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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– Quizá podrías contarme algo del abogado. ¿Qué sabes de él?

– Claro que puedo contarte un montón de cosas sobre él; tengo buenos contactos. Creía que preferirías esperar a que estuviéramos en el aeropuerto…, te sobra tiempo hasta que salga el vuelo -Shatz echó una mirada furtiva a Michael y empezó a hablar con voz monocorde-: Bueno, ¿qué tengo que explicarte? Max Lowenthal, sesenta y un años, judío, nacido en Rusia, pero sus padres emigraron a Estados Unidos cuando no era más que un bebé. Se licenció en Derecho en Harvard, y sin embargo vive en un agujero llamado Chapel Hill, una ciudad universitaria de Carolina del Norte. Da clases en la facultad de Derecho, y además es un miembro muy activo de la ACLU. ¿La conoces?

Michael confesó su absoluta ignorancia al respecto.

– Es una asociación; la Asociación Estadounidense en pro de las Libertades Civiles. Es un loco de los derechos civiles, un verdadero colgado. Podría ser un abogado rico y de fama en cualquier lado en lugar de morirse de asco en el sur. Pero está loaded, te lo aseguro -Shatz percibió el gesto de incomprensión de Michael ante aquella palabra y explicó-: Está forrado. Tiene una casona en Chapel Hill y una residencia veraniega en una isla, y no le falta de nada. Se va a esquiar a Suiza todos los años. También hace muchos donativos a la UJA. Aquí lo tenemos fichado: se entrega en cuerpo y alma a todo tipo de causas, ha ido a Rusia muchas veces y se sentaba en la parte trasera de los autobuses, en el sur, cuando estaba reservada para los negros…, ya puedes imaginarte cómo es. En Israel también tenemos tipos así -dijo Shatz con desdén.

– ¿Y cómo conoció al ruso?

– No lo sé muy bien, pero tenía muchos contactos en Rusia, este Lowenthal; hasta escribió un libro sobre los judíos rusos, y sacó clandestinamente de allí montones de manuscritos. Él mismo te lo contará. El ruso se llama… -tras un vano esfuerzo por recordarlo, Shatz se sacó un papel del bolsillo interior de la sahariana y lo consultó mientras conducía-: Boris Zinger. Estuvo internado en el mismo campo que el otro ruso, el poeta, ese que le interesaba al chico de la universidad, cómo se llamaba, Dudai. Lowenthal lo sacó del país tras treinta años de encierro en cárceles y campos de concentración rusos; lo tengo todo anotado -dijo en el tono agresivo de quien sospecha que están poniendo en entredicho su Habilidad como fuente de información-. Espera un momento, ahora tengo que concentrarme en la salida para La Guardia.

Y ambos permanecieron callados hasta que Shatz hubo dejado el coche en el enorme aparcamiento. A continuación se apresuró a entrar en el aeropuerto antes que Michael, examinó los horarios de los vuelos y dijo con satisfacción, mientras se enjugaba la cara con un pañuelo de papel usado que se sacó del bolsillo:

– Te sobra media hora. Vamos, te invito a una copa.

Cuando al fin tomaron asiento en sendos taburetes del bar, después de recorrer una inmensa distancia dentro de la terminal, Michael se empeñó en pedir un café además de la cerveza, y mientras bebía el insípido brebaje observó a Shatz sorbiendo su whisky y se preguntó si lo habría pedido para impresionarle o si realmente tenía por costumbre tomar alcohol duro por la mañana. Shatz carraspeó y dijo:

– Está hecho polvo, el tal Zinger, hecho polvo. Tiene un problema de corazón y a Lowenthal le preocupa mucho la perspectiva de que vayas a verlo. Cedió después de que le explicara la situación y le hablara de tu investigación, pero con la condición de que sea a pequeñas dosis y él decida los horarios. Acordé con él que te iría a recoger. Hay un trecho larguísimo desde el aeropuerto hasta la ciudad ésa. Oye, ya que estamos en ello, ¿qué pasó con la cinta de marras? ¿Es verdad que era una prueba y la borraste?

– No; ¿cómo te ha llegado ese rumor? -preguntó Michael, tratando, sin saber por qué, de disimular la hostilidad de su voz.

– Yo qué sé, lo he oído por ahí. He oído que el caso está lleno de jodiendas. Que tenías una cinta completa y sólo ha quedado una frase. ¿Por qué no la borraron entera? Eso es lo que me sorprende: si alguien la borró, ¿por qué no la borró del todo?

