Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– Comenzaremos por la universidad, por el despacho de Tirosh. De paso, cruzaré unas palabras con la señora Lipkin -dijo Michael mientras arrancaba el Ford.
Eran más de las dos. Adina Lipkin lo esperaría aunque llegase fuera de su horario de trabajo, lo sabía, pero aun así se descubrió sobrepasando el límite de velocidad en el barrio de Wadi Joz.
Y lo esperaba, en efecto, con la mano en la mejilla. No mencionó al dentista, pero su expresión denotaba un sufrimiento y un espíritu de sacrificio sin límites.
– ¿La llave del buzón del profesor Klein? -preguntó muy agitada, y se retiró la mano de la mejilla-. No lo entiendo; si ya está de vuelta.
– ¿Y qué ocurría cuando alguien se la pedía mientras él estaba en el extranjero? -inquirió Michael.
– Ah -dijo Adina Lipkin-, eso es diferente. Yo me encargaba personalmente de recoger su correo, todos los días, quién si no.
Michael imaginó el ritual. Como si le hubiera leído el pensamiento, la secretaria añadió:
– A la una en punto, después de prepararme un café…, a esa hora estoy agotada después de las consultas; vaciaba su buzón y clasificaba el correo, sin abrirlo, desde luego; sólo abría las cartas oficiales, de la universidad. Le remitía el correo cada dos semanas. Tal como lo habíamos acordado -y miró a Michael con una expresión que quería decir: Esto es todo por hoy. Entrevista terminada.
– ¿Está segura de que sólo lo abría usted? -persistió Michael-. ¿Nadie más tenía acceso al buzón?
– Para tenerlo -dijo Adina cautamente-, deberían haberme pedido a mí la llave.
– ¿Y si usted no estaba?
– Eso es imposible. Vengo a trabajar incluso con fiebre. No puedo dejar que las cosas se resuelvan solas -Adina Lipkin parecía horrorizada sólo de pensarlo. Luego volvió a llevarse la mano a la mejilla-. Pero he tenido que faltar al trabajo unas cuantas veces, para ir al dentista; es que sólo recibe por las mañanas. Esos días simplemente no vaciaba el buzón. Lo dejaba para el día siguiente.
– ¿Dónde la guardaba?
– ¿La llave? Aquí, junto a la llave maestra, en el primer cajón, porque en el segundo cajón…
– Es decir que cualquiera podría haberla cogido -la interrumpió Michael.
Y la vio vacilar entre la obligación de responderle y la acuciante necesidad de terminar la frase. Se decidió al fin a asentir con la cabeza: todo el mundo sabía dónde guardaba la llave.
– ¿Y Racheli? -preguntó Michael, paciente.
– Racheli está al tanto de las normas de funcionamiento -replicó Adina Lipkin, como quien ha adiestrado a un animal de compañía-. Ella nunca abría el buzón.
Y, con perfecta oportunidad, la puerta se abrió y Raffi anunció:
– La chica ha llegado.
Michael se asomó al exterior y vio a la menuda joven de grandes ojos acuosos con un vestido veraniego, sandalias trenzadas y un fajo de papeles bajo el brazo. Salió al angosto pasillo y se dirigió hacia ella. Raffi Alfandari entró en el despacho y cerró la puerta. Michael y Racheli se detuvieron en la confluencia de dos pasillos. Michael echó un vistazo al otro lado del recodo. Nadie a la vista. Racheli se recostó contra la pared, el rostro demudado.
– Quiero hacerle una pregunta -susurró Michael.
Ella quedó a la espera, expectante.
– Con respecto a la llave del buzón del profesor Klein -musitó Michael, y echó una mirada en torno. Seguía sin verse a nadie.
Racheli se inclinó con presteza para dejar los papeles en el suelo de mármol y volvió a reclinarse contra la pared.
– ¿Qué quiere saber? -preguntó ella con voz queda. Alzó la cabeza para buscar la mirada de Michael y él hubo de bajar los ojos para encontrar los de ella.
– ¿Por casualidad recogió usted su correo alguna vez?
Después de unos segundos de reflexión, Racheli hizo un gesto de asentimiento y dijo:
– Sí, claro que sí. Adina faltó unos cuantos días y yo me encargué de vaciar el buzón -miró aprensivamente a su alrededor-. Sin que Adina me pidiera que lo hiciese.
