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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– Sea como fuere, nunca escribió nada sobre Agnón. ¿Quién le ha dicho que la nota tenía relación con la Shira de Agnón?

– Nos lo dijo Aharonovitz -respondió Michael, echando una rápida ojeada a Shai. Éste aflojó el paso y, cuando parecía que iba a pararse, avivó la marcha.

– ¡Qué cosas se le ocurren a Aharonovitz! -masculló Shai-. Bueno, tal vez esté en lo cierto, pero, por mi parte, no sé nada de eso.

– Suponga que es cierto; ¿por qué estaría interesado en Shira?

– No lo sé -dijo Shai vacilante; y Michael captó la mirada de reojo que le dirigió-. No lo comprendo. Pero no por eso Aharonovitz va a estar equivocado.

– Tengo entendido -dijo Michael cuando se aproximaban a la calle principal de Ramat Eshkol- que están preparando una velada en conmemoración de Tirosh y Dudai, para el mes próximo.

Tuvia Shai asintió con un gesto.

– ¿La está organizando usted?

– No; por lo visto, se ha encargado Klein.

– Pero es de suponer que usted dirá unas palabras, ¿no?

Shai se encogió de hombros.

– Probablemente, entre otros -dijo sin mirar a Michael.

A las cuatro y media, tras una hora de caminar a buen paso, habían llegado a la Colina de las Municiones. Y allí Tuvia Shai se detuvo. Después de rodear el instituto René Cassin, Shai señaló uno de los montículos de tierra reseca que allí se alzaban:

– Estuve ahí sentado durante mucho rato.

– ¿Cuánto tiempo? -preguntó Michael, encendiendo un cigarrillo.

– No sabría decírselo. Creo que hasta que se hizo de noche.

– Salimos de la Filmoteca a las tres y media, y hemos llegado aquí a las cuatro y media, un paseo de una hora. Usted salió de la Filmoteca sobre las cuatro y media, ¿no es así? Digamos que llegó aquí a las cinco y media. Estamos en verano. Los días son largos. ¿Pretende decirme que se pasó aquí tres o cuatro horas? -preguntó Michael con patente incredulidad.

Tuvia Shai asintió con la cabeza.

– ¿Qué hizo durante tanto tiempo? -preguntó Michael con curiosidad, como si fuera un asunto de estricto interés académico.

– Estuve pensando. Necesitaba estar solo.

– ¿Solo? -repitió Michael.

Shai no replicó.

– ¿En qué estuvo pensando?

Tuvia Shai lo miró enfadado, como si estuviera inmiscuyéndose en su intimidad con una pregunta que nadie tenía derecho a plantear. Luego pareció reflexionar. Sonrió para sí.

– Mire qué hermosa se ve la ciudad desde aquí -dijo con su voz anodina-. Desde este cerro se ve cómo se van vaciando las calles. La luz se desvanece poco a poco. Los ruidos se amortiguan. Es hermoso.

Michael Ohayon lo miró en silencio. «A Tuvia no le conmueve la belleza de la naturaleza», recordó que le había dicho Klein.

Preguntó a Shai a dónde quería ir desde allí.

– De vuelta a la universidad -respondió.

Sus hombros se hundieron, diciendo sin palabras: me da exactamente igual.

– La situación es la siguiente -dijo Michael para cerrar la reunión del equipo mientras Ariyeh Levy se alisaba el cabello con aire contrariado y se enjugaba el sudor de la frente-. Quedan algunos detalles pendientes, como la firma del recibo del paquete, que hemos puesto en manos de un grafólogo porque los empleados de correos no recuerdan quién firmó, y un par de cosas más. Pero la conclusión importante a que hemos llegado es ésta: Tirosh asesinó a Iddo Dudai. Los motivos del asesinato de Dudai y del propio Tirosh están relacionados con lo que aquí se decía -señaló la cinta borrada-, y el pedido de las botellas de gas completa el cuadro. Sólo nos falta el móvil, pero sobre eso también tenemos una pista, quizá no muy clara.

– ¿Por qué no es clara? -preguntó Ariyeh Levy desdeñosamente-. Usted mismo ha dicho que Dudai tenía algo en contra de Tirosh.

– Sí, ¿pero qué era ese algo? -terció Balilty.

– ¿Tú cómo lo ves? -preguntó Eli Bahar, las facciones en tensión-. ¿Estás convencido de que se introdujo en el sótano para sabotear las botellas? Y si no lo hubieran asesinado, ¿cómo se habría librado de que lo descubrieran? ¿En qué estaría pensando? No se puede decir que fuera un plan muy hábil.

