Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– El padre de Nira, mi ex suegro, citaba a menudo un viejo proverbio polaco: «Un caballo sigue siendo un caballo aunque cruce el océano».
Eli sonrió.
– Ya sé que siempre dices que, en el fondo, toda la gente es igual en todas partes; pero ya veremos lo que opinas al volver de Nueva York.
18
Se despertó cuando el piloto anunció en hebreo y en inglés que estaban sobrevolando el Aeropuerto J. F. Kennedy, en espera del permiso para aterrizar.
Una espesa niebla ocultaba todo a la vista. Michael se palpó la mejilla y notó su aspereza; al ver la larga cola formada ante los aseos, decidió que era demasiado tarde para afeitarse.
Pensó en la cara abotagada y los fríos ojos grises de Shatz, que fuera jefe del Departamento de Investigación y Lucha contra el Crimen durante los primeros años de servicio de Michael. Su ambición y su codicia se habían hecho legendarias. Hasta Balilty, según recordaba Michael, solía quejarse de su grosería, de la brutalidad con que trataba a sus colegas. Shorer lo había apodado el «Gran Trepa». A Michael le vino a la cabeza el comentario hecho por Balilty al final de la última reunión del equipo: «No le des recuerdos míos a Shatz. Y, hazme caso, no le compres nada. Se ha montado un verdadero negocio paralelo de aparatos eléctricos. Todos los que topan con él en Nueva York vuelven cargados con los últimos inventos. Y ten cuidado para que no te lleve a ningún club nocturno -añadió con sonrisa sardónica-. Podría corromperte…».
Sus reflexiones sobre Shatz desplazaron el sueño que había tenido sobre Maya. No lo recordaba en detalle, pero la opresión que le había generado perduró un buen rato después del aterrizaje. Antes de quedarse dormido en su butaca, había mirado de reojo a la joven que tenía al lado. Era rubia y desprendía un leve aroma al perfume de Nina Ricci L'Air du Temps, uno de los habituales de Tzilla. No, no se parecía nada a Maya.
Le vino a la memoria la época posterior a su divorcio. En aquel entonces, cada vuelo en avión era una aventura romántica. Cualquier salida al extranjero estaba asociada para él a una mujer, a cualquier mujer, sin compromisos irrevocables. Pero desde la última vez que estuvo con Maya, ni siquiera lograba pensar en una mujer sin sentirse agobiado. De día, mientras trabajaba, el recuerdo de Maya lo importunaba como un dolor de cabeza sordo y persistente. Por la noche, en la cama, se sumergía en los recuerdos. Se rendía a las imágenes y revivía en la memoria su tacto, su voz, el olor de su piel, el sonido de su risa. Volvía a oír frases pronunciadas por ella, palabras ocurrentes, exasperantes, palabras de amor. Nunca había disfrutado de unas vacaciones en su compañía, nunca habían ido juntos al extranjero. De hecho, pensó, al notar el interés de su vecina de avión, nunca había pasado con ella más de veinticuatro horas seguidas. Y ni siquiera solían pasar la noche entera juntos. Maya casi siempre tenía que volver a casa corriendo al cabo de unas horas.
El viaje había hecho aflorar las oportunidades perdidas, se explicó a sí mismo. Pero la explicación no lo consoló. No desterró el sentimiento de pérdida.
En el aeropuerto no le eximieron de los trámites. Estudiaron su documentación como si fuera un inmigrante ilegal, pero no se molestaron en registrarle el equipaje.
– Los americanos no se saltan la menor norma; es imposible llegar a ningún acuerdo con nadie. Con estos capullos no me valdría de nada conocer hasta al último empleado del aeropuerto; ni siquiera a mí, a pesar de mis contactos, me dejan pasar sin registrarlo todo -dijo Shatz, sudando dentro de su traje de safari color crema mientras le conducía hacia la salida. Michael no respondió; estaba cansado y aturdido.
El coche era enorme, como los de las películas.
– Un viejo Pontiac -explicó Shatz mientras asía el tirador y le abría la puerta a Michael-. Se supone que debería llevarte directamente al aeropuerto de La Guardia, pero quiero que al menos eches un vistazo a Manhattan antes de que te trague la América profunda.
