Historia de Dios en una esquina
- Автор: Gonz Francisco
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Historia de Dios en una esquina». Краткое содержание книги:
– No lo entenderá, Méndez -dijo con voz muerta
– ¿Por qué no?
– Porque usted nunca ha querido cambiar.
– Bueno, no lo sé -susurró Méndez-. Tal vez es que la calle no me ha dejado. Algún día se escribirá la historia de por qué las calles no dejan cambiar a la gente.
– Yo quise hacerlo -bisbiseó Galán-. A pesar de las calles y a pesar de todo.
– ¿Usted?
– Sí.
– ¿Por qué?
– Quizá sentía asco de mí mismo.
– ¿Y qué trató de hacer?
– Lo que suele hacer todo el mundo: me casé. Usted sabe que todo hombre piensa que necesita encontrar a una mujer o dejar a una mujer para poder cambiar de vida. Yo fui de los que la encuentran. Acepté un empleo rutinario y honorable, un piso tranquilo y honorable. Vivíamos en Madrid, cerca del Campo del Moro y la carretera de Extremadura. Pensé que también tenía una mujer honesta y honorable. Bueno, es verdad, la tenía.
Se pasó una mano por los ojos. Cada vez parecía ser más intensa en él la sensación de vértigo.
– Por supuesto -dijo al cabo de unos instantes, con voz débil-, hasta las mujeres honorables sueñan. Y suelen soñar con maridos emprendedores, poderosos y ricos, aunque no sean honorables. Me di cuenta demasiado tarde de que ése no es el requisito más imprescindible que existe. Llegó un momento en que ella me dijo: «Quédate con tu abono para el autobús. Vete a la mierda».
– Siempre he aconsejado que se acuda a los sitios a pie -susurró Méndez-. Los autobuses son una lata.
– Lo que no sabía -dijo Galán como si no le hubiese oído- era lo que pasaría con la hija que iba a nacer. En fin, ni siquiera sabía que ella estaba embarazada cuando me abandonó por inútil, por miserable, por mierda y por pobre. Usted ha dicho que algún día se escribirá la historia de las calles que no dejan cambiar a la gente, ¿verdad? Pues yo le voy a decir otra cosa, Méndez: algún día se escribirá la historia de las mujeres a las que sus maridos nunca les dieron lo que ellas habían soñado. Y la mía es ésa.
– Está escrita -dijo rápidamente Méndez-. La historia está escrita.
– ¿Dónde?
– En los merecidos cuernos de los maridos y en las casas de pulas. Pero usted me estaba hablando de su hija.
– Sí.
– ¿Qué pasó con ella?
Galán volvió la cabeza para no mirarle. Un sudor helado empezaba a cubrir su cara.
– La abandonó viva en una bolsa de basura.
Méndez sólo fue capaz de decir con voz opaca:
– La muy cabrona.
– Hay palabras peores, Méndez.
– La muy maricona.
– La he buscado por todas partes para matarla. Y algún día daré con ella, se lo juro. Algún día daré con ella.
– Pero ¿por qué una madre abandonó a su hija de ese modo? ¿Por qué? ¿Por qué?
– Tuvo miedo.
– ¿De qué?
– La niña era mongólica.
Todo el cuerpo de Méndez se inclinó hacia adelante. De pronto pareció más cansado, más viejo, más carcomido por el peso de todas las noches que se le habían ido metiendo dentro. Con un hilo de voz farfulló:
– ¿Mongólica… como Olga?
– Sí, Méndez.
– Dios santo…
– ¿Se da cuenta, Méndez?
– No quiero darme cuenta.
– Olga podría ser mi hija.
Una mueca que hubiera podido ser una sonrisa flotó durante un solo segundo en la cara de Galán. Luego hizo un esfuerzo supremo, un esfuerzo en el que parecieron crujir no sólo sus músculos, sino también sus pensamientos, y se puso en pie. Fue tambaleándose hacia la puerta, aunque sabía que no podía salir. Como si fuera a derrumbarse apoyó la cabeza en la pared, junto a uno de los policías egipcios.
Añadió con voz casi inaudible:
– Por eso hubiera muerto para defenderla.
– Lo… lo entiendo.
