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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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– ¿Ilegal? ¿Por ejemplo qué?

Besteiro señaló la maleta negligentemente.

– Por ejemplo -musitó-, pagar un rescate.

– ¿Eso es ilegal? ¿Lo dice en serio, comisario? ¿Qué quería que hiciera la familia?

– No soy yo quien debe decidirlo, Méndez, y usted lo sabe. Por lo tanto, a mí no me lo pregunte. Pero si una familia tiene sus problemas, el Estado también los tiene. El Estado tiene el problema, que usted parece no haber entendido, de lograr que se cumpla la ley.

– ¿La ley? ¿Qué ley?

– Impedir el movimiento de capitales no autorizados, si quiere un ejemplo.

– Y esto lo es, ¿verdad?

– Claro que lo es. ¿Necesito decírselo? Mire, Méndez, yo no quiero amargarle la vida, pero usted ha incurrido en dos responsabilidades gravísimas. En primer lugar, ha sido cómplice de una infracción económica. Sólo por eso ya podría detenerle y privarle de su arma reglamentaria.

– No tengo arma reglamentaria.

– Eso nos evita un mal trago a los dos. Claro que tampoco voy a detenerle, ¿sabe? No hay ninguna necesidad de llevar las cosas tan lejos, aunque usted haya cometido dos infracciones de bulto. Una, la más grave, es la que ya le he dicho: intervenir en una operación ilegal. Y si me dice que en nuestro país hay altos cargos que realizan eso cada día, le contestaré que a mí no me afecta mientras no pueda probarlo. Pero hay una segunda cosa: usted no ha confiado en nosotros, en nuestros esfuerzos, en nuestro tesón. No ha querido creer precisamente usted, un policía, que con la ley en la mano también puede solucionarse todo.

– ¿Qué iba a solucionar usted, Besteiro?

– ¿Y lo pregunta? ¿Sabe lo que significa haberles seguido hasta aquí? ¿Las horas perdidas? ¿Y el dinero gastado? ¿Se da cuenta de lo que hay detrás de todo eso, Méndez?

Méndez no contestó.

Sus ojos se habían empequeñecido, pero su mirada no era ni siquiera la de la serpiente vieja. La suya era una mirada perdida.

Solamente al cabo de un tiempo que pareció hacerse interminable musitó:

– Sí. Detrás de todo eso, ¿qué hay?

La pregunta quedó flotando en el aire. Los que ahora se empequeñecieron fueron los ojos de Besteiro. Pero en ellos sí que brotó la luí acerada de los de una serpiente vieja.

– Deme esa maleta, Méndez -ordenó.

– ¿Dársela? ¿Por qué?

– Es el instrumento de un delito, y los instrumentos de un delito deben ser intervenidos por la autoridad. ¿Conoce usted la ley, Méndez?

– Yo no conozco la ley, pero hago otra cosa.

– ¿Qué?

– Me cago en ella.

– No abra más su sucia boca, Méndez. No se puede tratar con tipos como usted. Deme la maleta.

– ¿Qué va a hacer con ella?

– Entregarla a la autoridad.

– La autoridad es usted, ¿verdad?

Y Méndez empujó suavemente la maleta con el pie hacia el comisario Besteiro. No se opuso a que éste la tomara. El roce del cuero sobre la moqueta de la habitación fue suavísimo, pero para ellos dos produjo el efecto de un estruendo.

– De acuerdo, Méndez. Muy bien. Celebro que haya sido razonable.

– ¿Puedo hacerle una pregunta, Besteiro?

– ¿Es también una pregunta razonable?

– Pues claro que lo es. Y sensata. Y prudente.

– Entonces hágala.

– Ceballos tenía orden de seguirme hasta el cementerio, adelantarse y matar a los secuestradores, ¿verdad? De la forma que fuese con el pretexto que fuese pero tenía que hacerlo, ¿no es así?

Besteiro ni siquiera le miró.

Con perfecta indiferencia dijo:

– Era un acto de servicio, aunque fuese realizado en país extranjero Supongo que no verá nada malo en que se haya impedido el pago del rescate.

– Pues claro que no, Besteiro. Sólo que Ceballos no pudo cumplir del todo con su trabajo. No pudo terminar bien la última parte de la orden, que consistía en matarme a mí y llevarse la maleta. Nada tan fácil en aquel último rincón del mundo, donde ni siquiera los cadáveres aparecerían jamás. Pero fue una lástima, ¿sabe? Ceballos no pudo terminar porque alguien me salvó la vida. Ya ve: molestarse en salvarle la vida a un tipo como yo. Qué cosas.

