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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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Su voz era baja, suave.

Sólo Galán podía oírla.

Y Galán musitó:

– ¿Qué fue lo que llegó a sospechar?

– Que iba a hacer algo repugnante, pero sin poder precisar mi idea. Como primera medida para tratar de evitarlo, contraté a un detective para que vigilase a Ismael día y noche. No fue mucho lo que me pudo decir, excepto que se había entrevistado muy discretamente con un policía que podía ser importante, un tipo llamado Marquina. Ésa, en realidad, parecía una buena noticia. Casi me alivió, pero el alivio duró muy poco.

– ¿Hasta cuándo?

– Hasta que supe que Marquina había sido asesinado. Y que muy cerca de su casa, en el Paralelo, había sido tiroteado un delincuente llamado Ángel Martín, el cual murió luego. Todo eso lo tuve que relacionar a la fuerza, porque siempre aparecía en escena el mismo policía, el maldito Méndez, con el secuestro y la muerte de una niña subnormal. Aún no sabía nada con certeza, pero mis sospechas eran tan angustiosas que acusé a Ismael del crimen. En el fondo aún estaba seguro de que me equivocaba, de que él me insultaría o se reiría de mí. Pero no hizo nada de eso.

– ¿Qué hizo?

– Me amenazó. Juró que me mataría si yo comunicaba a alguien mis sospechas. Entonces supe, mientras el mundo se hundía bajo mis pies, que él era un asqueroso asesino. Y eso no fue lo peor. Me prometió dinero para muy pronto. Supe entonces que quizás había fallado en su primer crimen, pero que intentaría otro.

Galán necesitó apoyarse en la pared.

Ya no se tenía en pie.

Con un hilo de voz preguntó:

– ¿Por qué no lo denunció?

– ¿Sí? ¿Y hundir nuestro apellido? ¿Y a nuestra familia? ¿Y exponerme además a la venganza de un verdadero asesino? No. Era mejor emplear su táctica. Pagar a un verdadero profesional. Puesto que Ismael siempre decía que iban a matarle, a nadie le extrañaría que lo matasen de verdad. Por eso lo busqué a usted, Galán. Terminaría con el problema sin vergüenza para la familia. Pero fue usted quien me dijo que otro asesino al que conocía, Fernando Torres, ya iba detrás de mi hermano.

– Claro. Creí que era mi deber decírselo.

– No niego que sentí alivio. Pensé que otro se encargaría de lo que odiaba tener que encargarme yo. Pero entonces Ismael me visitó para reiterar sus amenazas y para pedirme más dinero. Todo iba a salir bien, me dijo, pero de momento tenía muchos gastos al haber contratado a un hombre llamado Fernando Torres. Hasta me concretó la cifra que le había ofrecido por un «trabajo», sin decirme qué trabajo era. Naturalmente, él pensaba que me dejaba en blanco. Que yo no podía imaginar quién era Fernando Torres. Que no podía deducir nada. Pero con lo que usted me había dicho, Galán, sobre la profesión de aquel tipo, supe de qué se trataba. O lo sospeché. No era tan difícil, conociendo a Ismael. Me lo callé todo, por supuesto, ante usted, y en especial la circunstancia de que yo era hermano del hombre al que usted tenía que matar. Como es normal en estos casos, no le di ningún dato ni facilidades para que lo averiguase. Pero pensando en la cifra que me había pedido mi hermano, quizá le comenté lo que solía cobrar un hombre como Torres. ¿Usted pensó que él tenía que matar realmente a Ismael?

– Sí -susurró Galán-, y hasta pensé que lo pagaba también usted para asegurarse el resultado.

– No era eso. Yo sólo quería que… Sólo quería…

No pudo seguir hablando. Todo su cuerpo se arqueo mientras quedaba dramáticamente doblado sobre la silla, a punto de vomitar, La angustia le impedía decir una palabra más, pero de todos modos tampoco hubiera podido pronunciarla. Ni le convenía hacerlo, so pena de declararse culpable ante todo el mundo. En el pasillo, de pronto, habían aparecido dos policías con uniformes azules. I tetras de ellos, l n misión de rigurosa retaguardia, venía un tipo gordo que debía di li I uno de los gerentes del hotel.

