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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– Se refiere a toda la novela, con un principio, un desarrollo y un final.

– Así es.

– De acuerdo. Si de verdad quieren saberlo todo, se lo contaré.

Por supuesto, no estaba muy dispuesto a hacerlo. Demonios, no. No otra vez. Así que les di una versión editada y más entretenida de la que ya les había relatado a los americanos. Una versión francesa. Un resumen ameno, si quieren decirlo así, sin estropearlo con demasiados detalles que, como los propios franceses, eran el resultado de una conciencia extenuada y derrotada tras su lucha contra el más elemental pragmatismo. Una historia que fuera la mejor clase de historia, de esas que más vale relatar que creer.

– En el Ministerio del Interior tomaron la decisión de dejar que Mielke se fugase. A pesar de su participación en el asesinato de dos policías. Se produjo de la siguiente manera. El departamento IA había sido creado para proteger a la República de Weimar contra los conspiradores de la izquierda y la derecha; y decidimos que la mejor manera de hacerlo era tener unos cuantos informantes en cada lado. Pero eso era algo que no se podía aplicar a un hombre como Mielke. Lo habíamos arrestado y teníamos intención de mandarlo a la guillotina. Sin embargo, la Abwehr -la inteligencia alemana- convenció al ministro de que podían convertir a Mielke en su agente. Y esto fue lo que sucedió. Nos convencieron para que le dejásemos escapar, de forma tal que pudiese convertirse en un agente a largo plazo, en el topo de la Abwehr en Moscú. A cambio, nosotros cuidaríamos de su familia. La Abwehr lo mantuvo en activo durante los años treinta y la guerra civil española. Además de pasarnos algunas informaciones sobre los movimientos de tropas republicanas que fueron muy útiles para la Legión Cóndor, fue capaz de organizar varias purgas políticas contra algunos de sus mejores hombres, con el pretexto de que eran trotskistas o anarquistas. En ese aspecto, Mielke era doblemente útil.

»Cuando estalló la guerra, el SD y la Abwehr decidieron compartir a Mielke. El problema fue que lo perdimos. Así que Heydrich me envió a Francia en el verano de 1940 para sacarlo de Gurs o Le Vernet, donde creíamos que estaba. Es lo que ocurrió. Lo saqué de Le Vernet y lo envié a Argelia. Desde allí, agentes alemanes consiguieron organizar su regreso a Rusia. Fui su oficial de control en el SD durante los siguientes tres años, mientras él se abría paso en la jerarquía del partido. Perdí el contacto con él en 1945, al final de la guerra. Sin embargo, él consiguió encontrarme cuando estaba reclutando oficiales alemanes para la Stasi, y me ayudó a escapar a Alemania Occidental, donde negocié un acuerdo con unos americanos del Cuerpo de Contrainteligencia (CIC) en nombre de los dos.

– ¿Qué clase de acuerdo?

– Dinero, por supuesto. Montones de dinero. Después ayudé a controlarlo en Berlín y Viena, hasta que el CIC llegó a la conclusión de que mis antecedentes en las SS me convertían en algo engorroso para ellos. Así que asignaron a Mielke un nuevo controlador y a mí me sacaron del país de forma clandestina, vía Génova, a Argentina y luego a Cuba. Aún estaría en La Habana de no haber sido por la incompetencia de los americanos. Después de tanto trabajo para sacarme de Alemania, me enviaron de nuevo allí. El típico caso de la mano izquierda que no sabe lo que hace la mano derecha. Ahora estoy aquí con ustedes.

– ¿Mielke todavía trabaja para los americanos?

– No puedo imaginarme por qué no. ¿Alguien tan bien situado? Era el gran filón de todo el servicio de inteligencia en el GDR. Pero ellos no estaban compartiendo sus servicios. Ni siquiera el GVL tenía la más mínima idea de que Mielke espiase para los americanos. Gehlen sabía que los americanos habían infiltrado un agente entre los más altos cargos. Cuando los americanos se negaron a revelar quién era, Gehlen decidió renunciar y pasarse con su gente a los alemanes occidentales.

– Entonces, ¿por qué se arriesgaron a dejarlo ir, y a que usted nos lo contara?

