Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
Ella miró el nombre en el sobre y permaneció en silencio por un momento.
– No tienes que hacerlo -dije-. Pero me ayudaría muchísimo.
– Por supuesto que lo haré. Sin ti, y aquel dinero que me enviaste, no sé cómo hubiese podido quedarme en este lugar. De verdad que no lo sé.
Acabé mi café y luego mi cigarrillo. Debí dar la impresión de que me disponía a marchar, porque ella preguntó:
– ¿Te volveré a ver?
– Sí, sólo que no estoy seguro de cuándo. Por el momento no vivo en Berlín. En un futuro previsible estaré alojado en Göttingen. -Pareció extrañada al oírlo, así que se lo expliqué-: Con el VdH. Göttingen está cerca del campo de tránsito de Friedland para los prisioneros de guerra que regresan. Pasan un par de días allí, y les proporcionan comida, ropa y atención médica. También les entregan los certificados de baja del ejército, necesarios para obtener el permiso de residencia, una cartilla de racionamiento de comida y un pase de viaje para volver a casa.
– Pobres diablos -dijo ella-. ¿Hasta qué punto fue todo tan malo?
– No he venido hasta aquí para explicarle a una mujer de Berlín qué es el sufrimiento -respondí-. Pero quizá, por esa misma razón, sabremos cómo y dónde encontrarnos el uno al otro.
– Eso me gustaría.
– ¿Tienes teléfono?
– Aquí no. Si quiero hacer una llamada puedo utilizar el teléfono del club. Si alguna vez necesitas ponerte en contacto conmigo, es la mejor forma de hacerlo. Si no estoy, tomarán nota del mensaje. -Cogió un lápiz y papel y anotó el número: 24-38-93.
Guardé el número en mi billetero vacío.
– Por supuesto, también puedes escribirme aquí. Tendrías que haberme escrito para hacerme saber que venías. Hubiese preparado algo. Un pastel. Y no te hubiese recibido en bata. Tendrías que haberme enviado tu dirección en Cuba. Para que hubiese podido escribirte y darte las gracias.
– Eso hubiese sido un poco difícil -confesé-. Vivía bajo un nombre falso.
– Oh -dijo ella, como si nunca se le hubiese ocurrido la idea-. ¿No estarás metido en algún lío, verdad, Bernie?
– ¿Líos? -Sonreí con ironía-. La vida es un lío. Sólo los ingenuos y los jóvenes imaginan que es otra cosa. Es un lío averiguar si somos capaces de enfrentarnos a la tarea de seguir con vida.
– Porque si estás en problemas…
– Detesto pedirte otro favor.
Ella cogió mis manos, besó mis dedos, uno tras otro.
– ¿Cuándo te va entrar en esa gruesa cabezota prusiana que estoy dispuesta a ayudarte en todo lo que pueda?
– De acuerdo. -Después de pensármelo por un momento, cogí su papel y el lápiz y comencé a escribir-. Cuando vayas al club, quiero que hagas una llamada a este número en Múnich. Pregunta por el señor Kramden. Si el señor Kramden no está, dile a quien se ponga que le volverás a llamar dentro de dos horas. No dejes tu nombre ni tu número, sólo diles que quieres dejar un mensaje de Carlos. Cuando consigas hablar con Kramden, dile que estaré alojado con mi tío François en Göttingen, en la pensión Esebeck, durante unas semanas, hasta que reciba la visita de monsieur Voltaire, que llegará en tren desde Cherry Orchard. Dile al señor Kramden que, si él y sus amigos necesitan ponerse en contacto conmigo, iré a la iglesia de San Jacobo todos los días que esté en Göttingen alrededor de las seis o las siete de la tarde; y que busquen un mensaje debajo del primer banco.
Ella miró mis notas.
– Lo puedo hacer. -Asintió con firmeza-. Göttingen es una bella ciudad. Lo que Alemania solía parecer antes. A menudo he pensado que sería bonito vivir allí.
Sacudí la cabeza.
– Tú y yo, Elisabeth, somos berlineses. No estamos hechos para vivir en un cuento de hadas.
– Supongo que tienes razón. ¿Qué harás después de Göttingen?
– No lo sé, Elisabeth.
– A mi me parece -dijo ella-, que si no conoces a nadie más en Berlín, o no puedes confiar en nadie, deberías sentirte libre de venir y vivir aquí. Como hiciste antes. ¿Lo recuerdas?
