Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
– Comprendo que sienta impaciencia -susurró Méndez-. Y enseguida iré. Pero antes necesito pasar… por otro sitio.
– Bien, señor.
Méndez no le miró. En realidad tenía la mirada perdida. Siguió andando.
Tomó el ascensor. Sujetando fuertemente el asa de la maleta, anduvo un trecho del pasillo. Se detuvo ante una de las puertas y llamó con los nudillos mientras preguntaba:
– Soy Méndez. ¿Me puede abrir, señor Gandaria?
El propio Gandaria le abrió. Iba perfectamente vestido, como si se dispusiera a salir. Miró a Méndez de arriba abajo, sorprendido, sin acertar al principio a decir una sola palabra.
– ¿Usted…? -musitó finalmente.
– Siento molestarle. ¿Me permite pasar?
– Pues claro, Méndez… Pase. La verdad es que no esperaba su visita… ¿A qué ha venido?
Méndez tomó asiento en una de las butacas de la habitación sin que el otro le invitase. Su mirada era plácida. Su sonrisa era decadente y un poco amanerada. Susurró:
– ¿Me pregunta a qué he venido…? Pues he venido a traerle su dinero, señor Gandaria.
Y señaló la maleta, que acababa de depositar en el suelo. Gandaria se dejó caer en la otra butaca, frente a él, y por unos instantes le miró como si no comprendiese.
– ¿Mi dinero…? -balbució finalmente.
– Sí, señor Gandaria. En billetes de mil dólares, que pesan y abultan poco.
– Pero ¿qué dice…? ¿A mí ha venido a traerme eso? ¿Y ese dinero qué es?
– La cantidad exigida para que no le pase nada a la hija de Clara Alonso, señor Gandaria.
El empresario le volvió a mirar de arriba abajo. Daba la impresión de no entender nada. Al final hizo un gesto de desprecio y musitó:
– ¿Está loco?
– Necesitaría estarlo, señor Gandaria, porque así no sentiría tanta repugnancia ante lo que tengo que ver.
– ¿Y qué es lo que le produce tanta repugnancia, Méndez, si puede saberse?
– Los negocios, amigo, los negocios.
– No me extraña, Méndez. Usted ha sido siempre un muerto de hambre. Y ahora le recuerdo que estoy de vacaciones. Dígame por qué demonios ha venido a molestarme. Y luego váyase.
– Ya se lo he dicho: he venido a traerle este dinero que usted esperaba. Y a hablar.
– ¿A hablar de qué?
– Por ejemplo, de los negocios que se arruinan en el País Vasco.
– Eso no le importa. Ni siquiera ha estado usted allí.
– Por desgracia, es cierto -dijo Méndez en tono plañidero-. Nunca he estado en el País Vasco, una de las tierras más bonitas que existen.
Y he perdido lastimosamente la oportunidad de fisgar en sus restaurantes, tabernas, figones y sociedades gastronómicas. Nunca le he tocado el pandero a una tía de buen ver y que encima se llamara Nicolasa. Nunca una cocinera de las que valen la pena me ha invitado a mesa y cama mientras su marido estaba en un levantamiento de piedra. Ni he oído a los orfeones. Ni he ido de copas, en horas rigurosamente nocturnas, por calles que olían a puerto y a vino de segunda boca. Son muchos los que opinan que me he perdido lo mejor de la vida, y yo pienso que tienen razón. Ya ve.
Gandaria hizo un gesto de asco.
– No me explique ahora las desgracias de su estómago, Méndez. O las de su membrillo viril, si es que lo conserva. Me hablaba de negocios que se hunden. Por ejemplo, ¿qué negocios?
– El suyo, señor Gandaria. Los suyos, mejor dicho -afirmó dulcemente Méndez, mientras movía las manos como si fuese a darle la bendición.
– Mis negocios van bien, Méndez. No tiene derecho ni a mencionarlos.
– No, amigo, no van bien. Hasta el momento ha logrado mantener usted una apariencia de solidez, porque es cierto que entran grandes cantidades de dinero. Pero las cantidades que salen son mayores toda vía. ¿Sabe que leí y releí muchos periódicos antes de venir a Egipto? Y no precisamente elFinancial Times, sino las páginas de noticias cortas en La Vanguardia, o el suplemento de Economía de El País. Y me tragué todas esas aburridísimas revistas que hablan del dinero de los otros. Y desde El Cairo he hecho algunas llamadas telefónicas. He hablado con Joaquín Estefanía. Y con Hernández Puértolas. Y con Feliciano Baratech. Y con Enric Tintoré. Y con Jesús Cacho. Y con Enric González. Y con Carlos Bey. Todos alimentaban la misma sospecha, aunque no se atrevían a publicarla porque hay que confirmar muy bien las noticias dañinas y porque usted es una especie de símbolo al que no se debe perjudicar. Pero todos pensaban lo mismo, maldita sea, lo mismo: usted no tiene más que fachada, usted ya no tiene de sus negocios más que la cáscara.