Era evidente que Shatz aguardaba una explicación y, en contra de su voluntad, Michael, que más adelante le echaría la culpa al tiempo y al pánico que le inspiraba la gran ciudad, cuyo frenesí le había calado en los nervios a pesar de no haber llegado a pisarla, en contra de su voluntad, dijo:

– No es que fuera una prueba, pero nos habría proporcionado una pista. Es una cinta que alguien borró a plena luz del día, en un lugar donde se suponía que no debía estar. Y por eso tenía prisa, o quizá lo interrumpieron cuando estaba a medias. La encontramos en un coche y…

– ¿La borraron dentro de un coche? -preguntó Shatz incisivamente-. ¿Cómo?, los equipos de los coches sólo sirven para escuchar cintas; no para grabarlas ni borrarlas.

– Si vieras el coche lo entenderías -repuso Michael con una sonrisa-. Un Alfa Romeo GTV…, tiene un estéreo tan potente que valdría para un discoteca. Y con él se puede hacer de todo.

– ¿Ah, sí? -dijo lentamente Shatz, digiriendo la información-. ¿Quién tiene un coche así en Israel?

– Era de Shaul Tirosh -le reveló Michael pese a que le molestaba la chismosa curiosidad de Shatz.

– He oído que el sujeto en cuestión dejó un rastro que conducía directamente hasta él desde las botellas de gas -comentó Shatz con expresión artera. Entornó los ojos y masticó un cubito de hielo.

– Dime una cosa -dijo Michael enfadado-, ¿cómo llega todo a tus oídos tan deprisa? ¿Quién te ha contado esas cosas?

– Es mucho más fácil de lo que imaginas. Tengo un hermano; y tú lo conoces.

– ¿Yo? ¿A tu hermano? ¿De qué conozco yo a tu hermano?

– Reflexiona un momento. No nos parecemos, mi hermano y yo, pero aun así somos hermanos.

Shatz rompió a reír y Michael sintió que se le congestionaba el rostro.

– ¿Meir Shatz, el historiador, es hermano tuyo? -preguntó incrédulo.

– Te guste o no, es un hecho -replicó Shatz, retorciéndose de risa-. Y además nos llevamos muy bien; fue él quien me crió. Nos quedamos huérfanos de niños y fue como un padre para mí. ¿Estás alucinado? -preguntó con descarado regocijo. Y añadió-: Por eso te aprecio, por lo que mi hermano me ha contado de ti. No tienes por qué alucinar tanto. Él es el intelectual de la familia, pero yo también desempeño mi papel. Lo mío son las cuestiones prácticas. ¿Crees que mi hermano tendría un piso en propiedad si no fuera gracias a mí?

– Nada de eso explica cómo te has hecho con tanta información tan deprisa -objetó Michael.

– Mi hermano tiene un amigo…, también a él lo conoces: Klein, Ariyeh Klein…, y él le ha contado unas cuantas cosas. Hablo por teléfono con mi hermano casi todos los días. Te digo que, con el trabajo que tengo, ni Dios se atreve a rechistarme -hizo una pausa para pedir otro whisky-. En todo caso, no hay que pensar mucho para ver que algunas cosas no encajan. Un tipo rellena de CO las botellas de buceo de otro, ¿y no se toma la molestia de ocultar sus huellas, comete equivocaciones evidentes? ¿Encarga el gas a nombre de Klein? ¿Garrapatea la primera firma que se le ocurre? ¿Cómo es posible?

– Sí -suspiró Michael-, parece absurdo. Pero ¿qué alternativas tenía? Podría haberlas robado en un laboratorio, pero los riesgos habrían sido aún mayores.

Shatz contempló su vaso y agitó los cubitos de hielo. Cuando volvió a hablar, su voz se había tornado más grave y ponderada, como si ya no aspirase a impresionar a nadie.

– Yo creo que hay otra razón -dijo despacio.

– ¿Como cuál? -preguntó Michael, consultando su reloj.

– Creo que estaba harto de todo, que quería delatarse. Creo que Tirosh era un caso acabado.

Michael no dijo nada. Pensó en la novela de Graham Greene sobre una colonia de leprosos y en el último capítulo de Shira, de Agnón. Pensó en la corrupción y la decadencia de Manfred Herbst, que siguió a la enfermera Shira, cuyo nombre significaba poesía, a un hospital de leprosos, de donde nunca más salió. Y miró a Shatz con nuevo respeto, pensando que una vez más había incurrido en un error de juicio. Tras un prolongado silencio, preguntó:

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