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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– No lo sé -dijo Alfandari- Y no es que no intentase enterarme, pero la secretaria del departamento no estaba y no había nadie que pudiera informarme.

– ¿Y su ayudante? -preguntó Michael con impaciencia.

– Está de permiso, preparando sus exámenes, en casa, supongo. ¿Quieres que la localice?

– ¿Cómo sabes que está de permiso?

– Me encontré a la mujerona ésa, Zellermaier, junto a la secretaría. Estaba hecha una furia.

Michael quiso saber por qué y recibió una descripción pormenorizada de cómo Shulamith Zellermaier había estado renegando porque la secretaria del departamento «no encontrase mejor momento para ir al dentista que cuando Racheli estaba de permiso; ¿se suponía que tenían que dejarlo todo para mañana?». Alfandari parecía divertido. «Es todo un carácter», comentó.

Michael llamó a Klein a su casa. Nadie respondió. Luego probó el número de su despacho en el Monte Scopus, también sin resultado.

– Bueno -dijo Alfandari, recostándose en la silla-, por lo menos sabemos que estaba en Estados Unidos -luego se incorporó y dijo-: Claro que también es posible ir y volver, pero parece demasiado enrevesado, volver desde Nueva York dos semanas antes de la fecha de su regreso obligado, y repetir todo el viaje de ida y vuelta…, no tiene sentido.

– No -dijo Michael pensativo-. Hemos verificado las listas de pasajeros; y es cierto que regresó el jueves por la tarde. Pero ahora tendremos que averiguar si se marchó de Nueva York durante un par de días dos semanas antes -Raffi Alfandari miró pacientemente a Michael, que se incorporó con gesto decidido-. La cuestión es quién ha estado recogiéndole el correo durante todo el año. Y creo que sé quién es -añadió.

– Pero la señora Lipkin está en el dentista -le recordó Raffi.

– Las visitas al dentista no duran eternamente -replicó Michael-. Volverá en algún momento. Dile a Tzilla que la llame hasta dar con ella. Y que localice a su ayudante. No hace falta que venga hasta aquí; podemos hablar con ella en la universidad. Veremos las cosas mucho más claras cuando hayamos hablado con las dos. Y, ahora, es el turno del profesor Shai.

Alfandari recogió las tazas vacías, observó el papel que Michael doblaba cuidadosamente antes de guardárselo en el bolsillo y se encaminó a la puerta.

– Buen trabajo, Raffi -dijo Michael.

Raffi hizo un ademán desdeñoso, y Michael supo que su elogio había sido demasiado parco y tardío.

Pero no tuvo mucho tiempo para darse golpes de pecho; al cabo de un minuto ya tenía a Tuvia Shai sentado frente a él. Una vez más, Michael tuvo la inequívoca impresión de que Shai no sentía miedo ni estaba interesado en lo que sucedía a su alrededor, de que su espíritu vagaba por otros lugares. No se quejó de los repetidos interrogatorios. Michael le mostró la cinta. Shai la miró sin decir nada. La expresión de su rostro no se alteró cuando Michael introdujo la cinta en el casete. Pero cuando Michael lo puso en marcha y se oyó aquella voz profunda y cascada, un violento estremecimiento sacudió a Shai, que enseguida recobró la expresión de antes.

– La conoce -afirmó Michael.

Tuvia Shai encogió los hombros.

– Conozco todos los poemas de Tirosh. Hasta la última palabra.

– No me refería a eso -dijo Michael, y esperó.

El hombre que tenía enfrente no hizo amago de romper el silencio.

– Me refería a la voz. La conoce, la ha oído antes.

Shai no respondió.

– Hemos descubierto sus huellas dactilares en la cinta.

Las pálidas cejas se alzaron cortésmente, pero el silencio perduró.

– Deduzco que no niega haber tocado la cinta.

– Una deducción errónea -replicó Shai-. ¿Cómo voy a saber si la toqué o no? ¿De qué vale mi palabra contra unas huellas dactilares?

– Su mujer sostiene que vio la cinta en su cartera el jueves por la mañana -prosiguió Michael como si no hubiera oído las objeciones.

Tuvia Shai se encogió de hombros.

