Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– Está olvidándose de que todo esto tiene un enorme potencial destructivo. Mi mujer no está hecha para soportar estas cosas; la destrozaría. No comprendería de ninguna manera que es posible llevar dos vidas independientes, sin que una anule a la otra. No hay por qué enfocarlo todo con tanta intransigencia -dijo Klein desesperado.
Michael reprimió, inflexible, el deseo de indagar en las «dos vidas independientes». Todavía no era capaz de precisar los sentimientos que le inspiraba Klein, ni lograba aislar la sensación de desengaño. Giraba en su interior un torbellino de emociones, dominado por los recelos surgidos a raíz de la traición de la confianza sin reservas que había depositado en Klein. Recordando sus intentos de pasar por alto los resultados de la prueba poligráfica de Klein, se sintió imbécil. En realidad no lo conocía, se dijo, nada era como había imaginado; a juzgar por las apariencias, nada encajaba en su imagen de aquel hombre. Pero en su fuero interno sabía que no era más que una cuestión de apariencias; de hecho, todo encajaba a la perfección. «¿Qué había comentado Klein sobre la integridad? ¿Sobre la perfección? Algo había dicho hacía mucho tiempo, o, en realidad, esa misma tarde…, ¿qué había dicho? ¿Que nadie era perfecto? Sólo en el arte se alcanza la perfección, eso es lo que había dicho», pensó Michael, «y lo que debo hacer es concentrarme en lo que tengo entre manos, en los hechos, y dejar de filosofar».
– Explíqueme con exactitud lo que sucedió con Tirosh -dijo tras acallar con arduo esfuerzo sus voces interiores.
– Es muy sencillo de explicar -respondió Klein-, pero no me resulta fácil ponerme en evidencia. Comprenderá -dijo echándose hacia delante- que he mantenido en secreto mi relación con Mali durante muchos años. Nadie lo sabe, ni siquiera el niño -abochornado, echó una ojeada en torno-. No sabe que soy su padre. Nunca hablo de Mali; sólo un puñado de personas está al tanto de que hay algo entre nosotros, y nadie conoce el verdadero carácter de la relación. Mi mujer nunca ha visto a Mali. De vez en cuando voy a comer al restaurante con algún amigo. Así la conocí. Fue Tirosh quien me llevó allí, y después lo descubrió.
– ¿Lo descubrió? -repitió Michael-. ¿Cuándo lo descubrió?
– No sé cuándo ni cómo. Sólo puedo asegurarle que nunca ha hablado con Mali; no lo supo por ella. Tuvo que ser antes de que yo me marchase a América. Tal como lo veo ahora, es posible que recurriera a los servicios de un detective. Tuvo que proponérselo ex profeso, porque Mali y yo no nos vemos con regularidad, y siempre somos muy precavidos. O eso creía yo.
– ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo se enteró? -preguntó Michael.
Klein hizo como si no hubiera oído aquella pregunta repetida, como si no comprendiera su trascendencia.
– Justo antes de mi regreso, recibí una carta de Shaul. Hay que decir en su favor que la envió al departamento, a la Universidad de Columbia, y no a casa. La carta insinuaba con toda claridad que lo sabía. Shaul siempre andaba buscándome los dobleces, las «corrientes subterráneas», como él las llamaba. Y es que mi modo de vida le sacaba de quicio, porque nunca se le ocurrió que pudiera tener fisuras; se lo imaginaba distinto de lo que era.
– ¿Tiene la carta? -preguntó Michael, sabiendo de antemano cuál iba a ser la respuesta.
– No, claro que no. La rompí nada más leerla. Esas cosas no se conservan.
«No», pensó Michael. «Yo tampoco la habría conservado.» Y en voz alta dijo:
– ¿Pero recuerda lo que decía?
– Cómo no lo voy a recordar -replicó Klein, y se enjugó la frente-. En una vena supuestamente ingeniosa, me proponía que nos viéramos en cuanto regresara, «en vista de la información que arrojaba nueva luz» sobre mi personalidad. Recuerdo la expresión. Como es natural, me enfurecí, y también me puse nervioso. No se puede decir que Shaul fuera la discreción personificada. Pero confiaba en que nadie le diera crédito si contaba la historia.
– ¿Qué quería de usted?