Los labios de Gandaria temblaron un momento. Estaba tenso no a causa del miedo, sino de la indignación. Poco faltó para que tratase se abofetear a Méndez.
Pero éste dijo, con la voz helada que hubiese podido tener un repticlass="underline"
– Deje los cojones donde los tiene. No se mueva, Gandaria.
– Pero ¿usted se ha creído que…?
– No sé de qué se queja. Le estoy hablando educadamente, con voz plañidera, suave y hasta ligeramente amariconada. No sé qué más quiere.
Gandaria barbotó:
– Quiero que me diga de qué está hablando.
– Pues de dinero, amigo. De dinero… ¿No le gusta a usted el tema? Estoy hablando de sus negocios que se han descapitalizado, ¿se dice así?, hasta el extremo de que ya no pueden competir. Pero ¿por qué se han descapitalizado? Pues porque usted se ha llevado enormes cantidades de dinero. Porque usted ha pagado enormes cantidades de dinero a ETA.
Gandaria se mordió el labio inferior.
Sus dedos temblaron y estuvo a punto de levantarse otra vez, pero al fin reconoció de mala gana:
– Sí. He tenido que pagar enormes cantidades de dinero a ETA. ¿Y qué? ¿Me lo va a devolver usted?
– Qué más quisiera… De todos modos celebro que lo confiese, señor Gandaria, porque eso ya lo sospechaban, más bien lo sabían, algunos policías de altura, como por ejemplo el comisario Besteiro, que otea las finanzas del país desde un puesto falso en el Banco de Crédito Industrial.
– Siento que… que lo sepan. Pero en el fondo ya imaginaba que una cosa así no podría mantenerse en secreto siempre. De todos modos, ¿qué iba a hacer?
– Aun así, yo me pregunto una cosa, señor Gandaria.
– ¿Qué?
– Me pregunto por qué se quiso convertir en un símbolo de la resistencia y jurar que nunca pagaría nada a ETA.
– ¿Y por qué no?
– ¿Y por qué sí, señor Gandaria?
– Tiene su lógica. Si aceptaba el robo, no tenía por qué aceptar la humillación. Y al mismo tiempo era mi pequeña venganza. Elevaba la moral de los demás. Muchos empresarios esquilmados habrán recobrado la hombría gracias a mis palabras.
– Admirable apostolado, señor Gandaria.
– Maldita sea la leche que ha mamado, Méndez. ¿Se está burlando de mí?
– Acepto su maldición, señor Gandaria. Algunas de las cosas que he mamado merecen eso y más. Pero yo quería hablarle más bien de dos circunstancias.
– ¿Cuáles?
– Circunstancia primera: ese fortunón que usted se fue llevando a Francia, ante la pasividad más o menos tolerante y ante el despiste, ¿por qué no?, de la policía, no se lo pagó usted ni a ETA ni a la madre que la parió. No se lo pagó a nadie. Se lo quedó usted.
– ¿Qué…?
– Circunstancia número dos: su papel de Gran Resistente estaba perfectamente calculado. Le era muy útil. Y hasta pienso que, de hecho, era el único papel que podía interpretar. Porque si ETA no cobraba, le parecía muy lógico que usted dijera que no iba a cobrar nunca. Todo era coherente. Si, por el contrario, hubiese estado cobrando, las carcajadas se hubiesen oído desde las mesas del restaurante La Merced hasta las mesas del restaurante Las Pocholas, desde las cocinas del Hispania hasta los asadores del Hotel Boix. Y hablo de restaurantes, señor Gandaria, porque sé que así me entiende, porque sé que usted domina la geografía del guiso como domina la geografía del coño. Pero perdone la vulgaridad. Uno ha comido como máximo en Casa Leopoldo, v eso se nota. En fin, que ETA no le dejaba a usted en ridículo poique no tenía motivo para hacerlo. Ante sus jefes, la madre que los parió, USted estaba diciendo la verdad. ¿Y la policía qué? La policía no sabía nada con certeza, no tenía ninguna prueba, y sólo en sus alturas, las de los que comen a costa del contribuyente en Zalacaín y El Cenador del Prado, se sospechaba algo. Pero tampoco iban a ponerle en evidencia a usted, ¿sabe, señor Gandaria? Tampoco. Primero porque no tenían ninguna prueba, insisto. Segundo, porque la actitud de usted les parecía encomiable y útil. Un tío que mantiene alta la bandera de la dignidad. ¡Estupendo! ¿Por qué iban a ser ellos mismos quienes la derribaran…?