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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– Bueno, estábamos en 1940, y cuando dejé París no esperaba verle de nuevo, y desde luego, no tan pronto como en noviembre de 1941 en Ucrania. Edgard era parte de esa unidad francesa del ejército alemán, no las SS, porque eso fue más tarde, sino la Legión de Voluntarios Franceses contra el Bolchevismo o alguna tontería por el estilo. Era así como los franceses lo llamaban, yo creo que nosotros sólo lo llamábamos el no-sé-qué de infantería. Sí. La 638. Eso era. La mayoría eran fascistas de la Francia de Vichy, o incluso prisioneros de guerra franceses a los que no les gustaba que los enviasen a Alemania como trabajadores forzados de la organización Todt. Creo que eran unos seis mil. Pobres desgraciados.

– ¿Por qué dice eso?

Bebí un sorbo de vino y cogí un cigarrillo del paquete de la mesa. Al otro lado de la ventana, en el patio central, alguien estaba intentando poner en marcha un coche sin éxito; un poco más allá, De Gaulle estaba esperando o rabiando, según cómo se mirase, y el ejército francés se estaba lamiendo las heridas después de que le diesen otra patada en el culo -una vez más- en Indochina.

– Porque es imposible que supiesen en lo que se estaban metiendo -respondí-. Luchar contra los guerrilleros parece algo lógico visto desde París, pero en Bielorrusia era algo muy diferente. -Sacudí la cabeza con una expresión triste-. No había ningún honor en ello. Ninguna gloria. Al menos no la que ellos buscaban.

– ¿Y eso qué significaba? -preguntó Cejas-. Sobre el terreno.

Me encogí de hombros.

– Esa clase de operaciones consistían casi siempre en asesinatos. Asesinatos en masa. De judíos. Todas las acciones policíacas y actividades antiguerrilleras no eran más que un eufemismo para matar judíos. Para ser sincero con ustedes, el alto mando de la Wehrmacht en Rusia nunca hubiese confiado a la 638 cualquier otro tipo de tarea que no fueran asesinatos.

– El nombre del comandante de la unidad. ¿Lo recuerda?

– Labonne. El coronel Labonne. Después del invierno de 1941 perdí el contacto con Edgard. -Chasqueé los dedos-. De Boudel. Ése era su nombre. Edgard de Boudel.

– ¿Está seguro?

– Estoy seguro.

– Continúe.

– Bueno, muy bien. Veamos. Un par de años más tarde estuve de nuevo, durante poco tiempo, en aquel teatro de operaciones, para investigar un supuesto crimen de guerra. Fue entonces cuando oí que la 638 se había incorporado a una división de las SS en Galitzia, y que aquello era muy malo. Pero no volví a ver de nuevo a De Boudel hasta 1945, cuando acabó la guerra y ambos estuvimos en un campo de prisioneros de guerra soviético llamado Krasno-Armeesk. Es más, allí había unos cuantos franceses y belgas de las SS. Edgard me contó algo de lo que había estado haciendo. Cómo la 638 había acabado formando parte de una brigada francesa y esa clase de cosas. Al parecer organizaron una campaña de reclutamiento, aquí en París, en julio de 1943. Los franceses que se alistaron tenían que demostrar todas aquellas estupideces que exigía Himmler, como no tener ni una gota de sangre judía, para que los aceptaran. Después de recibir un entrenamiento básico en Alsacia durante unas pocas semanas, los enviaban a un lugar cerca de Praga. A finales del verano de 1944 la guerra en Francia casi había acabado, pero aún quedaba toda una brigada de SS franceses dispuestos a luchar contra los «ivanes». Unos diez mil, dijo. Los llamaban las SS-Carlomagno.

»La brigada fue enviada por tren al frente oriental, en Pomerania, no muy lejos de donde yo estaba. Edgard dijo que cuando el tren en el que viajaba la brigada entró en la cabecera ferroviaria de Hammerstein, fueron atacados por la Primera Bielorrusa soviética y los dividieron en tres grupos. Un grupo, al mando del general Krukenberg, se dirigió hacia el norte, a la costa báltica, cerca de Danzig. Entre sus integrantes, unos cuantos consiguieron que los evacuasen a Dinamarca, pero otros, como Edgard, combatieron hasta que los capturaron. Al resto los mataron o retrocedieron hasta Berlín.

