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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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– Estás más nervioso que yo -dijo-. O más cansado.

– Pues claro que sí… ¿Crees que ha sido fácil seguirte, maldita sea?

– ¿Tú has pagado a aquel árabe?

– No. Al árabe le ha pagado el hombre que acaba de morir. Yo me he limitado a dar un rodeo para poder caer por detrás.

– De acuerdo, pero vamos inmediatamente a la embajada. Quiero hablar con el embajador en persona, ¿entiendes, Ceballos? Quiero resolver el asuntoahora.

– ¡Naturalmente que vamos a la embajada! ¿Adonde coño quieres que vayamos? ¿A ver cómo una tía de cien kilos nos baila la danza del vientre?

Estaban ya a pocos pasos del acueducto y por lo tanto de la salida del cementerio. Iban a conseguir escapar vivos de allí. Ceballos apremió:

– ¡Aprisa! ¡Aprisa!

Pero las cosas inesperadas no habían terminado para Méndez.

Fue entonces cuando sucedió.

El hombre apareció detrás de una tumba.

Era un europeo. Se podía distinguir en la semipenumbra su figura atlética y ágil, enfundada también en un traje negro, pero no se podía reconocer su rostro, porque llevaba -cosa nada corriente en El Cairo- un sombrero de fieltro con el ala echada sobre los ojos. Aquella figura saltó con la rapidez de un puma.

Méndez se dio cuenta, pese al vértigo de la situación, de que aquel hombre estaba desconcertado. Seguro que había esperado cualquier cosa menos verles aparecer a los dos. Aquel tipo barbotó:

– ¿Dónde está el…?

No hubo respuesta ni podía haberla. Méndez se dio cuenta de que aquel tipo iba a disparar. Vio en su mano derecha el brillo de un 38.

Fue Ceballos el que se movió antes.

Ya llevaba la pistola preparada. Méndez se dio cuenta de eso ahora.

Y se dio cuenta también, una vez más, de que su desconocido enemigo estaba estupefacto al verlos allí, porque no reaccionó con la suficiente rapidez. Al menos su brazo derecho fue lento, porque seguramente el tipo quería asegurarse de algo que Méndez no sabía. Fue Ceballos el primero que tuvo ocasión de disparar.

Y lo hizo como un maestro. Dos secas detonaciones atronaron el cementerio. Dos balas implacables fueron al encuentro de la cara de aquel hombre, justo por debajo del ala del sombrero.

Curiosamente, el sombrero no saltó. Fue todo el hombre el que dio un brinco y una vuelta completa en el aire. Luego se desplomó de bruces, quedando con los brazos bajo el cuerpo.

Todo había sucedido como una alucinación. Méndez iba atando algún cabo, pero estaba tan aturdido que aún le costaba trabajo pensar con rapidez. Lo único que le decía su instinto era que tenían que salir de allí, porque ahora, después de los disparos, sí que estaban metidos de verdad en un avispero. Podían quedarse en el cementerio… para siempre.

Dio media vuelta mientras le gritaba a Ceballos:

– ¡Corre!

Pero Ceballos no corrió. De pronto el que parecía inmovilizado por el estupor era él. Se quedó como una estatua a espaldas de Méndez.

Quizás era absurdo.

Pero Méndez no tuvo tiempo de pensarlo.

Empezó a volverse.

Barbotó:

– ¿No vienes o qué…?

Pero no estuvo ni siquiera seguro de haber pronunciado esas palabras.

Porque en aquel momento volvió a suceder.

El estampido.

La bala.

Ceballos salió disparado hacia arriba.

Durante unas décimas de segundo quedó como colgado en una posición absurda, levantando incluso una pierna. Luego se derrumbó.

Méndez, pese a toda su experiencia, sintió que se le cortaba la respiración.

Por la cara del muerto, como una mano que quisiese cubrirla, avanzaron los dedos de sangre.

De pronto era como si estuviese en otro planeta, en otra dimensión. No sólo era espectral aquel gigantesco cementerio en el centro de la ciudad, sino que era espectral todo lo que de repente estaba ocurriendo. Méndez sintió que temblaban sus rodillas, como si hubiesen vuelto todas las artrosis, todos los dolores ocultos y todas las humedades de su vieja calle Nueva.

