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Historia de Dios en una esquina

Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:

El descubrimiento del cadáver de una niña, hija adoptiva de una rica familia, llevará al inspector Méndez a husmear por las viejas calles de Barcelona, una ciudad en continua reconstrucción, y por las ruinas eternas de Egipto.
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– Está divagando, Méndez. Usted mismo sabe que no tiene idea de lo que dice.

Como si no le hubiera oído, Méndez continuó:

– Bueno, el caso es que el asunto salió mal, aunque usted seguía libre de toda sospecha. Y yo me pregunto ahora si, caso de salir el negocio bien, hubiera necesitado usted toda la comedia del Hotel Palace. No, yo pienso que no. Usted, con el dinero, o hubiese restablecido la situación de sus empresas o, cosa más probable, se hubiera largado con el botín sin prisa alguna y en el momento más favorable. Pero la cosa había salido mal y usted necesitaba repetir el golpe. La víctima, eso lo había comprobado, era extraordinariamente vulnerable. Y estaba en el Hotel Palace. Y usted podía perfectamente alojarse allí. Y ganarse su entera confianza. Y ser el hombre menos sospechoso del mundo. Y aparecer más que nunca como un símbolo. Usted le apretó hasta el tope las tuercas a una pobre ciega porque supo que ella cedería.

– ¿Sí? ¿Y cómo le apreté las tuercas, Méndez?

Méndez escupió antes de pronunciar un solo nombre:

– Rosendo Valle.

– ¿Quién es Rosendo Valle?

Con una mala educación absoluta, Méndez volvió a escupir ostensiblemente antes de decir:

– «Era.» Usted sabe que está muerto. Lo debió leer en los periódicos. En el Hotel Palace los sirven con el café.

Gandaria se encogió de hombros.

– Si apareció en la sección de sucesos, yo no la leo nunca. Eso lo dejo para la gentuza como usted, que es la que busca allí su nombre.

– Me parece una sana costumbre, amigo Gandaria, pero de todos modos usted sabía quién era ese tipejo antes de que su apellido chorreante no ya de sangre, sino de mierda, apareciese en las páginas de sucesos. Usted -por medio de uno de sus guardaespaldas, naturalmente- lo contrató para violar a Clara Alonso, una pobre mujer ciega.

Ahora Méndez se puso en pie. Su mandíbula tembló un momento, sus dientes, donde estaba toda la historia de Tabacalera S.A., rechinaron con suavidad.

– Rosendo Valle era la rata de alcantarilla más asquerosa y sifilítica que ha corrido jamás por las calles de Madrid -dijo-. Bien muerto está. Que le den. Su trabajo consistía en hundir para siempre a Clara Alonso. En demostrar que estaba absolutamente indefensa. Que no podía hacer nada. Sólo con aquella terrible prueba, ella ya pagana lo que le pidiesen. Pero también le salió mal, Gandaria. Hay que ver. A Rosendo Valle se lo cepillaron con chilaba y todo. Y usted no tuvo más remedio que seguir con su plan. Qué lástima.

Apuntó de nuevo a Gandaria.

– Naturalmente que tenía que seguir con su plan -mascullo-. Por eso vino al Nilo en el mismo barco que la niña. Sus dos guardaespaldas o sus dos compinches, como prefiera llamarlos, viajaban en otro buque que tenía que encontrarse con elNile Dream en unos cuantos lugares básicos. Y por supuesto, lo primero que tuvieron que hacer fue liquidar a Quílez, que había sido contratado para proteger a la pequeña Olga. De ese modo quedaba completamente indefensa. Ah… Celebro que no diese la orden de que se me cargaran también a mí.

– Uno no tiene que entretenerse demasiado aplastando gusanos -dijo ambiguamente Gandaria-. No molestan.

Méndez lanzó una risita seca.

– Usted no cree ni una palabra de lo que he estado diciendo hasta ahora, ¿verdad, señor Gandaria? -preguntó, cambiando de pronto el tono de su voz y haciéndola tan respetuosa como si hablara con una persona inasequible, o sea una señora de al menos quinientos euros.

– ¿Cómo piensa que voy a creerle?

– ¿Entonces por qué me escucha tan amablemente, señor Gandaria?

– Por una sencilla razón.

– ¿Cuál?

– Las historias de locos y las historias de maricones siempre me han divertido.

