Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
Hubo entonces un brusco silencio.
Méndez alzó un dedo delgado y sinuoso.
Apuntó con él a Gandaria.
Se oía la respiración silbante de éste.
Méndez susurró:
– Quedamos en que ese dinero se lo ha ido quedando usted. ¿Qué tiene que decir?
– Sólo tres palabras.
– ¿Cuáles?
– Hijo de puta.
Méndez ni se inmutó.
Su dedo largo y sinuoso seguía apuntando a Gandaria.
– Pero el resultado era que los negocios se descapitalizaban, ¿sigue diciéndose así?, e iban quedando en una situación cada vez más difícil – murmuró-. Eso a usted no le importaba, claro. Usted estaba haciendo un negocio fabuloso llevándose la pasta. Y con su aureola de dignidad podía permitirse el lujo de no dar demasiadas explicaciones a los otros amos del dinero, o sea los socios y los bancos. Claro que alguna explicación hay que acabar dando. En esta vida hay que acabar dando explicaciones a todos, incluso a la mujer cuando estrena un body con medias negras y tú nada. Ni con grúa. Esas explicaciones, por ejemplo, digo yo, acostumbran ser peligrosísimas.
Los dientes de Gandaria rechinaron.
Ahora sí que se puso en pie.
Con los brazos tensos masculló:
– Le voy a echar, Méndez. Llamaré al detective del hotel. O lo en viaré fuera a patadas yo mismo. Sus palabras me darían asco si no mi dieran antes una cosa más importante: risa.
– Pues ríase.
Con una mueca de desprecio, Gandaria fue hacia la puerta.
Pero la voz de Méndez sonó como un trallazo.
– Le conviene quedarse, Gandaria. Le conviene seguir tronchándose.
Con la mano en el pomo, Gandaria se detuvo. La mueca de desprecio se hizo más amplia cuando hasta él llegó nuevamente la voz de Méndez.
– No me extraña que usted necesitara pasta gansa, amigo mío. Ni siquiera hace falta ir preguntando por ahí para saber que le gustan los manteles de Arzak cuando está en España, los de Maxim's cuando está en Francia y los de Laurent cuando está en Nueva York. Que le gustan los Vega-Sicilia, los Marqués de Riscal y los Chateau d'Iquem. Pero eso no significaría gran cosa para una fortuna como la suya si no le gustaran también los Montecristo del uno. Aunque eso ¿en qué puede dañarle? Tampoco significaría nada si no le gustaran, como complemento, los culos de las pocas vedettes que aún están en buen uso, o sea las pocas que aún tienen culo. Precisamente por eso, porque hay pocas, resultan carísimas, al margen de que buena parte de ellas se dedican a la vida hogareña, la castidad y las obras pías. ¿Qué se ha hecho, señor Gandaria, de aquellas grandes vedettes que yo había conocido, que tenían un querido para cada día de la semana, y el domingo lo dedicaban a los gobernadores civiles y los prelados domésticos? El caso es que sus gastos en hímenes y otros desperfectos desequilibrarían el Manhattan Chase Bank, ¿se dice también así?, y han desequilibrado las empresas. Como además usted no se ocupa de trabajar, y como encima quiere tener un porvenir asegurado con más hímenes y más desperfectos, no me extraña que todo el dinero que se ha guardado aún le parezca poco.
– Eso no es verdad, Méndez. Pero en todo caso sería asunto mío, de mis banqueros y de mis socios.
– ¡Justo! -Méndez volvió a señalarle con el dedo y a adoptar una voz meliflua-. Justo, señor Gandaria, usted me acaba de reconducir a la verdadera situación. Los banqueros y los socios ya empezaban a no explicarse muchos fallos. Pedían cuentas. Y usted comprendió que necesitaba dinero, un último golpe de dinero para dos cosas.
– ¿Qué dos cosas?
