Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– Pero si le he dicho… -comenzó a protestar Klein, parándose en seco-. Está bien, aunque no espero que me crea, me gustaría que me creyese: no podría haberme escondido en el Monte Scopus, y es imposible entrar en el campus sin que te vean. No pisé la universidad hasta el domingo.
– ¿Está seguro de que Iddo nunca le dejó una cinta? -preguntó Michael de golpe, tras un breve silencio.
Klein meneó la cabeza.
– Estoy totalmente seguro. No tendría sentido que la escondiera, y le prometo que no tengo ni la más remota idea de las amenazas que pudo hacerle Iddo a Shaul, no sé nada de eso.
– Quiero dejar este punto bien sentado -dijo Michael, como si estuvieran ocupándose de un problema científico-. ¿Temía que Tirosh le chantajeara? ¿Que empleara la información sobre su doble vida?
Klein sacudió la cabeza con vehemencia.
– No, no lo temía. Si hubiera conocido a Shaul, lo comprendería.
Michael aguardó una explicación; Klein buscaba, al parecer, la manera de formular satisfactoriamente lo que quería decir.
– Mire -dijo lentamente-, Shaul…, ¿cómo decirlo?…, se sentía humillado de antemano; algo le preocupaba. Puede que incluso anduviera buscando mi ayuda, aunque, por descontado, no fue capaz de expresarlo con palabras. Pese a que se le viera tan seguro de sí mismo, a pesar de su arrogancia, siempre se sentía humillado de antemano, y seguro que no pretendía divulgar… la información que descubrió sobre mí, ya puede irse olvidando de chantajes y otros disparates por el estilo. Su propósito no era otro que infligirme una derrota, demostrar que tampoco yo era perfecto, que en mi expediente también había borrones, debilidades. Así él se sentía menos humillado. No sé si lo comprenderá, si habrá conocido a gente así.
Cuando Michael condujo a Klein a la sala de reuniones, una vez que lo hubo preparado para la prueba poligráfica, comenzaba ya a clarear. Después tomó asiento en su despacho para escuchar la conversación grabada. El equipo se reuniría a las ocho; Tzilla tenía el material listo y pasado a máquina. Michael estaba en vilo, ni sentía ya el agotamiento, a la expectativa de la reunión y de los probables comentarios de su jefe. Todavía no sabía quién había dicho la verdad ni quién mentía, y de aquella incertidumbre y confusión empezó a brotar un nuevo sentimiento de cólera contra sí mismo. «Eres un imbécil», se dijo casi en alto, «tantas fantasías sobre la integridad y la perfección, y ahora parece que acabaras de descubrir una nueva moralidad».
Sepultó el rostro entre las manos y se frotó los ojos. «¿Qué más da?», le decía su voz interior; «¿acaso un hombre pierde su integridad por llevar una doble vida? ¿Por quién te tomas, rey de la burguesía? ¿Te has olvidado de Maya?». A pesar de todo, sentía rencor contra Klein, sin saber precisar su causa. Sospechaba que nada tenía que ver con el asesinato ni con la falsedad. En el fondo, le dolía que ni siquiera Klein viviera una existencia impecable, que hasta él estuviera un poco contaminado. «¿Es que no hay nadie decente y sencillo, como se supone que se debería ser? ¿Por qué? ¿No hay ni una sola persona así?» Y, en ese momento, Tzilla entró en el despacho, una bandeja con café y un panecillo recién hecho en las manos y una carpeta verde bajo el brazo.
17
– Pues dígales que hemos descubierto sus huellas…, no será la primera vez. Fíjese en lo que dicen, en sus reacciones. ¿Quiere que se lo explique mejor? -se impacientó Ariyeh Levy-. Klein no saldrá de aquí, desde luego no antes de que le pasen por el detector de mentiras. Cada día aparece una pista nueva…, es como para volverse loco.
El comandante del subdistrito tomó un sorbo de café mientras los demás callaban, a la expectativa.
Michael seguía nervioso por las reacciones que según sus previsiones desencadenaría el asunto de Klein, aunque, para su sorpresa, nadie se había burlado de él. Claro que nadie estaba al tanto de la comida en la cocina, pensó, del sentimiento de camaradería, del deseo de intimar. De hecho, se recordó, ninguno de ellos lo habría entendido. Las noches en vela que llevaba a la espalda habían acentuado su vulnerabilidad. Todo había ido aflorando a lo largo de la reunión, incluido el dolor de la ruptura con Maya.
