Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un Asesinato Literario
Un Asesinato Literario - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
1 ... 79 80 81 82 83 84 85 86 87 ... 95
Перейти на страницу:

– No sé si será por el calor y el cansancio, pero me estás tratando como una gallina clueca. En poquísimo tiempo, te has vuelto como tu mujer.

– He vivido en Nueva York dos años y tú ni lo has pisado -protestó Eli Bahar, azorado-, y créeme, vas a pegarte un buen susto al aterrizar en el JFK. Pero no quería…

– No, si me resulta agradable -lo tranquilizó Michael-; supongo que aún no me he hecho a la idea de que me voy mañana, y Yuval sigue de excursión. Vuelve mañana. Si no te importa, podrías llamarlo para contarle que me he ido de viaje y que lo llamaré desde allí.

– Claro que sí -respondió Eli-. Lo cuidaremos. ¿Nada más?

– Seguid interrogándolos mientras estoy fuera; a Klein también. Y no os descuidéis con las reuniones del equipo; y ocúpate de que Tzilla pase a máquina los informes de vigilancia todos los días, para que les eche un vistazo al volver. Y si surge cualquier cosa, me llamas. Dile además a Tzilla que Racheli, la secretaria, tiene que firmar su declaración. Pregúntale otra vez a Klein, para dejar las cosas bien sentadas, si encargó el gas, o si sabe algo al respecto. Intenta apretarle un poco las tuercas.

– Sin problemas -dijo Eli Bahar cuando terminó de anotar todo con esa seriedad infantil que tan bien conocía Michael, con una letra que siempre le llegaba al corazón.

– Deberías tratar de echar un sueñecito antes de coger el avión. Ya son las diez, y tienes que presentarte en el aeropuerto a las seis de la mañana; no te quedan muchas horas. Si esperas el informe pericial sobre la firma del recibo, no te dará tiempo a dormir -dijo Eli azarado, y parpadeó como si previera un rapapolvos.

En realidad, Michael no iba a pegar ojo aquella noche. El grafólogo había explicado con todo detalle que el impreciso garabato de la firma podría ser una falsificación de Tirosh. Señalando la letra K, había dicho: «No creo que Klein la hubiera trazado así, ni siquiera tratando de camuflar su letra. Es imposible. En primer lugar es zurdo y su letra tiene ciertos rasgos peculiares. Por otro lado, aunque no estaría dispuesto a jurarlo ante un tribunal, creo que podría ser perfectamente la letra de Tirosh».

Eli Bahar llevó a Michael a casa y, pese a sus protestas, se empeñó en volver a recogerlo para llevarlo al aeropuerto.

A las dos de la mañana, después de preparar una maleta pequeña y de llegar a la conclusión de que no tenía sentido tratar de dormir, Michael esparció sobre la mesa de la cocina las actas de todas las reuniones celebradas durante el último año por el Departamento de Literatura. A las cinco de la mañana, Eli Bahar lo encontró afeitado y dispuesto. Tenía los ojos enrojecidos, pero había logrado comprender mejor las relaciones entre los profesores de Literatura. Había tomado nota de matices y problemas de fondo que hasta entonces le habían pasado inadvertidos; pensativamente, le resumió sus conclusiones a Eli Bahar en el trayecto de Jerusalén al aeropuerto Ben Gurión. Eli lo escuchó en silencio.

– Son muy interesantes, las actas. Y también resulta interesante comprobar que, una vez que conoces a las personas y sabes de qué están hablando, es posible imaginar perfectamente la situación y deducir las actitudes de cada uno. Te desvelan muchísimas cosas. Por ejemplo, lees una discusión que en apariencia trata sobre si los alumnos de la asignatura Conceptos Básicos deben someterse a un examen final o si, por el contrario, los trabajos entregados a lo largo del curso bastarán para calificarles. Y lo que he descubierto gracias a eso, por ejemplo, es el carácter dominante de Tirosh, su costumbre de insultar a los demás. Y las tensiones entre Zellermaier y Dita Fuchs. En cuanto Dita Fuchs abre la boca, Zellermaier la rebate contudentemente. Y Kalitzki se apresura a romper lanzas por Fuchs, con grotesca caballerosidad. Son cosas curiosísimas.