De pronto su instinto funcionó. Y su instinto le dijo que tenía que salir de allí o acabaría tan muerto como aquellos tipos. Tomó la maleta y echó a correr hacia las ruinas del acueducto.

Su cerebro, aunque de forma entrecortada, volvía a funcionar, y empezaba a trazar una primera cronología de los hechos. Primero, el hombre que debía cobrar el dinero no se había fiado de hacerlo en un lugar exterior al cementerio, como era las Tumbas de los Mamelucos. Había preferido hacerlo dentro, aunque a corta distancia de la salida, porque así Méndez, en aquel laberinto, no vería por dónde escapaba, Y había enviado a un mensajero pagado para que guiase al policía.

Segundo: pero Ceballos, que seguía a Méndez, había podido dar un rodeo, cazando a aquel hombre por la espalda y liquidándolo en silencio. ¿Razones de que no le hubiese dado el alto reglamentario?. Dos: estaba en situación ilegal y además no podía exponerse a un tiroteo allí.

El cerebro de Méndez seguía funcionando mientras sus ojos buscaban desesperadamente un taxi.

Tercer factor: en apariencia, con la muerte del primer tipo, todo estaba solucionado, y su única preocupación consistía en salir para dirigirse a la embajada española. Pero posiblemente Ceballos ignoraba -como el propio Méndez- que el hombre que debía cobrar tenía las espaldas guardadas por un compinche. Aquel compinche debía protegerle y acompañarle a la salida del cementerio. Al no verle llegar a él, sino a Méndez y un desconocido, había salido desconcertado de su escondite. Seguro que no entendía nada, y eso explicaba su pregunta: «¿Dónde está el…?».

Hasta aquí Méndez veía las cosas claras. Incluso le parecía lógico, dentro de las circunstancias, que Ceballos hubiera disparado contra aquel tipo, sin hacerle ninguna pregunta, porque nadie hace preguntas a un hombre armado en el más siniestro cementerio de Egipto.

Pero a partir de aquí algo se rompía en el cerebro de Méndez. ¿Por qué Ceballos se había quedado un poco atrás? ¿Qué era lo que veía? ¿O qué era lo que temía? ¿O qué pensaba? Y sobre todo: ¿quién había acabado con él?

A esta última pregunta quizás hubiera podido contestar Méndez.

Quizá.

Pero lo demás era una espesa bruma.

Vio un taxi al llegar a la avenida y le hizo señas desesperadamente, temiendo que una auténtica pandilla de mamelucos vinieran tras él. Y si venían para matarle, es decir con buenas intenciones, aún sería lo de menos. Méndez pensaba que aún podían ocurrir cosas peores para la poca honra que le quedaba.

El taxi se detuvo.

Méndez se dejó caer de cabeza dentro.

– Where? -preguntó el conductor.

Méndez, dispuesto a presumir de idiomas como fuera, murmuró:

– To the Marriott Hotel, carallo.

33 EL EVANGELIO SEGÚN MÉNDEZ

Méndez tenía los ojos cerrados cuando el taxi se detuvo ante el hotel. En realidad los había tenido así durante todo el viaje.

Y es que lo necesitaba. Se sentía absolutamente incapaz de mirar nada, de ver nada, como si todos sus sentidos se hubieran atrofiado, como si sólo viviera en él un oscuro pensamiento secreto. Al abrir de nuevo los ojos miró desorientado en torno suyo, como si no supiera dónde estaba.

Pero era aquel pensamiento secreto el que le daba fuerzas. Era aquel pensamiento secreto el que guiaba sus pasos. Sujetó con fuerza la maleta y entró en el hotel.

Ahora tenía los ojos muy abiertos. Su mirada era fija e hipnótica.

No se detuvo ante conserjería. Fue directamente a los ascensores, que estaban más allá de la espléndida galería comercial. Uno de los empleados, que hablaba un correcto castellano, le llamó:

– Eh, señor Méndez.

– ¿Qué hay?

– La señorita Alonso ha preguntado por usted. Ha dicho que, por favor, cuando volviese la viera enseguida.

– Gracias. Lo haré… más tarde.

– Perdone, pero es que me ha dicho que era urgente.

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