Besteiro le miró ahora.

Unas venillas latían en sus sienes.

La cara se le había puesto roja.

«Debes de estar a treinta de tensión, cabrón», pensó Méndez.

Pero no dijo una palabra.

Fue Besteiro el que musitó, arrastrando las sílabas:

– Sé perfectamente quién le ha salvado, Méndez. Cuando ese tipo vuelva a España, nos ocuparemos de él.

– No volverá, Besteiro. Galán todavía no es un hombre acabado, aunque a veces piense lo contrario. Cuando solucione su problema con la policía egipcia, encontrará trabajo en mil sitios. No necesitará volver.

– ¿Ni siquiera para ver a esa niña a la que tanto se ha ocupado de defender?

– Yo me ocuparé de que la vea.

– ¿Usted, Méndez?

– Ya ve. Hasta un tipo como yo puede verse influido por las cosas que se piensan en el Nilo.

Con la misma mirada vacía vio cómo Besteiro asía con más fuerza la maleta. Cómo encajaba las mandíbulas e iba hacia la puerta.

Antes de que llegara a sujetar el pomo, Méndez susurró:

– Mucha gente se ha movido para tener lo que hay en esa maleta, pero el único beneficiario ha sido usted, Besteiro.

– ¿Yo?

– ¿Qué va a hacer con tanto dinero?

Al ser encajadas con tanta fuerza, las mandíbulas de Besteiro produjeron una especie de chasquido antes de preguntar:

– ¿Me va a denunciar, Méndez? ¿Va a decir que me entrego ese dinero? ¿Y quién lo creería?

– Seguramente nadie.

– Entonces sea razonable, Méndez. Viva como hay que vivir.

– Supongamos que no soy razonable y que no vivo como hay que vivir. Supongamos que lo digo. ¿Qué pasaría?

– Dos cosas -susurró Besteiro sin inmutarse-. La primera ya se la he dicho: nadie le creería. La segunda se la voy a decir ahora: alguien podría matarle, Méndez. Un conductor borracho. Un choricete salido con permiso de la cárcel. Un atracador bien situado en un portal. No sé. Alguien.

Méndez tampoco pestañeó siquiera.

– Supongamos que mi vida no me importa -dijo-. Ni los conductores bebidos, ni los choricetes con permiso ni los atracadores que fuman en los portales. Supongámoslo.

– En este caso suponga usted otra cosa, Méndez.

– ¿Qué?

– Alguien podría matar a la niña.

Méndez recibió de lleno el golpe. Esta vez se le notó. Todo su cuerpo pareció tambalearse un instante, sólo un instante, mientras cerraba los ojos. Pero aun así llegó a ver la sonrisa de Besteiro, una sonrisa ancha, profunda, donde dos dientes de oro brillaban como una verdad oficial.

– Claro que no hay motivo para preocuparse -dijo Besteiro-. Un pacto es un pacto.

– Sí.

– Tranquilo, Méndez.

Abrió y se fue. Desapareció con el dinero, esfumándose por el largo pasillo. Méndez ni se movió.

Tenía la cabeza hundida, los ojos cerrados. De pronto, después de aquel silencio que se lo había tragado todo, oía los mil ruidos del hoteclass="underline" puertas que se cerraban, pies que salían de los ascensores, coches que se detenían ante la gran entrada decimonónica. Incluso le parecía oír los susurros de los camareros. Oía también algo en el fondo de su cerebro, algo como una música ahogada en cuyas notas estaba Coda la inutilidad de su vida.

Al fin hizo un gesto de decisión, aunque en realidad fue una mueca, Salió de allí. El pasillo, a pesar de todos los rumores que acababa de oír, estaba vacío. Se dirigió a la habitación de Clara Alonso y su hija, la sencilla razón de que necesitaba verlas a las dos. Necesitaba, sobre todo, ver a Olga.

Encontró junto al ascensor a uno de los policías egipcios. Éste le dirigió una mirada indiferente, una mirada que ya parecía cargada de olvido.

– ¿Adonde va usted, señor Méndez? -preguntó.

– A aprender.

– ¿Qué dice? -preguntó el otro en un difícil castellano- ¿A aprender usted después de toda su experiencia? Me han dicho que se ha pasado la vida recorriendo las calles. Que conoce todas las esquinas. Me han dicho que lo sabe todo.

Méndez contestó con voz casi inaudible:

– Todo menos lo que me puede enseñar la mirada de una niña.

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