Pétion y Brissot miraron asombrados al señor Roland, observando su calva, su solemne semblante, su piel macilenta y arrugada y su enjuto cuerpo. Podía haber sido el padre de su mujer, pensaron ambos.

– ¿Te diviertes, querida? -preguntó Roland a su esposa.

– He preparado los extractos que me pediste. He verificado las cifras y he redactado varios borradores para tu discurso ante la Asamblea. Cuando hayas decidido el que te gusta más, lo pasaremos en limpio. Todo está en orden.

– Es mi pequeña secretaria -dijo Roland, besando la mano de su esposa-. Soy muy afortunado. Sin ella estaría perdido.

– ¿No le gustaría tener un salón, señora? -preguntó Brissot-. No se sonroje, está perfectamente cualificada para ello. Los hombres que debatimos los grandes asuntos del momento necesitamos hacerlo bajo una dulce influencia femenina. -(Pomposo cretino, pensó Pétion)-. Para darle un tono más alegre e informal. Podría invitar a algunos caballeros del mundo de las artes.

– No -contesto secamente la señora Roland-. No invitaría a pintores, poetas ni actores por el mero hecho de ser artistas. Debemos ser serios. Aunque si además fueran patriotas, desde luego serían bien recibidos.

– Una respuesta muy inteligente -dijo Pétion-. ¿Invitaría usted al diputado Buzot? Tuve la impresión de que le cayó simpático.

– En efecto. Me pareció un joven íntegro, un patriota. Posee una gran fuerza moral.

(Y un hermoso rostro de expresión lánguida y melancólica, pensó Pétion, que sin duda contribuye a su atractivo. Dios se apiade de la pobre señora Buzot si ésta decide clavar sus garras en François-Léonard.)

– ¿Quiere que traiga a Louvet?

– No estoy segura. Creo recordar que escribió una obra un tanto censurable. Se ríe usted de mí, me toma por una provinciana. No se trata de eso, sino de sostener unos principios.

– Por supuesto. Pero Faublas es un libro totalmente inofensivo -contestó Brissot, sonriendo al imaginar al pálido y frágil Jean-Baptiste escribiendo un libro obsceno. La gente aseguraba que era autobiográfico.

– ¿Y Robespierre? -preguntó Brissot.

– Sí, traiga a Robespierre. Me intriga. Es muy reservado. Me gustaría descubrir su verdadera personalidad.

Quién sabe, pensó Pétion, quizá seas la primera mujer que lo consiga.

– Robespierre está siempre muy ocupado -dijo-. No tiene tiempo para disfrutar de una vida social.

– Mi salón no formará parte de la vida social de nadie -le corrigió dulcemente la señora Roland-. Será un foro donde se debatirán cuestiones serias e importantes que interesan a los patriotas y a los republicanos.

Preferiría que no hablara tanto de la república, pensó Brissot. Es un tema delicado. Le daré una lección.

– Si le gustan los republicanos, le traeré a Camille.

– ¿Quién es?

– Camille Desmoulins. ¿Acaso no se lo presentaron en el Club de los Jacobinos?

– Un joven de aspecto taciturno, con el cabello largo -dijo Pétion-. Tartamudea ligeramente, pero creo que aquel día no pronunció ningún discurso. Estaba sentado junto a Fabre, murmurando.

– Son muy amigos -dijo Brissot-. Unos grandes patriotas, desde luego, pero no precisamente unos ejemplos de virtudes cívicas. Camille hace pocas semanas que se ha casado y ya…

– Caballeros -terció Roland-, no creo que deban comentar eso delante de mi esposa.

Resultaba tan gris e insignificante junto a su alegre y dicharachera mujer, que Pétion y Brissot se habían olvidado de su presencia.

– El señor Desmoulins, querida -prosiguió Roland-, es un inteligente periodista aficionado a escribir artículos escandalosos. Se le conoce como el abogado de la Lanterne.

La señora Roland se sonrojó levemente y respondió con firmeza:

– No veo la necesidad de conocerlo.

– Es uno de los personajes de moda en París.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Pues que es importante conocerlo -contestó Pétion.

– Según parece -dijo Brissot-, la señora Roland considera poco recomendables a Danton y a sus amigos.