– ¿Por qué crees que te envié aquel dinero desde Cuba? No lo he olvidado. Últimamente recuerdo muchas cosas del pasado. Al contarle mi historia a, bueno, no importa a quién. Hay muchas cosas que preferiría olvidar. Pero aquello no lo he olvidado. Puedes estar segura. Nunca me olvidé de ti.
Por supuesto, no lo había contado todo en Landsberg. Al fin y al cabo, un hombre debe mantener sus propios secretos, sobre todo cuando habla con la CIA.
Los agentes especiales Scheuer y Frei podrían haber abierto un expediente con el nombre de Elisabeth Dehler si les hubiese contado todos los detalles sobre lo que pasó en aquel tren que me llevó desde el campo de plenis en Johanngeorgenstadt a Dresde y más tarde a Berlín, en 1946.
No había querido que la molestasen, así que no les mencioné el hecho de que la dirección escrita en aquel sobre con varios centenares de dólares que me había dado Mielke era la dirección de Elisabeth.
29
En vez de guardarme el dinero, había decidido entregárselo a ella en persona; como hubiese hecho el asesino del MVD, si yo no lo hubiese matado primero. Además, necesitaba algún lugar donde alojarme, ¿y dónde iba a estar mejor que con una antigua amante? Así que, cuando bajé del tren de Dresde en la estación en ruinas de Anhalter, en Berlín, tomé sin dilación un tranvía que me llevó hasta la Kurfürstendamn.
Desde allí caminé hacia el sur, convencido de que por lo menos una de las predicciones de Hitler se había hecho realidad. En los primeros días victoriosos nos había prometido que «en cinco años no reconocerán Alemania», y en efecto, eso era un hecho. La Kurfürstendamn, antes una de las calles más prósperas de Berlín, no era más que un inmenso montón de ruinas. A pesar de ser un antiguo policía, me resultaba difícil encontrar mi camino. Olvidando el uniforme que vestía, le pregunté a una mujer por una dirección y ella se alejó apresuradamente sin responder, como si yo fuera un leproso. Más tarde, cuando me enteré de lo que había hecho el Ejército Rojo con las mujeres de Berlín, me asombré de que no hubiera cogido un cascote y me lo hubiera arrojado a la cabeza.
La Motzstrasse no estaba tan dañada como otras calles. Así y todo, resultaba difícil imaginar que alguien pudiese vivir aquí con una seguridad razonable. Una excavadora podría haber nivelado sin problemas toda la calle. Era como caminar a través de una escena del Apocalipsis. Montañas de escombros. Fachadas desnudas. Cráteres lunares. El hedor de las cloacas. La calle era tan irregular como un sendero de montaña. Vehículos acorazados incendiados. Alguna que otra tumba.
La ventana del rellano frente al apartamento de Elisabeth había desaparecido y estaba tapiada, pero la puerta agrietada por el tiempo parecía bastante segura. Llamé varias veces durante algunos minutos, hasta que una voz gritó desde arriba para decirme que Elisabeth estaría fuera hasta las cinco. Miré el reloj del comandante muerto y comprendí que debería esperar sin llamar demasiado la atención. No es que fuese muy extraño que un oficial del MVD estuviese en el sector americano, pero me pareció mejor evitar cruzarme con algún policía que pudiera preguntarme qué estaba haciendo por allí.
Caminé hasta una iglesia que casi reconocí, en la Kieler Strasse, aunque dado el estado de la Kieler Strasse bien podría haber sido la Duppelstrasse. Era un templo católico, con una curiosa forma alta y angular, como un castillo en la cima de una montaña. El interior conservaba una hermosa nave con mosaicos que había escapado de las bombas. Me senté y cerré los ojos, no por reverencia sino por pura fatiga. Sin embargo, no era el tranquilo santuario que había esperado. Cada pocos minutos entraba un soldado americano con sus ruidosos y lustrados zapatos, se inclinaba ante el altar, y después esperaba paciente en un banco cerca del confesionario. Había mucha actividad. Después del día que había tenido, quizá podría haberme confesado, pero no lamentaba lo que había hecho. Deseaba matar a un ruso -a cualquier ruso- desde la batalla de Konigsberg. Se lo confesé a Él yo mismo. No necesitaba ningún sacerdote que se entrometiese entre nosotros en esa vieja discusión.