– Hay cosas imposibles de explicar -dijo Michael-. No puedo decirte en qué estaba pensando, pero sí que debía de considerar su plan habilísimo. Los asesinos siempre se creen muy hábiles.

– No -persistió Eli-, no me refiero a eso. Si hubiera pedido que le enviasen las botellas a la oficina central de correos en lugar de a la universidad, y hubiera dado un nombre ficticio, las posibilidades de descubrirlo habrían sido menores. ¿A qué vino encargarlas a nombre de Klein y desde la universidad?, eso es lo que no comprendo. Parece como si quisiera que lo pescáramos.

Todos guardaron silencio durante un minuto.

– Tal vez pretendía incriminar a Klein -señaló Avidán al cabo, volviendo los ojos hacia Ariyeh Levy.

Levy exhaló un suspiro y miró a Michael, que aguardó unos segundos antes de comentar:

– No sé qué habría alegado de estar con vida, pero en la Universidad de Columbia de Nueva York nos han asegurado que Klein estuvo dando clases hasta el último momento, y que no faltó al trabajo ningún día, así que, cuando menos, tenemos la seguridad de que él no mató a Dudai.

– Yo no estoy tan seguro. Puede que tuviera un cómplice, tal vez lo hicieron entre Klein y Tirosh… -comenzó Balilty, pero nadie le hizo caso.

– Supongo que es imposible encontrar las botellas vacías -intervino Tzilla.

Alfandari meneó la cabeza.

– ¿Tres semanas más tarde? Ni lo sueñes -dijo con voz sombría, y Michael clavó en él la vista-. No es que no hayamos registrado los cubos de basura, y el vertedero municipal también, pero era una empresa imposible -prosiguió Alfandari-. Revolvimos hasta el último rincón…, en su casa, en el cobertizo del jardín, en la universidad, en todas partes. Cero.

– Quizá Klein y Tirosh lo hicieron en complicidad -repitió Balilty, y lanzó una carcajada-. Puede que Dudai estuviera buscándoles las vueltas a los dos.

– Basta de especular -zanjó Ariyeh Levy ceñudo-. Confiemos en tener más material en que apoyarnos cuando Ohayon regrese. Quedan muchas preguntas pendientes. Todavía no sabemos quién mató a Tirosh…, eso tampoco nos lo ha explicado el jefe del equipo, de momento…, claro que cada uno trabaja a su ritmo.

– Habrá que volver a hablar con los de la Filmoteca, para verificar por otra fuente la coartada de Tuvia Shai -dijo Eli Bahar-. Iré allí hoy mismo; quiero hablar con el proyeccionista. Aún no he logrado dar con él, porque lleva una semana prestando servicios de reservista. No conozco a ninguno de los habituales de la Filmoteca…, y tienen que ser precisamente los que van los viernes por la tarde.

– Eso está lleno de tipos cultos; es un antro izquierdista -masculló Ariyeh Levy.

– No parece muy adecuado anunciar en la prensa que queremos hablar con quienes estuvieron allí -dijo Tzilla, dirigiendo a Eli una mirada de ánimo.

– Según las explicaciones de Klein -dijo Michael entre grandes titubeos-, los poemas deben de estar relacionados con el asesinato.

– ¡Los poemas! -vociferó Ariyeh Levy, y se levantó bruscamente-. Quizá es realmente el momento de que se tome un descanso para aclararse las ideas. ¡Los poemas…, con qué cosas nos viene!

Nadie reaccionó, pero en el semblante de Balilty apareció un extraño gesto de profunda concentración.

Michael se encontró a Eli Bahar esperándolo al volver a su despacho después de la reunión del equipo. Eli tenía en las manos un grueso sobre marrón y una cartera verde de plástico.

– El vuelo sale a las ocho de la mañana, y hay una diferencia horaria de siete horas a su favor. Es decir, que llegarás por la mañana y ganarás un día. Aquí tienes el billete -le tendió la carterita de plástico- y ya está listo tu pasaporte. Shatz te irá a recoger al aeropuerto Kennedy. No te olvides del pasaporte -y lo sacó del sobre marrón-. El dinero también está aquí, y me han dicho que te recuerde que traigas las facturas de todos tus gastos y no te olvides de confirmar el vuelo de regreso, para dentro de una semana justa. ¿De qué te ríes?

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