»Había más franceses en Krasno-Armeesk, muchos de ellos capturados en Berlín. No puedo decir que recuerde sus nombres. Según todos los testimonios, las tropas de la SS-Carlomagno fueron los últimos defensores del búnker de Hitler en Berlín. Creo que fueron los únicos SS que se alegraron de ser capturados por los soviéticos en lugar de los americanos, porque los americanos los entregaban sin más a los franceses libres, que los fusilaban de inmediato.

– Háblenos de Edgar de Boudel.

– ¿De su paso por el campo de prisioneros?

– Sí.

– Era un teniente coronel condecorado. Me refiero en las SS. De trato fácil, incluso encantador. Era un hombre apuesto. Casi se podía decir que la guerra no había hecho mella en él. Uno de esos tipos que parecen capaces de sobrevivir a lo que sea. Hablaba bien el ruso. Edgard tenía facilidad para los idiomas. Por supuesto, su alemán era perfecto. Ni siquiera hubiese adivinado que era francés de no haberlo sabido antes. Creo que también hablaba vietnamita. Fue su facilidad con los idiomas lo que hacía de él un objetivo interesante para el MVD. Al principio le hicieron la vida bastante difícil. Por supuesto, una vez que te echan los garfios es muy difícil para cualquier hombre resistirse. Lo sé por propia experiencia.

– ¿Qué era exactamente lo que querían de él?

– ¿No lo sabe?

– Bueno, seguro que no se trataba del K-5.

– Eso fue el comienzo de la Stasi.

– Sí. No sé qué le tenían reservado. Pero lo siguiente que supe fue que le habían enviado a la escuela antifascista de Krasnogorsk, para la reeducación. Como saben, también yo estuve a punto de acabar allí. Me hubiesen atrapado, de no haber sido por el hecho de que el oficial del MVD que me interrogó era un hombre al que había conocido antes de la guerra. Un hombre llamado Mielke. Erich Mielke. Era un comisario político alemán encargado de reclutar a los plenis para el K-5.

El francés me preguntó unas cuantas cosas más acerca de Edgard de Boudel y después me llevaron de vuelta a La Santé. Ese nombre, que significa «la salud», no tenía mucho que ver con lo que pasaba dentro de la prisión. Se llamaba La Santé debido a la cercanía de la cárcel a un hospital psiquiátrico, el Saint-Anne, en la Rue de la Santé, al este del Boulevard Raspail.

En La Santé me mantuve tan apartado como fuera posible. No vi a Helmut Knochen, y para mí ya estaba bien así. Leía mi periódico, que informaba de que las cosas en el norte de África les iban tan mal a los franceses como les había ido en Indochina. A pesar de mis nuevos amigos en el SDECE, esta noticia no me desagradaba. Había momentos en los que no me sentía muy lejos de las trincheras. Sobre todo por la cantidad de ratas que había en La Santé. Ratas de verdad. Se paseaban por los rellanos con tanta tranquilidad como si llevasen las llaves.

Al día siguiente, de nuevo en La Piscina, los franceses me preguntaron por Erich Mielke.

– ¿Qué quieren saber? -pregunté, como si no supiese lo que quería oír mi audiencia; o, para ser más preciso, qué era lo mejor que se les podía decir-. Es una vieja historia. No querrán que vuelva a contarlo todo otra vez.

– Todo lo que nos pueda decir.

– No veo qué importancia puede tener para mi estancia aquí, en París.

– Deje que nosotros decidamos eso.

Me encogí de hombros.

– Quizá, si supiese por qué están tan interesados en él, podría ser más concreto. Después de todo, no es una historia que se pueda relatar en un par de minutos. Joder, algunas de estas cosas pasaron hace veinte años, o incluso más.

– Tenemos mucho tiempo. Quizá prefiera comenzar por el principio. Cómo se conocieron y cuándo. Esa clase de cosas.

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