Eli iba concentrado en la conducción. Michael lo observó y le llamaron la atención la delicadeza de su perfil, la curvatura clásica de su nariz, las largas pestañas, cosas en las que apenas si había reparado antes.

– ¿Sabes una cosa? -dijo Michael mientras se apeaban junto a las puertas vidrieras del aeropuerto-. Tuvia Shai apoyó todas las propuestas hechas por Tirosh a lo largo del curso, hasta las más provocativas. Pero en la última reunión no dijo palabra, según las actas, ni una sola palabra, y en la votación referente a un cambio en la estructura del departamento y a la celebración de un taller, se abstuvo.

Eli Bahar no reaccionó.

– No lo entiendes -insistió Michael, agarrándole del brazo-. Lo que pretendo decir es que el hecho de que Tuvia Shai se comporte como si el mundo no existiera no tiene nada que ver con el dolor causado por la muerte de Tirosh. No hay una sola reunión de departamento en la que no figure en las actas al menos una vez, siempre en apoyo de Tirosh. En las actas de la última reunión se menciona su presencia, pero nada más, ni una palabra. Y la reunión se celebró antes de que nadie muriera asesinado. Fue Tsippi Lev-Ari quien levantó el acta; he echado un vistazo a otras actas redactadas por ella, y aunque personalmente tenga ese aspecto desaliñado, parece concienzuda y precisa en su trabajo.

Los ojos verdes de Eli Bahar chispearon antes de que dijera:

– ¿No sería que en la última reunión le dolía la cabeza?

Michael permaneció callado. Le daba la sensación de que durante las últimas horas se habían intercambiado los papeles, de que Eli Bahar se había metido en su pellejo y las pautas a que se atenía su relación estaban del revés. Eli reparó en la mirada pensativa de Michael y se disculpó:

– Es que me tiene asombrado tu indiferencia. Vas a Nueva York por primera vez en la vida y ¿no piensas hacer ningún comentario?

– ¿Quién va a ir a Nueva York? -farfulló Michael-. Estoy metido en una investigación…, ¿crees que voy a tener tiempo para hacer turismo?

– A pesar de eso -dijo Eli-, a pesar de eso.

La pantalla anunciaba un cambio en la hora del despegue, el vuelo a Nueva York se había adelantado quince minutos. Pese al aire acondicionado, en la terminal hacía un calor húmedo. Michael miró por primera vez a su alrededor y vio las estampas típicas: tres jovencitas acompañadas de sus padres, mirando y remirando sus pasaportes cada medio minuto. Un matrimonio ultraortodoxo con su vasta prole, todos los niños colgados de los faldones de la levita negra de su padre, cuya cara quedaba oculta bajo la ancha ala de un sombrero negro; la mujer, con aire derrengado, la barriga abultada y un bebé en los brazos, revolvía interminablemente sus bultos…, eran el estereotipo de la familia de Mea Shearim. Estudiantes con pesadas mochilas a su lado; la cola frente al mostrador de facturación; los agitados murmullos de la gente que lo rodeaba, los gritos de los mozos de equipaje, y el silencio de la planta superior; Eli y él se sentaron en un rincón del gran vestíbulo de entrada, con sendos cafés recién hechos y humeantes, y contemplaron a la gente, cargada con bolsas de plástico de las tiendas libres de impuestos, atravesando el control de seguridad. La megafonía atronaba incesante, anunciando despegues y aterrizajes.

– La verdad es que me gustan los aeropuertos, como a tanta gente -declaró Michael- El olor, los sonidos, esa sensación de que ya estás en el extranjero. Cada aeropuerto tiene un olor peculiar, igual que cada país tiene su propio olor.

– Qué envidia me das, marchándote de aquí una temporadita, y además a Nueva York. Daría lo que fuera por irme a Nueva York ahora mismo -comentó Eli añorante.

– ¿Aunque fuera un viaje de trabajo? -preguntó Michael.

– Aun así. Me daría igual. ¿Sabes cuántos años tendrán que pasar antes de que pueda permitirme un viaje al extranjero?

1 ... 79 80 81 82 83 84 85 86 87 ... 95
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)