– Tiene razón. Ésta es una historia de locos y de maricones -dijo Méndez con la misma amabilidad cortesana-, o sea que es una historia civilizada y culta. Pero no sé si me permitirá hacerle una pregunta, señor Gandaria. No sé si será abusar de su cortesía.

– Después de tantas barbaridades, no importa una más. Hasta puede ser divertido.

– Hay algo que no entiendo, señor Gandaria: ¿por qué quiere matarle su hermano Salomón?

– ¿Qué dice? ¿Hasta qué extremos va a llegar? ¿Supone que Salomón piensa acabar conmigo?

– No lo piensa, lo hace. Pero es algo que no entiendo, ¿sabe, respetado señor Gandaria? No entiendo por qué quiere matarle, aunque supongo que lo averiguaré. De todos modos, ¿qué importa ahora ese detalle. Lo cierto es que usted sabe, lo misino que yo, que Galán no es un ayuda de cámara, sino un guardaespaldas, o mas exactamente un asesino profesional. Y digo que lo sabe lo mismo que yo porque estuvo siempre preparado para evitar el ataque de Galán. Hasta que comprendió que la noche en el templo de Karnak era la última oportunidad que Galán tenía. Y decidió aprovecharla en beneficio propio.

– ¿En mi beneficio? ¿Cómo?

– A usted le seguía interesando jugar el papel de irreprochable ciudadano que corre peligro en todas partes.

– ¿Sí? Pero ¿qué está diciendo? ¿Usted sabe la oscuridad que imperaba en Karnak? ¿Cómo coño lo hice?

– De oscuridad estoy hablando, amigo Gandaria -dijo calmosamente Méndez-. De oscuridad. Usted no sólo alertó a sus guardaespaldas para que estuvieran atentos y vigilaran obsesivamente a Galán, sino que utilizó dos elementos que hasta entonces no había utilizado.

– ¿Sí? ¿Cuáles?

– Uno era un traje claro, perfectamente visible incluso en la penumbra más espesa. Aparentemente era una imprudencia, porque así Galán podía seguirle mejor. Pero en realidad era su mejor defensa, porque de ese modo sus guardaespaldas podían conocer perfectamente sus movimientos y situación. No olvidemos que ellos también estaban mezclados con la multitud y muy cerca. Y no olvidemos tampoco, Dios nos libre, una maravilla de la técnica que hoy día ya no es tan maravillosa. Me refiero al pequeño audífono para sordera que usted ha estrenado en este viaje a Egipto. Por cierto, ¿por qué no lo lleva aquí, en su habitación, señor Gandaria? ¿Ya oye bien?

– Oigo como me da la gana.

– Claro, por supuesto. Ha oído como le da la gana ahora y siempre. En realidad usted oye muy bien. Pero necesitaba un micro para recibir las advertencias de sus guardaespaldas, quienes le protegían viendo lo que usted no podía ver. Y esa mágica noche de Karnak llevó el micro, por supuesto, ya que era una pieza esencial. Sus gorilas tenían que avisarle del momento exacto en que Galán actuaría, para que pudiese flexionar su cuerpo hacia el lado que le indicaran y esquivar el golpe. Claro que esa noche hubo en el micro un detalle adicional y lleno de delicadeza: usted lo rodeó con un pequeño hilo fosforescente. Todos los testigos me han hablado de ese leve detalle de luz. ¿Y para qué servía? Pues, con toda probabilidad, para que sus gorilas supieran perfectamente, si la oscuridad llegaba a ser excesiva, dónde estaba usted. Con un leve movimiento no sólo se libraría de Galán, sino que ellos podrían matarlo. Galán está vivo por verdadero milagro, amigo mío. Las balas tenían que haberlo dejado seco allí mismo.

Méndez hizo un gesto de indiferencia y añadió:

– Pero usted sigue sin creer una palabra, ¿verdad?

– Sigo riéndome de todo lo que dice.

– Está completamente seguro de que todo esto son suposiciones y de que nunca se podrá probar nada.

– Estoy seguro de eso porque lo que usted dice, Méndez, es una delirante fantasía. Pero aunque fuera verdad, la situación seguiría siendo la misma: nunca se podría probar nada.

– Excepto por un detalle. O por dos. Pero permítame que como yo soy un hombre de mente ordenada y que merecería haber estudiado en los jesuitas, empiece por el primero de esos detalles.

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