– No es la única -dijo Pétion-. Danton posee ciertas cualidades, pero le faltan escrúpulos. Es despilfarrador, extravagante y uno no puede por menos que preguntarse de dónde saca el dinero. Los antecedentes de Fabre son más que dudosos. En cuanto a Camille, sin duda es inteligente y popular, pero un bala perdida.

– Sugiero -continuó Brissot-, que la señora Roland abra su apartamento a los patriotas entre el cierre de la Asamblea -hacia las cuatro de la tarde, en un día normal- y la reunión de los jacobinos a las seis. -(De este modo podrá abrirse de piernas a los patriotas un poco más tarde, pensó Pétion)-. Habrá un continuo ir y venir de gente, será muy agradable.

– Y útil -apostilló ella.

– Caballeros -dijo Roland-, creo que han tenido una gran idea. Como ven, mi esposa es una mujer culta y sensible -añadió, mirándola como un padre observando a su hija dar los primeros pasos.

– Me siento muy feliz de hallarme en París -dijo la señora Roland, radiante de emoción-. Durante años he observado, he estudiado, he discutido, conmigo misma, por supuesto; mi gran anhelo era regresar algún día. De haber sido una mujer de fe, habría rezado… Ansiaba que en Francia se estableciera una república. Ahora estoy aquí, en París, y mi sueño va a cumplirse. -Sonrió a los tres hombres, mostrando su blanca dentadura, de la que estaba muy orgullosa-. Antes de lo que imaginan.

Danton vio a Mirabeau en el Ayuntamiento. Eran las tres de la tarde de un día de finales de marzo. El conde estaba apoyado en la pared, con la boca ligeramente entreabierta, como si se recuperara de un violento esfuerzo. Danton se detuvo. Observó que el conde había cambiado desde su último encuentro, aunque no solía reparar en esas cosas.

– Mirabeau…

Mirabeau sonrió con tristeza y contestó:

– No debe llamarme de esa forma. A partir de ahora me llamo Riquetti. Los títulos nobiliarios han sido abolidos por la Asamblea. El decreto fue apoyado por Marie Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Mottié, ci-devant marqués de Lafayette, y rechazado por el abate Mauray, hijo de un zapatero.

– ¿Se encuentra bien?

– Sí -respondió Mirabeau-. No. A decir verdad no me encuentro bien, Danton. Estoy enfermo. Siento un dolor aquí, y la vista empieza a fallarme.

– ¿Ha ido a ver al médico?

– He visto a varios. Dicen que mis dolencias se deben a mi carácter colérico, y me han recetado unas cataplasmas. ¿Sabe lo que pienso estos días, Danton?

– Procure reposar, o al menos siéntese en una silla -contestó Danton, como si hablara con un niño o un anciano.

– No necesito una silla. ¿Sabe lo que pienso? -repitió Mirabeau, apoyando una mano en el brazo de Danton-. Pienso en la muerte del viejo Rey. Cuando murió, según me han contado, no encontraron a nadie dispuesto a ponerle la mortaja. El hedor era tan atroz, el espectáculo tan dantesco, que nadie de su familia se atrevía a acercarse al cadáver, y los sirvientes se negaron en redondo. Al fin trajeron a unos pobres campesinos, les pagaron una determinada cantidad y lo colocaron en el ataúd. Ese fue el fin del Rey. Dicen que uno de los campesinos murió poco después. Ignoro si es cierto. Cuando trasladaron el ataúd a la cripta, la multitud comenzó a escupir y a gritar obscenidades. «¡Ahí va el placer de las damas!», decían. ¡Dios! Se creen invulnerables porque reinan por la gracia de Dios, creen tener a Dios en el bolsillo. Hacen caso omiso de mis consejos, unos consejos sinceros y leales. Deseo salvarlos, soy el único que puede hacerlo. No tienen el menor sentido común, ignoran lo que es la compasión. -Mirabeau presentaba un aspecto envejecido; su rostro estaba rojo de ira, pero debajo asomaba una palidez mortal-. Me siento muy cansado. Mi tiempo se ha agotado. Si creyera en un veneno lento, Danton, diría que alguien me ha envenenado, porque siento que me estoy muriendo lentamente. -Danton observó que Mirabeau tenía los ojos llenos de lágrimas-. Salude de mi parte a su querida esposa. Y al pobre Camille. Debo volver a mi trabajo.

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