– Eso sin contar con que usted me dijo explícitamente que vio a Iddo Dudai por última vez en la reunión de departamento.

Shai asintió.

– Pero no me contó que después del seminario Dudai había ido a su casa. Y fue entonces cuando le explicó por qué se había comportado de una forma tan extraña.

Tuvia Shai permaneció callado.

– Una decisión muy noble por su parte…, guardar silencio. No se rebaja a mentir. Pero mucho me temo, profesor Shai, que no es libre de tomar esa decisión. Su coartada es muy endeble.

Shai se decidió a hablar de pronto, acaloradamente:

– Si lo hubiera asesinado, me habría preocupado de buscarme una coartada más consistente. Siento no haber sabido que debería haberme fijado en la gente y hacer notar mi presencia.

Michael pasó por alto el sarcasmo. Inclinó la cabeza, encendió un cigarrillo y contempló el semblante que cada vez le resultaba más conocido.

– ¿De qué habló con Iddo Dudai después del seminario?

– De asuntos personales -replicó Tuvia Shai, frunciendo los labios en un rictus de obstinación infantil que le dio un aire grotesco. Durante un instante, Michael vio al niño que había sido, un niño poco atractivo, con aspecto de viejo.

– Me temo que tendrá que ser más explícito -dijo, percibiendo una nota sarcástica en su voz.

– ¿Por qué? No es relevante para el asesinato -protestó Shai, y la voz se le quebró mientras añadía airado-: Y haga el favor de no decirme que es usted quien decide lo que tiene o no tiene relevancia para el asesinato.

Michael asintió, clavando la mirada en los ojillos de color indefinido de Shai.

– Me pidió consejo sobre si debía concluir sus estudios -dijo Shai al fin. Parecía que las palabras se le habían escapado contra su voluntad.

Todos los intentos de esclarecer el significado de esa frase se estrellaron contra un muro de silencio. Shai se negó a dar más explicaciones.

– Iddo no me habló de sus motivos -repitió-; se limitó a decir que estaba sufriendo una crisis profesional.

Michael volvió a sacar a colación las huellas dactilares y la voz ronca y envejecida con acento ruso, pero Tuvia no tenía nada que añadir. No recordaba haber tocado la cinta. Nunca había oído esa voz. No sabía que la cinta era de Iddo.

No, Iddo no le había hablado de Tirosh. Ni una palabra. Ni sobre su persona, ni sobre su poesía.

Michael volvió al tema de la coartada.

– Se lo he dicho una docena de veces. No lo entiendo… Shulamith Zellermaier tampoco tiene testigos; ni Ruth Dudai, y no son las únicas. Los seres humanos normales no se preocupan en todo momento de saber qué hora es ni de quién les ha visto. No se pasan la vida buscando testigos.

– ¿Cómo sabe lo de la profesora Zellermaier? -preguntó Michael, y por primera vez vio a Shai turbado. Pero enseguida encogió los hombros, ese gesto que comenzaba a sacar a Michael de quicio.

– Es el primer nombre que me ha acudido a la mente. Dio la casualidad de que estuvimos hablando de las coartadas en la secretaría, y Zellermaier dijo que su padre estaba durmiendo, así que ¿quién podría dar fe de que ella estaba en casa? Se lo tomó a risa, pero Dita Fuchs no se reía, y el pobre Kalitzi estaba aterrorizado, y Aharonovitz se devanaba los sesos para recordar a qué hora exacta había terminado de hacer la compra. En resumen -dijo airadamente-, nos ha revolucionado tanto que la gente anda examinando sus actos con lupa sin haber hecho nada malo.

Sonó el teléfono negro. Michael levantó el auricular, escuchó a Tzilla y al final dijo:

– Haz el favor de decirle que voy a salir ahora mismo.

Se puso en pie y le dijo a Tuvia Shai, que había agachado la cabeza:

– Quiero que me acompañe, vamos a rehacer el itinerario que recorrió el viernes, el paseo que dice haber dado el viernes por la tarde al salir de la Filmoteca.

Shai se levantó y, con sorprendente docilidad, precedió a Michael hasta la puerta y fue escoltado a otro despacho para esperar.

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