Fue él quien en correcto castellano barbotó, mientras las primeras puertas empezaban a abrirse:

– Pero ¿qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién se atreve a ensuciar el honor del Marriott?

Salomón tuvo una arcada. Pero con un terrible esfuerzo fue él quien balbució:

– Yo he sido testigo… Este hombre ha matado a mi hermano, pero lo ha hecho para salvar la vida de una mujer ciega, la señorita Alonso. Ella lo confirmará también. Mi hermano estaba… sometido a tratamiento… Creo que había acabado de volverse loco.

– Quizá lo que ustedes digan no baste… -gimió el gerente del hotel-. ¡Hace falta que lo confirme alguien más, que todo quede bien claro…! ¡No consentiré dudas sobre algo que ha ocurrido en el Marriott!

El Marriott parecía ser la única cosa que le importaba en la vida.

Méndez, que acababa de salir tambaleándose de la habitación, mostró su placa con los dedos todavía manchados de sangre. La placa no tenía ningún valor oficial allí, pero la palabra «policía» la entiende todo el mundo, aunque la esgrima un tipo como Méndez.

El gerente, por supuesto, la entendió. Preguntó con voz tensa:

– ¿Qué va a declarar usted?

– Lo mismo que dice Salomón Gandaria. Su hermano Ismael me ha atacado a mí por… por sorpresa antes que a la mujer. Si no llega a ser por sorpresa, qué coño va a tumbarme. Y oiga una cosa, amigo.

– ¿Qué…?

– Yo soy un policía español, aunque España, en beneficio de su decoro, trate de ocultarlo por todos los medios. Éstos son ciudadanos españoles. Ya sé que la policía egipcia tiene que intervenir, pero será mucho mejor que me dejen a mí el asunto. No saben ustedes la cantidad de molestias que se van a ahorrar.

– Es un asunto a considerar, claro… -dijo el gerente pensativamente-. Supongo que será lo mejor para el buen nombre del hotel. De todos modos deberán quedarse aquí durante las formalidades, en especial usted, señor… ¿Cómo ha dicho que se llamaba…?

– Méndez.

– Bien, señor Méndez. La señorita Alonso será atendida, y en cuanto al señor Salomón Gandaria, ¿se llama así, verdad?, será mejor que se retire a su habitación. Usted debe quedarse porque es otro hombre -señaló a Galán- también, porque podría ser el culpable.

Todo aquello pareció absolutamente lógico a Méndez. Hizo una seña a Galán y entraron los dos de nuevo en la habitación, junto con los dos policías egipcios. Uno de ellos se hizo cargo de la pistola de Galán.

Éste encendió un cigarrillo, sin querer mirar el cadáver de Gandaria. Los dedos le temblaban quizá por primera vez en su vida.

Méndez dejó cuidadosamente a un lado la maleta con el dinero y se apartó, porque siempre había sustentado la creencia de que toda cantidad superior a mil euros puede desprender radiaciones maléficas.

– ¿Por qué se escapó del hospital, Galán? -musitó, sabiendo que los dos policías egipcios no podían entenderle-. ¿No se dio cuenta deque era una locura?

– Toda la vida he hecho locuras.

– Como la de intentar matar a Gandaria, por ejemplo.

– Para eso me pagaban. Pero no me pude dar cuenta de cuál era la verdadera situación. Cometí más errores que en todo el resto de mi vida.

– ¿No se dio cuenta de que, al ver que estaba vivo, Ismael Gandaria extremaba las atenciones hacia usted? ¿No comprendió que esto formaba parte de un plan para aparecer como el hombre más inocente del mundo?

Galán se derrumbó sobre una butaca. No podía tenerse en pie.

– Claro que lo pensé -murmuró-. Fue eso lo que me hizo comprender que sucedería algo más grave aún, y que tenía que estar en El Cairo si quería proteger a la niña.

– ¿Protegerla por qué? -preguntó Méndez tensando el cuello-. ¿Por qué?

Los ojos de Galán se cerraron un momento. No era solo la herida, no era sólo el cansancio, pensó Méndez. Había algo más. Méndez, que siempre había flotado entre viejas historias, se dio cuenta de que allí flotaba otra vieja historia. Y encontró un terrible vacío en los ojos de Galán, cuando Galán abrió los ojos.

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