Al ponerse en camino, Shatz se embarcó en una entusiástica perorata sobre las ventajas de su fantástico trabajo.
– En todo el país sólo hay un representante del cuerpo policial israelí, tu seguro servidor. No fue fácil llegar hasta aquí, colega, nada fácil, te lo aseguro. No estaba al alcance de cualquiera. ¡Menuda ciudad es ésta, macho, menuda ciudad!
Su monólogo, una chocante mezcla de hebreo, inglés y árabe, incluía comentarios sobre el entorno. De vez en cuando hacía notar a Michael algún lugar de interés, mencionaba nombres, indicaba a dónde se iba por un camino u otro. Cuanto más se alejaban del aeropuerto, más horrorizado se sentía Michael.
– Noventa y cuatro por ciento de humedad y treinta grados a la sombra, un asco -informó Shatz-, pero créeme, colega, no se está tan mal como en Tel Aviv. Aquí hay aire acondicionado en todas partes, ¡absolutamente en todas partes! Fíjate si no en este coche…, es estupendo, ¿verdad?
A Michael aquello le parecía un infierno. El aire tórrido y húmedo que le había azotado la cara antes de entrar en el coche, las anchas carreteras de múltiples carriles, la luz gris verdosa, los distantes rascacielos, que le resultaban conocidos por las películas y las fotos, los enormes coches rodando en todas las direcciones. Observó las docenas de limusinas que circulaban a toda velocidad. Tras las ventanillas opacas había personas, pensó, y se maravilló de la pericia demostrada por Shatz al maniobrar entre los centenares de veloces taxis amarillos que adelantaban a todo el que se les ponía por delante.
Llevaban mucho tiempo en la carretera y Michael se había desorientado. Shatz le dijo por el camino:
– Volveremos a La Guardia a tiempo. Tu vuelo a Carolina del Norte despega de allí, y también tendrás que regresar al Kennedy desde allí.
Michael contempló el perfil de su chófer. Podría habérsele considerado apuesto si no hubiera tenido una cara tan gruesa. Pero la grasa y la expresión voraz y taimada, y el sudor que le caía a chorros pese al aire acondicionado, le volvían repulsivo.
– Claro que no comprendo por qué no quieres quedarte en Nueva York un par de días. Podría llevarte a algún club. ¿Sabes cómo está por aquí el material? -preguntó en tono lascivo, y miró de reojo a Michael, que observaba el paisaje por la ventanilla-. Está bien, si no puedes, no hay más que hablar. Pero créeme que no se lo diría a nadie si por casualidad cambias de opinión, ¿sabes?
– No cambiaré de opinión -zanjó Michael sin volver la cabeza.
– ¿Y cuándo vas a ir de compras? No compres nada en el aeropuerto; las tiendas libres de impuestos son un atraco a mano armada, créeme. Te podría enseñar algunas tiendas de Lexington que te iban a volver loco…, tienen absolutamente de todo. Si quieres, me puedes hacer algún encargo y te ahorras el jaleo, ¿cómo lo ves?
Michael farfulló que ya hablarían de eso cuando volviera.
– Estás nervioso, ¿eh? Tu hombre, el abogado, te espera, ¿sabes?, pero el otro, el ruso, sigue entre la vida y la muerte, y el abogado se pasa todo el día acompañándolo en el hospital. No fue fácil dar con él, te lo aseguro.
Contemplando las vistas, Michael se acordó del tono gris verdoso que predominaba en la película Blade Runner, de la llovizna incesante que lo había ido deprimiendo cada vez más a medida que percibía la violencia y la alienación del mundo creado en la pantalla.
– ¿Cómo vas a sobreponerte al jet lag? Tienes que estar despejado para las entrevistas. Por lo que he leído en la prensa, hasta el momento no has hecho grandes progresos.
– Es un caso complicado -dijo Michael sin ofenderse.
– Y tú eres la estrella, ¿sí o no? Ahora mismo eres el gran favorito por esos pagos. Pero será mejor que te andes con cuidado; las estrellas se hunden fácilmente entre esa gente. No me tomes a mí de ejemplo…, yo soy intocable.