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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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El piso franco estaba al este de Hannover, en una gran zona boscosa llamada Eilenriede, en la Hindenburg Strasse, cerca del zoológico. La casa era un edificio grande con un pequeño jardín. Tenía un tejado rojo con mansardas y una torre octogonal en una esquina con una cúpula de acero plateado. En esta torre se encontraba mi habitación, y aunque la puerta no estaba cerrada, me costaba librarme de la impresión de seguir siendo un prisionero. Sobre todo cuando le mencioné a Emile Vigée que había visto a dos hombres de aspecto sospechoso desde mi punto de observación, que se parecía a la torre de Rapunzel.

– Mire, allí -le dije, invitándolo a acercarse a la ventana de mi habitación-. En la Erwinstrasse, ¿los ve?

Asintió.

– Aquellos dos hombres del Citroën negro -añadí-. Llevan allí por lo menos una hora. De vez en cuando uno de ellos sale, se fuma un cigarrillo, y mira hacia aquí. Estoy seguro de que va armado.

– ¿Cómo puede saberlo desde aquí?

– Es un día caluroso, pero lleva abrochados los tres botones de la chaqueta. Y a menudo se acomoda algo en el pecho.

– Tiene muy buena vista, monsieur Kléber.

Cada vez que Vigée me hablaba me llamaba Kléber o Sebastian, para acostumbrarme a oír este nombre.

– Yo era poli, ¿se acuerda?

– No tiene de qué preocuparse. Son de los nuestros. Es más, ellos lo acompañarán a Berlín y lo traerán aquí antes de ir a Göttingen y Friedland. Ambos son alemanes y han hecho este viaje muchas veces; por lo tanto no tendría que haber ningún problema. Trabajan para el VdH aquí, en Hannover. -Consultó su reloj-. Les invité a que viniesen a cenar esta noche. Para que usted tuviese la oportunidad de conocerlos. Han llegado un poco temprano, eso es todo.

Fuimos a cenar al cercano Stadt Halle, el antiguo Hermann Göring Stadt Halle: un gran edificio redondo que recordaba un poco al Gordo Hermann en persona. Con el tejado verde, el lugar era mitad sala de conciertos y mitad carpa de circo, pero, según Vigée, también era un buen restaurante.

– No es tan bueno como los de París, por supuesto -señaló-, pero no está mal para Hannover. Con una carta de vinos muy razonable. -Se encogió de hombros-. Supongo que por eso le gustaba a Göring, ¿no?

Cuando llegamos a cenar, los demás clientes ya se marchaban para ir al concierto del viernes por la noche, y decidí que los franceses sin duda lo habían calculado de esa manera para que pudiésemos hablar sin miedo a ser escuchados. La música ayudó, por supuesto. Era la Tercera Sinfonía, la Escocesa, de Mendelssohn.

A los dos franceses les decepcionó la comida, pero a mí, después de meses de comer en la cárcel, me pareció exquisita. Mis dos compatriotas también tenían mucho apetito, y eran muy poco habladores. Vestían trajes grises para hacer juego con su piel gris. Ninguno de los dos era muy alto. Uno tenía el pelo rubio brillante, sin duda teñido. El otro quizá parecía haber salido de una botella; bebió muchísimo, aunque eso no pareció afectarle en absoluto. El rubio se llamaba Werner Grottsch, y el otro se hacía llamar Klaus Wenger. Ninguno de los dos parecía interesado en saber nada de mí. Tal vez Vigée ya les habría informado, pero también era muy probable que supieran que más les valía no hacer preguntas, en cuyo caso les devolví el cumplido, y tampoco les hice ninguna pregunta.

Por fin, Vigée llevó la conversación al verdadero propósito de nuestro encuentro.

– Sebastian no ha cruzado la frontera antes -dijo-. Al menos no desde la implantación del régimen especial de la República Democrática Alemana. Wenger, quizá quiera usted explicarle lo que pasará mañana. Viajará en un coche con matrícula diplomática francesa. Aun así, siempre es útil saber cómo comportarse y qué se puede esperar.

Grottsch asintió cortésmente, apagó el cigarrillo, se inclinó y unió las manos, como si se dispusiera a dirigir una plegaria.

– Se llama régimen especial porque las medidas tienen la intención de disuadir a los espías, los terroristas, los contrabandistas y los disidentes. En otras palabras, a las personas como nosotros. -Sonrió ante su propio chiste-. Cruzaremos por el puesto de control Alfa. En Helmstedt. Es el paso fronterizo más grande y más frecuentado, porque se encuentra en el camino más corto entre Alemania Occidental y Berlín Occidental. Son ciento ochenta y cinco kilómetros a través de Alemania Oriental hasta Berlín. La carretera discurre por un pasillo flanqueado por alambradas que está muy vigilado. Es un poco como la tierra de nadie, si la recuerda, y casi igual de peligrosa, así que, si tenemos una avería, por ningún motivo salga del coche. Esperaremos a que lleguen los de ayuda en carretera, no importa cuánto tarden. Si baja del coche corre el riesgo de que le disparen, y a las personas les disparan. La policía de frontera -los Grepos- son de gatillo fácil. ¿Me he explicado con claridad?