– Quiero celebrar otra reunión hoy, antes de que os marchéis, y ahora vete a encargar los cheques de viaje. De lo demás se puede encargar Personal. ¿Qué te parece? -dijo Michael, volviéndose hacia Avidán, el jefe de Investigaciones Interdepartamentales, que asintió unas cuantas veces.
A las nueve y media de esa misma mañana, Ruchama Shai tomaba asiento frente a él, pestañeando y mirando la grabadora con aire beligerante.
– No la había oído nunca -aseguró por segunda vez-. Nunca.
– Pues hemos encontrado sus huellas en la cinta -insistió Michael.
– Bueno -dijo ella, retorciéndose los dedos-, no sé cómo explicarlo. La última vez que vi a Shaul fue el jueves por la mañana, y además lo vi en su despacho de la universidad, no estuve en su coche. No sé cómo explicarlo.
Michael retiró la cinta del casete y se la puso delante, sobre la mesa. Un destello relumbró en los ojos de Ruchama.
– No estoy segura -dijo con expresión medrosa-, pero puede que la haya visto antes, no sé dónde. Tal vez en el despacho de Shaul, tal vez en su casa. No lo recuerdo. ¿Quizá la tenía Tuvia? No, qué sé yo. Tampoco estoy segura de que sea la misma cinta, pero tengo la impresión de haber visto algo así…, ¿entre las cosas de Tuvia, quizá, cuando saqué las llaves de su cartera? He visto una cinta en algún lado, y se parecía mucho a ésta… también estaba sin etiqueta.
Había hablado con la mayor inocencia. Michael escudriñó su rostro y comprendió que no se había dado cuenta de la importancia de sus palabras. Se preguntó cómo habría ido a parar la cinta a manos de Tuvia Shai, si es que así había sido, y luego, dejándose llevar por una repentina corazonada, le preguntó:
– ¿Sabe si su marido vio a Iddo Dudai antes de que lo asesinaran? Antes de la reunión de departamento, quiero decir. Antes del viernes por la mañana.
Ruchama Shai se examinó los dedos y dijo:
– Bueno, también se veían en la universidad. Todos los días, probablemente.
– ¿También? -exclamó Michael-. ¿Qué quiere decir con «también»?
– Iddo vino a nuestra casa el miércoles por la noche, después del seminario. Quería hablar con Tuvia, pero no sé de qué hablaron, porque yo me fui a la cama -dijo todo de corrido, como si se negara a sopesar las posibles consecuencias de sus palabras.
Una vez más, Michael estudió su semblante infantil, la boca de comisuras caídas, las bolsas bajo los ojos. Sabía que dedicaba casi todo su tiempo a dormir. Canalizaba hacia el sueño los miedos y horrores de la última semana. «Trabajar y dormir. Ni hacer la compra, ni cocinar, ni ver a nadie, ¡nada de nada! Se porta como si estuviera muy enferma», le había informado Alfandari, resumiendo los resultados de la vigilancia. «Lleva más de una semana viviendo así. Si no se oyeran pasos, uno pensaría que en esa casa no vive nadie. No hablan entre sí, y, por teléfono, él sólo habla del trabajo. Sólo él; a ella no la llama nadie», había dicho Alfandari, describiendo lo que había oído en las grabaciones. Michael pensó que se comportaban como dos personas que habían perdido el gusto a la vida.
Recordaba las palabras dichas por Ruchama en uno de los interrogatorios: «En otros tiempos, antes de conocer a Shaul, ni siquiera me planteaba la posibilidad de perder algo. Ahora sé que ya no me queda nada por perder».
Su cara ilustraba esa afirmación: era la cara de una persona sin expectativas, de una persona sin nada que perder.
Después de despedirla, Michael consultó su agenda. Domingo, veintinueve de junio. Tuvia Shai había solicitado que aplazaran su «cita» a la una. Tenía una tutoría, le había explicado cortésmente a Tzilla.
Ahora, con Ruth Dudai a punto de entrar, Michael tuvo la clara sensación de que no iba a suceder nada, de que no le quedaba nada por descubrir sobre aquella gente, con cuyo modo de vida, ansiedades y miserias se había llegado a familiarizar tanto en la última semana.