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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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– ¿De veras? ¿Quiere que me siga riendo? ¿Cuál es?

– Una cosa que estuvo en el aire.

– ¿Pero de qué leches me habla?

– De una canción.

Gandaria le miró como una persona inteligente miraría a un verdadero loco.

– No sabía que las canciones fuesen pruebas, Méndez -dijo al fin con desprecio.

– Esta, sí.

– ¿Por qué?

– Usted grabó la última amenaza contra Clara Alonso en un pequeño sector de una casete musical. No quiso correr ningún peligro inútil, y para eso disfrazó muy bien la voz y además la dotó de un fondo musical muy bien estudiado, que contribuía a distorsionar las palabras. Todo eso lo tuvo que hacer lógicamente en su camarote delNile Dream.

Méndez fue hasta la pared de la habitación, se volvió de pronto, y ante el silencio del otro siguió:

– No era difícil, puesto que le bastaba con obtener el fondo musical de otra casete que haría sonar al lado, de tal modo que la música se grabase también mientras usted hablaba. Pero había un pequeño detalle, claro. Un pequeñísimo detalle. Cualquier sonido un poco fuerte que llegara a la habitación lo recogía también la cinta que estaba grabando.

– ¿Y qué?

– No parecía importante al principio, claro. Nada importante. Me costó darme cuenta de que una canción que se oía muy poco, por debajo de la música de fondo, era una canción en árabe muy mal entonada. ¿Y si procedía de un camarero? ¿O de un cocinero? ¿Qué se podía oír desde su camarote, señor Gandaria? Por eso me he molestado en volar otra vez a Luxor, antes de que elNile Dream iniciara el regreso a Asuán, y en permanecer unos momentos en todos los camarotes de su cubierta. Sólo desde el que usted ocupó se puede oír una canción procedente de las cocinas, amigo Gandaria. Y he localizado al hombre que canta en la cinta. Está dispuesto a testificar.

– No me haga reír. Puede causarme molestias, pero usted sabe perfectamente que una cosa así no le serviría de nada.

– Es que hay otro detalle, amigo.

– ¿Otro detalle? ¿Cuál?

– Sus guardaespaldas.

– ¿Qué pasa con ellos?

– Han muerto.

En el rostro de Gandaria no hubo la más leve alteración. Habitualmente expresivo, el hombre no movió una ceja esta vez. Se limitó a preguntar con desprecio:

– ¿Dónde?

– En el mayor cementerio de El Cairo, donde usted los envió. Cerca de ese monumento tan singular que se llama la Tumba de los Mamelucos. Usted envió uno allí a cobrar el rescate y otro a cubrirle el camino hacia la salida del cementerio. Tal vez usted ha pensado, al verme llegar con esta maleta, que no contiene dólares. Pues sí, señor, los contiene. O tal vez ha pensado que no me presenté en el lugar de la cita. Pues sí, señor, me presenté. A partir de este detalle, ya puede adivinar que sus dos gorilas están muertos, porque de lo contrario tendrían ellos el dinero, no yo. Pero no piense que me los he cargado con mi propia mano, respetado señor Gandaria. Me valoraría en mucho si pensara eso. A mi edad yo ya sólo puedo matar, y eso tras un largo entrenamiento y si tengo el armamento adecuado, a uno de los que venden los cupones de la ONCE.

Se oyó el crujido de las mandíbulas de Gandaria.

– Si no los ha matado usted, Méndez -barbotó-, ¿quién…?

– Al primero lo mató la policía. Al segundo, el que tenía que cubrir la retirada, no sé con certeza quién se lo cargó, aunque lo supongo Pero, en fin, me basta con los dos cadáveres. Cuando se compruebe quiénes son y un juez pregunte qué leches hacían allí y por cuenta de quién obraban, va a ser todo una maravilla, señor Gandaria.

– ¿Sí? ¿Y quién va a contestar a esas preguntas? ¿Los dos muertos?

– No, señor Gandaria. Dos muertos no. Dos policías.

– ¿Quiénes?

– El que mató al primer guardaespaldas y yo. Comprendo que valga poco, pero ese día, cuando tenga que declarar, me cepillaré el traje para causarle buena impresión al juez.