– Me he explicado maclass="underline" una de dos. O bien dinero para tapar sus agujeros y restablecer la confianza y la situación inicial o bien dinero para darse el piro con todo atado y bien atado, como se decía en los buenos tiempos. En todo caso le hacía falta una última entrada de pasta.
– ¿Qué está tratando de decir, Méndez?
– Pues mire, ya que me lo pregunta, estoy tratando de decir dos cosas -murmuró Méndez, encogiéndose de hombros con desenvoltura.
Y añadió, mirando de soslayo a Gandaria:
– La primera era casi obligada. Usted, para asumir bien su papel, para aparecer siempre como una víctima, para alejar de sí las sospechas, necesitaba demostrar que corría un gran peligro, de muerte. Que ETA iba a acabar con usted. Que necesitaba incluso protección.
– ¿Y qué? Mucha gente la tiene. Hoy día la tienen hasta las criadas de los ministros, no sea que alguien les contagie el sida.
– Eso es verdad, señor Gandaria. ¡Qué gran verdad! Mucha gente contrata a su guardaespaldas, pero nadie contrata a su propio asesino.
La derecha de Gandaria tembló un momento en el aire.
Barbotó:
– ¿Qué dice…?
– Lo que está oyendo, pedazo de cabrón, y perdone que no emplee otras palabras más circunspectas ni me meta, por ejemplo, con la dilatación de su esfínter. Usted contrató a Fernando Torres para que le matara. Le pagó algún dinero, pero prometió pagarle mucho más si hacía bien su trabajo. Por supuesto no lo contrató usted, ya que eso hubiera sido estúpido. El trato lo hizo por teléfono uno de sus propios guardaespaldas.
Gandaria lanzó una risita.
– Está loco, Méndez -susurró-. ¿Iba yo a pagar dinero para correr peligro de muerte?
– No lo corría.
– ¿Cómo que no?
– Nunca se corre peligro cuando uno sabe quién es el que le viene detrás, y cuando dos guardaespaldas que conocen perfectamente sus costumbres lo controlan minuto a minuto. El único resultado lógico fue justamente el resultado que se produjo: todos ustedes dieron una oportunidad a Fernando Torres. Y como la oportunidad estaba perfectamente controlada, uno de los guardaespaldas lo acabó matando. Y además en público y de una manera espectacular, que era lo que le convenía.
– Sigue estando loco. ¿Qué ganaba yo con eso?
– Demostrar que, efectivamente, corría un enorme peligro. Una vez muerto Fernando Torres, se estudiarían todos sus antecedentes y se sabría que había sido un asesino profesional de primera clase. Usted, Gandaria, podría seguir, entre toda clase de aplausos, su carrera de gran hombre. Ninguno de sus socios se atrevería a atacarle, aunque sólo fuera por temor a la opinión pública. Y ninguno de los bancos. No se ataca a un símbolo.
Méndez añadió:
– Pero le estaba hablando del dinero, amigo Gandaria. Del gran dinero. Era el que necesitaba para una de esas dos cosas que le he dicho antes. Y pensó obtenerlo de la forma más sencilla: haciendo secuestrar a una pobre niña.
Hubo un brusco silencio. Se pudo oír en la habitación el jadear de los dos. Sobre todo el de Méndez, cuya garganta arrastraba licores de baja crianza, vinos de economato militar y todo un museo de nicotinas.
– Parecía sencillo -añadió-, pero le salió mal. El encargado de llevar adelante el asunto, Ángel Martín, lo estropeó por completo. Claro que usted reaccionó inmediatamente y cortó todos los hilos y todos los contactos que podían unirle a él, incluso el del policía Marquina. Me maravilla la limpieza de su ejecución, ¿sabe?, por medio de aquella chica a la que me gustaría conocer por simple curiosidad de colega, pero a la que me he resignado a no encontrar nunca. Y no crea que me importa. No puedo sentir odio hacia el que mata a un bicho como Marquina.