– Eso mismo me preguntaba yo -dijo Klein, la cara contraída por la cólera-. Cuando leí la carta, pensé que sencillamente tenía celos, o que se sentía exultante por haber encontrado un fallo en mi modo de vida burgués, como él decía. Pero después de verlo, o más bien mientras hablaba con él, percibí que detrás de eso había algo más.
– Cuéntemelo otra vez, desde el principio -solicitó Michael, no por primera vez aquella noche, aunque no recordaba cuándo ni a quién se lo había dicho la primera vez-. ¿Qué le dijo Tirosh?
Klein parecía de pronto muy fatigado. En su cara redonda Michael vio arrugas que hasta entonces le habían pasado inadvertidas. Su piel tenía un matiz amarillento, o tal vez fuera el efecto de la luz fluorescente, pensó Michael. Recordó la voz segura y tranquilizadora con que había hablado por teléfono con su mujer hacía unas horas.
– Ahora me ratifico en que Shaul siempre lograba destruir lo que le rodeaba -reflexionó Klein-. Destruirlo todo…, eso siempre se le dio bien. No tengo ni idea de qué quería. Se fue por las ramas, era su manera de hablar; especialista en indirectas. Habló de Iddo. No paraba de preguntarme qué me había dicho Iddo cuando vino a verme en Estados Unidos. Le dije que Iddo había sufrido una crisis, que le había ocurrido algo, pero no sabía qué. Shaul volvía a ese tema una y otra vez. Luego me preguntó si Iddo me había dejado algo por escrito. Le pregunté qué quería decir con eso de «haberme dejado algo» y que por qué no se lo preguntaba directamente a Iddo. Él se refirió crípticamente a «algo en custodia», a que Iddo me hubiera dejado algo en custodia, y luego me preguntó si había visto la cinta…
– ¿De manera que, cuando hoy le pregunté sobre la cinta, sabía a qué me refería? -le interrumpió Michael.
Klein le dirigió una mirada culpable y bajó la vista.
– Bueno, en realidad no lo sabía, pero tampoco dejaba de saberlo. Antes, esta tarde, hubo un momento en que me asusté bastante. Debe comprender que al hablar con Tirosh me sentía muy tenso… -su voz se fue apagando.
– Estaba tenso -repitió Michael en el tono más neutro que su reseca garganta fue capaz de emitir.
– Bueno, me daba miedo que la situación estallase. Me generaba una gran ansiedad pensar en las implicaciones, como usted las ha llamado antes. Sea como fuere, Shaul sacó el tema de Mali y me dijo, y esto lo recuerdo muy bien: «Tú cuidas de mí y yo cuidaré de ti». Le pregunté a dónde quería ir a parar; no era cuestión de no preguntárselo, pese al miedo que sentía; y él me dijo: «Cuando llegue el momento de que lo sepas, lo sabrás, te lo prometo, y si Iddo habla contigo, no dejes de decírmelo».
– En otras palabras -dijo Michael Ohayon-, que no se puede decir que ver a Tirosh muerto le abrumara de dolor.
– Mire -comenzó Klein vacilante-, no espero que me crea, pero las cosas no fueron así exactamente. Quiero decir que, en realidad, no sentía miedo, no sé por qué, pero estaba convencido de que si Shaul llegaba a sacar la situación a la luz, ya encontraría la forma de afrontar las consecuencias.
Miró a Michael, que permaneció en silencio. Después, Klein volvió a carraspear y dijo abochornado:
– Tal vez, incluso deseaba que saliera a la luz, ¿quién sabe? El ser humano es una criatura tan compleja…
– ¿Y sostiene que no fue usted quien lo asesinó? -le soltó Michael intempestivamente.
Klein lo miró y se cruzó de brazos. Meneó la cabeza repetidas veces y dijo con voz grave, midiendo todas sus palabras:
– No, claro que no. Lo vi el jueves, y el viernes todavía seguía con vida. Además, no creo que piense seriamente que tenía suficientes motivos para llegar a esos extremos.
– Usted mismo ha dicho que Tirosh lo destruía todo, ¿no es verdad? -replicó Michael, conteniendo la ira-. Y en cuanto a que no volviera a verlo, tendremos que verificar la hora a la que llegó a Rosh Pinna el viernes por la tarde.