– Bueno, para empezar, no lo sabían todo acerca de mí y de Mielke. Había ciertas cosas que les he dicho a ustedes que nunca les dije a ellos. Claro que ahora no tienen mucha importancia. Ya no. No he tenido ningún contacto con Mielke desde 1949, cuando me fui a Argentina. Desde entonces, Mielke se ha convertido en el segundo o tercer hombre más poderoso de la República Democrática Alemana. Por lo tanto, ¿quién iba a creerme? ¿Cómo podría probar lo que les he dicho? Es sólo mi palabra, ¿no? Además, tengo otras preocupaciones. Por si lo habían olvidado, me preocupa más de lo que ustedes creen el hecho de no haber sido yo quien mató a aquellos prisioneros de Gurs en la carretera a Lourdes, en 1940. No creo que ni siquiera se les pasase por la mente que ustedes estuvieran interesados en Mielke. En lo que a ellos respecta, a ustedes sólo les interesa ajustar viejas cuentas con tipos como yo. Si me perdonan por decir esto, caballeros, creen que sus servicios de inteligencia están enganchados a la cerca del extremismo musulmán en Argelia y que son del todo irrelevantes en su guerra fría contra el comunismo ruso. Ustedes son una atracción secundaria. Incluso los ingleses les parecen más importantes que ustedes.

No era esto lo que los franceses querían oír, por supuesto; pero sí era lo que esperaban oír. Los franceses son pragmáticos; los hechos siempre son menos importantes que la experiencia. Era, por supuesto, la única manera de que los franceses pudiesen vivir con ellos mismos.

Más tarde, nuestra conversación abordó de nuevo el tema de Edgard de Boudel, y uno de los dos hombres del SDECE me hizo la misma pregunta que Heydrich me había formulado sobre Mielke en 1940:

– ¿Cree qué podría reconocerlo?

– ¿A Edgard de Boudel? No lo sé. Han pasado siete años. Quizá. ¿Por qué?

– Queremos arrestarlo y llevarlo a juicio.

– ¿En Cherche-Midi? ¿Cuántos juicios se han celebrado en aquel tribunal? Centenares, ¿no? ¿A cuántos criminales de guerra y colaboradores han sentenciado a muerte? Déjeme que le diga cuántos. Lo leí en el periódico. Seis mil quinientos. Cuatro mil de estas sentencias fueron pronunciadas en ausencia de los reos. ¿No creen que ya es suficiente? ¿O de verdad pretenden que esto parezca la Revolución Francesa?

No dijeron nada mientras yo encendía un cigarrillo.

– ¿Por qué quieren llevarlo a juicio? ¿Por haber pertenecido a las SS? Pues no me lo creo. Francia está llena de antiguos nazis. Además, me gustaba. Me caía muy bien. ¿Por qué iba a traicionarlo? Incluso si pudiese.

– Desde la muerte de Stalin, el año pasado, su presidente Adenauer ha estado negociando la liberación de los últimos prisioneros de guerra alemanes. Estos últimos son, seguramente, lo peor de lo peor; o sencillamente los más importantes y, para los soviéticos, los más culpables. Muchos de estos hombres están reclamados por crímenes de guerra en Occidente. Incluido Edgard de Boudel. Hemos recibido información de que piensa regresar a Alemania como parte de uno de estos repatriados desde la Unión Soviética. Y creemos que, en algún momento, volverá de Alemania a Francia.

– No lo entiendo -manifesté-. Si está trabajando para el KGB, ¿por qué iba a regresar como un prisionero de guerra?

– Porque, en su actual papel, ya ha dejado de serles útil. La única manera de poder recuperar su favor es haciendo lo que ellos le ordenen. Lo que ellos quieren que haga es que se presente suplantando a algún otro. A algún alemán que con toda seguridad ya estará muerto. Usted mismo dijo que habla un alemán perfecto, que no encontró ni un solo error en su alemán. Muchos de estos prisioneros de guerra son tratados como héroes. Un héroe de vuelta a casa es un buen punto de partida para comenzar a reconstruir una carrera en la sociedad alemana. Tal vez en la política alemana. Entonces, algún día, volverá a serles útil de nuevo.

– ¿Y yo qué puedo hacer?

– Usted lo conoce. ¿Quién mejor que usted para reconocer si alguien o algo no es agua clara?

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