Méndez sabía que estaba mintiendo, porque nada de aquello era posible. En primer lugar, no aparecerían los cadáveres de los dos guardaespaldas. Ni siquiera estaba seguro de que fuesen los guardaespaldas de Gandaria, puesto que no les había visto la cara. Tampoco aparecería, claro que no, el cuerpo del subcomisario Ceballos. El inmenso cementerio, más lleno de vivos que de muertos, se lo tragaría todo. Pero él necesitaba mentir, necesitaba demostrarle a Gandaria que disponía de pruebas contundentes. Sólo así hundiría a aquel hombre que contaba con todo y lo había previsto todo.

Se dio cuenta de que tenía razón.

Por primera vez, los párpados de Gandaria temblaron.

Su cuerpo se tensó.

Méndez contaba con eso.

Con la misma voz indiferente que hubiese podido tener en un bar de su distrito, murmuró:

– Puede que vaya armado, Gandaria, pero le aconsejo que lo olvide. Un tiroteo aquí, en el centro de uno de los mayores hoteles de la ciudad, no le servirá de nada. Y puestos a armar ruido, le aseguro que soy mas rápido y tengo más mala leche que usted.

Méndez volvía a mentir. Ahora no disponía de su revólver, sino solo de su navaja, pero Gandaria no lo sabía. Jamás se atrevería a resistir, sabiendo que podían dejarlo seco allí mismo.

Pero entonces ocurrió.

Méndez no esperaba aquello.

Era incapaz de imaginarlo siquiera.

En aquel momento estaba diciendo:

– Voy a detenerle, Gandaria. Apóyese en la pared con las manos en alto. Va a arrepentirse de haber nacido, aunque me cago en el día que en España suprimieron la pena de muerte.

No había terminado de decir esas palabras cuando una puerta se abrió a su espalda.

Era la del cuarto de baño.

Y una voz dijo:

– Me temo que ha perdido la partida. Deje en paz a Gandaria, Méndez.

Méndez tensó el cuello, sintiendo que se le cortaba la respiración.

Sintió frío en la columna vertebral.

Porque había reconocido muy bien aquella voz.

Era la voz de Clara Alonso.

34 «YO TENGO MI LEY»

Hay una lógica del horror. Hay una lógica de la desdicha. Incluso mu cierta lógica del absurdo. Pero Méndez supo en aquel momento que no hay una lógica del asco.

Sus rodillas parecieron doblarse.

Nunca le había ocurrido nada igual.

Su cuerpo vaciló.

Oyó el suave taconeo a su espalda.

Méndez quiso volverse.

Ni eso pudo hacer.

La voz de Clara Alonso dijo entonces suavemente:

– Soy yo la que tiene su revólver, Méndez. Ya sabe que se lo hicimos dejar en el hotel. Y sabe también que un Phyton no perdona.

Méndez sabía eso. Claro que lo sabía. Sus sesos -o lo que quedara de ellos después de tanto alimentarlos con vino barato- quedarían clavados hasta en el techo. Pero no era miedo lo que sentía. Era otra cosa. Logró encontrar un resto de voz para decir:

– Usted es una ciega de verdad, Clara Alonso. Una ciega. No puede apuntar a ninguna parte.

Ella siguió avanzando. En el silencio espantoso de la habitación, su taconeo era como el sonido de un tambor.

– Se equivoca, Méndez -susurró.

– Sé que es una ciega, Clara. Lo he comprobado mas de una ve/. Al principio sospeché que no lo era, que estaba fingiendo miserablemente. Por eso anoté todos los detalles. Y ahora sé que no puede verme Que no puede apuntarme… ni me puede matar.

– Vuelve a equivocarse, Méndez. Usted no puede entenderlo porque no ha nacido ciego. No puede darse cuenta de que capto una respiración por leve que sea. De que huelo como los perros. De que oigo hasta el sonido que produce al moverse la tela de un traje. -Avanzó un paso más-. Ahora mismo sé que está a mi izquierda.

Si no hubiese sentido tanta turbación, tanto asco, tanta náusea, Méndez hubiese lanzado una carcajada de burla.

Porque no estaba a su izquierda, sino a su derecha.

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