– Ahora trate de recordar si Klein ha recibido un paquete recientemente…, un aviso de correos para que fuera a recoger un paquete -prosiguió Michael.
Una vez más se hizo un breve silencio antes de que Racheli respondiera:
– No me acuerdo, porque recogía el correo y lo dejaba en la mesa de Adina. No lo examinaba yo.
Michael recordó el banco que había a la vuelta de la esquina, en la «plaza», y sonriendo para sí dijo:
– Vamos a sentarnos un momento.
Racheli recogió el fajo de papeles y lo siguió sumisamente hasta el banco, sobre el que se dejó caer pesadamente, como si de pronto le hubieran abandonado las fuerzas. Michael tomó asiento a su lado.
– Haga un esfuerzo, trate de concentrarse. ¿Le entregó alguna vez la llave a alguien?
Michael percibió el tono implorante de su propia voz y advirtió la extrañeza que se pintaba en el semblante de la chica.
– Eso no es tan difícil de recordar -dijo ella con voz clara, ruborizándose-. Hace unas dos semanas…, no, tres semanas; puedo verificarlo, el profesor Tirosh me pidió la llave, un par de veces, dos días seguidos, porque había escrito un artículo en colaboración con el profesor Klein y quería ver si había llegado. Vino en plena hora de consultas. Me dio vergüenza hacerle esperar; al fin y al cabo, es el jefe del departamento…, era, mejor dicho.
– ¿Y vio usted el artículo? ¿Encontró el profesor Tirosh lo que estaba buscando?
Racheli se encogió de hombros.
– No lo sé -dijo-. No me comentó nada. Me devolvió la llave, pero no me dio la impresión de que hubiera encontrado nada en el buzón.
– ¿Cuánto tiempo pasó desde que le pidió la llave hasta que se la devolvió? -quiso saber Michael, y sintió que se le contraía la espalda, dificultándole la respiración.
– Eso es; me olvidé de pedirle que me la devolviera…, había mucho jaleo en la secretaría; y no me la devolvió hasta el día siguiente. Lo recuerdo porque lo llamé por teléfono; me daba miedo que Adina se diera cuenta de la desaparición de la llave -dijo Racheli abochornada-. Sé que no debería habérsela entregado, pero cómo me iba a negar.
– ¿Cuándo sucedió eso, exactamente? ¿Puede comprobarlo de alguna manera?
– No sé qué día fue, pero Adina fue al dentista dos días seguidos; le estaban haciendo un puente. No será difícil averiguar cuándo faltó dos días -dijo Racheli mirando a Michael. Seguían sentados muy cerca el uno del otro. Racheli despedía un aroma dulce. «Es tan joven», pensó Michael, «y se la ve tan inocente, con esos ojos anhelantes. Es una lástima que sea tan joven; qué dulzura de aroma». Se levantó con un suspiro. Racheli permaneció sentada en el banco.
Fueron en coche hasta la Filmoteca, donde Michael aparcó. Tuvia Shai se reafirmó en que había salido de allí sobre las cuatro y media. Echaron a andar en dirección a la Puerta de Jaffa.
– ¿Cuánto suele tardar en dar el paseo? -preguntó Michael.
– Depende -replicó Shai. Michael se detuvo y lo miró con escepticismo-. A veces una hora, otras, dos. Depende de si hago algún alto.
– ¿Suele detenerse en algún lugar concreto? -inquirió Michael.
– En varios sitios -replicó Shai despacio-. ¿Quiere ver dónde estuve el viernes?
Caminaron en silencio. Sólo cruzaron algunas frases en una ocasión.
– ¿Sabía que Tirosh estaba trabajando sobre Shira? -preguntó Michael, acentuando la primera sílaba del nombre.
– ¿Shira? ¿Se refiere a la novela de Agnón? -Tuvia Shai se detuvo para mirarlo.
– Eso creemos.
– No tenía ni idea -dijo Shai incrédulo.
– Entonces, ¿qué explicación le da a la nota que encontramos en su mesa de trabajo?
Shai no respondió. Miró a Michael con interés y continuó andando. Al cabo de unos minutos dijo repentinamente: