Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Gris de campaña - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
1 ... 80 81 82 83 84 85 86 87 88 ... 105
Перейти на страницу:

Me quedé allí mucho tiempo. Lo suficiente para hacer las paces, si no con Dios, conmigo mismo, y cuando dejé la iglesia del Rosario -ése era su nombre- deposité algunas de las monedas del comandante del MVD en el cepillo; por sus pecados, no por los míos. Luego caminé de nuevo hacia el norte. Esta vez Elisabeth estaba en casa, aunque miró mi uniforme con horror.

– ¿Qué demonios estás haciendo aquí vestido de esa manera? -preguntó.

– Invítame a entrar y te lo explicaré. No es lo que parece, créeme.

– Más vale que no lo sea, o ya te puedes marchar. No me importa quién seas.

Entré en su apartamento y de inmediato quedó claro, por la cama y el infiernillo, que estaba viviendo en una única habitación. Al ver que enarcaba las cejas sorprendido, dijo:

– Así es más fácil calentarme.

Dejé la bolsa del comandante Weltz en el suelo, saqué el sobre del dinero del interior de mi gimnasterka y se lo di.

Ahora fue el turno de Elisabeth de ejercitar sus cejas. Se abanicó con varios centenares de dólares americanos y leyó la nota de Mielke, que lo explicaba todo.

– ¿La has leído?

– Por supuesto.

– ¿Entonces dónde está el ruso que se suponía debía entregármelo?

– Muerto. El uniforme que llevo era el suyo. -Me pareció conveniente explicar las cosas de la manera más sencilla posible.

– ¿Por qué no te lo quedaste para ti?

– Oh, lo habría hecho -respondí-. Si el sobre llevara escrito el nombre de cualquier otra persona. Después de todo, no somos extraños.

– No -asintió ella-. De todas maneras, ha pasado mucho tiempo. Creía que habías muerto.

– ¿Por qué no? Todos los demás lo están. -Le hice un relato lo más breve posible de mi experiencia en el campo de prisioneros de guerra soviético y cómo había escapado-. Se suponía que iba de camino a Berlín, con destino a una escuela antifascista cerca de Moscú. Todo ello arreglado por nuestro mutuo amigo, por supuesto. Pero creo que dedujo que yo sabía demasiado acerca de su pasado y decidió que lo más seguro era eliminarme. Así que aquí estoy. Creí que la mujer cuyo nombre aparece en el sobre podría estar dispuesta a pasar por alto el hecho de que la dejé por otra mujer y me permitiría ocultarme en su casa un par de días. Sobre todo cuando viese los dólares.

Ella asintió, pensativa.

– ¿Cómo está Kirsten?

– No lo sé. No he visto u oído nada de Frau Günther desde la Navidad de 1944. Hoy di un paseo por mi vieja calle y encontré que allí no queda nada.

– Supongo que si hubiera quedado algo, tú no estarías aquí y yo no tendría esto.

– Cualquier cosa es posible.

– Por lo menos eres sincero. -Se quedó pensativa por un momento-. Las personas cuyas casas han sido bombardeadas suelen dejar una pequeña tarjeta roja en las ruinas con alguna dirección, por si aparece algún ser querido.

– Bueno, quizá sea eso. Algún ser querido… Kirsten nunca fue lo que se dice una persona capaz de querer a alguien. Salvo a sí misma, por supuesto. Se quería mucho. -Sacudí la cabeza-. No había ninguna tarjeta roja. Lo miré.

– Hay otras formas de ponerse en contacto con los parientes -dijo Elisabeth.

– No con este aspecto. Sólo es cuestión de tiempo que me detengan. Y entonces me fusilarán. O me enviarán de vuelta a un campo de prisioneros de guerra, lo cual sería peor.

– Es verdad. Quizá sea por el uniforme, pero no tienes buen aspecto. He visto esqueletos más sanos. -Se encogió de hombros-. Muy bien. Te puedes quedar aquí. Pero si intentas hacer cualquier cosa rara, te irás a la calle. Mientras tanto, veré qué puedo averiguar de Kirsten.

– Gracias. Mira, tengo algo de dinero propio. Quizá puedas encontrar o comprarme algo de ropa.

Ella asintió.

– Iré al Reichstag a primera hora de la mañana.

– ¿Al Reichstag? Pensaba en algo más informal.

– Es allí donde está el mercado negro -me explicó-. El más grande de la ciudad. Créeme, no hay nada que no puedas conseguir allí. Desde unas medias de nailon a un certificado de desnazificación falso. Quizá también pueda conseguirte uno de esos. Por supuesto, eso significa que llegaré tarde a mi trabajo.

– ¿Modista?

Ella sacudió la cabeza con expresión grave.

– Trabajo como sirvienta, Bernie -dijo ella-. Como todos los demás que aún están vivos en Berlín. Soy el ama de llaves de una familia de diplomáticos americanos en Zehlendorf. Eh, quizá podría encontrarte un empleo. Necesitan un jardinero. Puedo ir a la oficina de trabajo en McNair cuando vuelva del trabajo mañana.

– ¿McNair?

– Los cuarteles McNair. Casi todo lo que tiene que ver con el ejército norteamericano en Berlín pasa por McNair.

– Gracias -dije-, pero si no te importa preferiría no tener un trabajo legal en este momento. He pasado los últimos dieciocho meses trabajando más que un burro para tres amos. Desearía no volver a ver nunca un pico y una pala.

– Fue duro, ¿verdad?

– Sólo para las normas de un siervo ruso. Ahora que he vivido y casi muerto en la Unión Soviética, es fácil ver de dónde sacaron sus modales. Y dónde aprendieron su optimismo por la vida. No he conocido a un solo «iván» que se pueda confundir con un optimista. -Me encogí de hombros-. No obstante, nuestro mutuo amigo parece entenderse muy bien con ellos. -Señalé con un gesto el sobre que ella todavía sujetaba-. Erich.

– No tienes idea de cuánto necesitaba este dinero.

– Por lo visto, él sí. Me pregunto por qué no te lo habrá entregado él mismo.

– Tendrá sus razones, supongo. Erich no olvida a sus amigos.

– No puedo discutir eso contigo, Elisabeth.

– ¿De verdad intentó que te asesinasen?

– Sólo un poco.

Ella sacudió la cabeza.

– Es cierto que en su juventud era un alocado. Pero nunca me pareció una persona capaz de matar a sangre fría. ¿Sabes? Aquellos dos polis, nunca creí que fuese él quien lo hizo. Tampoco creo que ordenase que alguien te asesinara.

– Los dos alemanes con los que viajaba no están aquí para decirte que estás equivocada, Elisabeth. No fueron tan afortunados como yo.

– Quieres decir que están muertos.

– Ahora mismo ésa es mi definición práctica de desafortunado. -Me encogí de hombros-. Aunque, no sé, es probable que siempre lo haya sido.

30

ALEMANIA, 1954

El lunes por la mañana salimos de Alemania Oriental y regresamos a Hannover, donde pasé otra noche en el piso franco. A primera hora del día siguiente fuimos hacia el sur, hasta Göttingen, y nos alojamos en una vieja pensión que daba al canal, en la Reitstallstrasse. La pensión era húmeda, con unos duros suelos de madera, muebles todavía más duros, techos altos y candelabros de latón polvorientos; y casi tan hogareña como la catedral de Colonia. Desde allí había un corto trayecto hasta la oficina del VdH, en un edificio de madera y ladrillo de la Judenstrasse que parecía que era la casa de los tres ositos. Göttingen era un poco así por todas partes, y también muchos de sus habitantes. El director del VdH local, Herr Doctor Winkel, era un hombre amable con gafas que podría haber sido bibliotecario de la corte de algún rey de Sajonia. Me dijo lo que ya sabíamos, que un tren que transportaba mil plenis alemanes llegaría a Friedland la semana siguiente. Sólo por mantener las formas, decidimos -Grottsch, Wenger y yo- hacer una visita al campo de refugiados de Friedland.

1 ... 80 81 82 83 84 85 86 87 88 ... 105
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)