– Usted no entiende nada, Méndez. Nunca ha tenido hijos. Usted no se da cuenta de que ésta es una cochina historia.
– Galán…
– ¿Qué?
Méndez se retorcía los dedos nerviosamente. -Es usted el que no se da cuenta de que también es una hermosa historia.
Y guardaron silencio los dos. En la habitación parecía flotar de pronto una luz mortecina, un aire irreal, con los dos policías silenciosos y el cadáver de Gandaria cruzado sobre la moqueta. Fue ahora Méndez el que tuvo que cerrar los ojos. Se dio cuenta de que Galán, un asesino profesional, estaba llorando.
– Quisiera enseñarle cosas a Olga… -dijo con voz entrecortada-. Quisiera…
– Se equivoca, Galán.
– ¿En qué?
– Olga le enseñará cosas a usted.
La habitación amplia y lujosa, la luz tamizada, la ventana que daba a la noche de El Cairo, el silencio discreto y acogedor de los sitios bien nacidos. La mueca de Galán, las lágrimas de Galán, los años puestos de pronto en sus ojos, en las mil arrugas de su frente, en las comisuras de la boca. El carraspeo de un policía egipcio, un crujido en la pared, la mirada errabunda de Méndez que sabe que hay algo que se ha detenido en el tiempo.
Y Méndez susurra:
– Olga le enseñará que aún existe la inocencia. Usted y yo lo hemos olvidado, Galán, y quizá necesitamos que alguien nos lo enseñe de nuevo. Usted y yo hemos dejado que cada año nos marque por dentro con una manchita negra, y hemos estado dispuestos a presenciar cómo las manchitas negras también se van marcando en el interior de nuestros hijos. A usted, Galán, le será ahorrado ese espectáculo al que dedicamos nuestra vida.
Avanzó pesadamente hacia la maleta, la tomó, se dirigió a la puerta. Ninguno de los dos policías egipcios hizo el menor ademán para detenerle. Cuando ya Méndez hacía girar el pomo, Galán alzó la cabeza para susurrar:
– Méndez…
– ¿Qué?
– ¿Adónde va?
– A hacer la única cosa buena de esta noche. Este dinero es de Clara Alonso y ya no hace falta pagar nada con él, ¿sabe? Voy a de volvérselo.
Salió. El pasillo volvía a estar vacío, como si jamás hubiese ocurrido nada en él. Méndez avanzó en silencio, con las facciones levemente contraídas. Todas las puertas estaban cerradas. Todas menos la que se abrió bruscamente a su paso.
Y una voz dijo suavemente, saliendo de la oscuridad de la habitación:
– Le estoy apuntando. Entre, Méndez.
Méndez conocía aquella voz. Claro que la conocía. La había oído en una época que ya parecía infinitamente lejana, hundida en el pasado, en un despacho desde el que se veía el viejo Madrid, se oía el rumor del tráfico neocapitalista de la plaza de Neptuno, se veían los leones de las Cortes y se distinguían las tiendas dedicadas al tiempo antiguo.
Méndez entró sin soltar la maleta.
No se le había movido ni un músculo de su rostro. Sus ojos se habían empequeñecido y trataban de habituarse a la oscuridad. Tuvo que pestañear de pronto, casi con un sobresalto, cuando las luces se encendieron bruscamente.
Y entonces lo vio. Era verdad que le estaba apuntando, aunque no parecía dispuesto a disparar. Más bien descansaba en sus labios una sonrisa negligente, casi compasiva, ligeramente cínica.
– Hacía tiempo que no nos veíamos, Méndez -dijo con voz opaca el comisario Besteiro-. Cierre la puerta.
– Bastante tiempo, comisario. Es verdad…, bastante tiempo desde aquel despacho en el que usted ocupaba, junto con su ayudante,el subcomisario Ceballos, un alto cargo bancario que era de tapadillo
– No había nada de tapadillo, Méndez. en eso se equivoca. Era mi alto cargo para poder vigilar desde las alturas. Solo eso.
– Claro, comisario. Claro que sí. Pero también ha investigado usted en las bajuras. También ha investigado al nivel del Nilo.
– Era necesario, Méndez. Quería convencerme de que no se hacía nada ilegal.