– Ha sido usted muy claro, Herr Grottsch. Muchas gracias.

– Bien. -Grottsch ladeó la cabeza y asintió para mostrar su agradecimiento-. Qué placer, volver a escuchar a Mendelssohn sin tener que preocuparse por parecer un antipatriota.

– Era alemán, ¿no? -dije-. De Hamburgo.

– No, no -me corrigió Grottsch-. Mendelssohn era judío.

Wenger asintió y encendió un cigarrillo.

– Así es -afirmó-. Lo era. Un judío de Leipzig.

– Por supuesto -continuó Grottsch-, entrar es una cosa. Salir es otra muy distinta. Fosos de inspección, espejos, incluso hay una funeraria para registrar los ataúdes y comprobar si el ocupante que quiere ser enterrado en Alemania Occidental está muerto de verdad. Ni siquiera Mendelssohn podría salir en estos días sin la documentación adecuada. Y lleva muerto desde hace cien años.

– Su amiga -dijo Wenger-. Fraulein Dehler. Le agradará saber que todavía vive en la misma dirección. Pero ya no es modista. Ahora regenta un cabaret llamado The Queen, en Auguste-Viktoria Strasse.

– ¿Es un lugar decente?

– Todo lo decente que puede ser.

Helmstedt era una atractiva y pequeña ciudad medieval con torres de colores brillantes y unas iglesias poco habituales. El ayuntamiento tenía el aspecto de un enorme órgano de catedral. El edificio de ladrillos de la universidad parecía un cuartel. Me hubiera gustado conocer mejor la ciudad, pero mis dos compañeros tenían prisa por pasar el puesto de control Alfa para que pudiésemos llegar a Berlín antes del anochecer. No podía culparles por ello. Desde Marienborn, llegar a Berlín era un viaje de tres horas a través de un poco hospitalario paisaje de alambres de espino y, al otro lado de la alambrada, hombres con perros, y minas. Pero nada comparable con los nada hospitalarios rostros de los Grepos en el punto de control Alfa. Con sus botas de montar, cinturones cruzados, y largos abrigos de cuero, la policía de frontera me recordaba mucho a las SS, y las grandes cabañas de madera de las que salían se parecían mucho a las de un campo de concentración. Las esvásticas habían desaparecido, reemplazadas por las estrellas rojas y la hoz y el martillo, pero todo lo demás provocaba la misma sensación, excepto por una cosa. El nazismo nunca me había parecido tan permanente como esto; ni tan concienzudo.

Grottsch y Wenger se turnaban en la conducción, y el trayecto era bastante recto; si conducías en dirección al este por la A2 durante el tiempo suficiente, llegabas a Berlín. Sin embargo, continuaban reacios a hacer preguntas, como si los franceses les hubiesen advertido contra las respuestas. Así que cuando abríamos la boca sólo hablábamos de temas intrascendentes, como el tiempo, el paisaje, el Citroën comparado con el Mercedes, la vida en la República Democrática Alemana y, a medida que nos acercábamos a nuestro destino, de las cuatro potencias y su continuada ocupación de la antigua capital alemana, que a ninguno de nosotros nos gustaba. Ni que decir tiene que pensábamos que los rusos eran lo peor de todo, pero pasamos por lo menos una hora discutiendo cuál de los otros tres ejércitos ocupantes merecería la medalla de plata. Al parecer, mis colegas eran de la opinión de que los británicos tenían los mismos defectos que los americanos -arrogancia e ignorancia- y ninguna de sus virtudes -el dinero-, que hacía que fuese más fácil tolerar la arrogancia y la ignorancia. Decidimos que los franceses eran sencillamente los franceses: no había que tomarlos en serio, y por lo tanto estaban por debajo de cualquier desprecio real. Yo tenía mis dudas acerca de los británicos, y si aún me quedaba alguna duda sobre mi profundo rechazo hacia los americanos, muy pronto se disiparon. Justo en el sudoeste de Berlín, en el cruce de Dreilinden para entrar en la ciudad por Zehlendorf, nos obligaron a parar para examinar de nuevo nuestros documentos; y al entrar en la zona americana aparcamos el coche y entramos en una tienda para comprar cigarrillos. Yo estaba habituado a ver, y fumar, tabaco de marcas americanas. Pero la abundancia de marcas americanas en la tienda me dejó de piedra. Cereales de desayuno Chex, pasta dentífrica Rexall, café descafeinado Sanka, cerveza Ballantine, whisky Oíd Sunnybrook Kentucky, comida para perros Dash, zumos de frutas Jujyfruits, pizzas Appian Way, Pream, Nescafé y 7Up. Podías estar de vuelta en Berlín, pero no te dabas cuenta.

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