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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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Entramos en el sector francés y nos dirigimos al piso franco de la Bernauer Strasse, que daba al sector ruso, que es como decir que los franceses controlaban la acera norte y los rusos la sur. No tenía mucha importancia. Aunque aquello no se parecía al Berlín que yo recordaba -en el lado soviético de la calle los edificios bombardeados permanecían en la más completa ruina-, el olor y las sensaciones seguían siendo casi iguales: cínica y chusca, quizá más chusca que nunca. En mi cabeza y mi corazón una orquesta del tamaño de una división interpretaba Berliner Luft, y yo aplaudía y silbaba en los lugares adecuados, como un auténtico ciudadano. En Berlín no importaba ser alemán -Hitler y Goebbels nunca lo entendieron-; lo primero era ser un berlinés y decirle a cualquiera que intentase cambiarlo que se fuese al infierno. Estábamos seguros de que algún día nos libraríamos también de todos ellos. De los «ivanes», los Tommies, los Franzis y sí, también de los yanquis. Siempre cuesta más desprenderse de los amigos que de los enemigos; sobre todo cuando creen que son buenos amigos.

Al día siguiente los dos alemanes me acompañaron a la Motzstrasse, en el sector americano.

Nos detuvimos delante del número veintiocho. El edificio estaba en mucho mejor estado que la última vez que había estado allí. Para empezar, lo habían pintado de un amarillo canario; había muchas ventanas con tiestos de geranios; y delante de la pesada puerta de roble alguien había plantado un limero. Toda la zona parecía más próspera. Al otro lado de la calle había una lujosa tienda de porcelanas y debajo del apartamento de Elisabeth en la primera planta había un restaurante caro llamado Kottler's, donde mis dos escoltas decidieron esperarme.

La puerta principal estaba abierta. Subí las escaleras, toqué el timbre y escuché. La música procedente del interior del apartamento de Elisabeth cesó. Un momento más tarde se abrió la puerta y allí estaba ella, delante de mí. Siete años mayor y por lo menos cinco kilos más. Antes había sido morena. Ahora rubia. Los kilos le sentaban mejor que el color del pelo, que no hacía juego con sus ojos castaños muy abiertos, pero a mí no me importó porque habían pasado seis meses desde la última vez que había hablado con una mujer, y mucho menos con una mujer en bata. La visión de Elisabeth vestida de esa manera me hizo recordar tiempos más inocentes, antes de la guerra, cuando el sexo todavía parecía una proposición práctica.

Se quedó boquiabierta y parpadeó con intención, como si de verdad no pudiera creer lo que estaba viendo.

– Oh Dios mío, eres tú -exclamó-. Temía que hubieses muerto.

– Lo estaba. La vida eterna tiene sus ventajas, pero es sorprendente lo rápido que te aburres. Así que aquí estoy de nuevo. De regreso en la ciudad de la caoba y la marihuana.

– Pasa, pasa. -Me hizo entrar, cerró la puerta y me abrazó con cariño-. No tengo marihuana -añadió-, pero tengo un buen café. O algo más fuerte.

– El café ya está bien. -La seguí por el pasillo y entré en la cocina-. Me gusta lo que has hecho con este lugar. Lo has amueblado. La última vez que estuve aquí creí que lo habías vendido todo. A los americanos.

– No todo. -Elisabeth sonrió-. Nunca vendí eso. Muchas lo hicieron. Pero yo no. -Comenzó a preparar el café y luego dijo-: ¿Cuánto tiempo ha pasado?

– ¿Desde que estuve aquí por última vez? Seis o siete años.

– Parecen muchos más. ¿Dónde has estado? ¿Qué has estado haciendo?

– Nada que importe ahora. El pasado. Ahora lo único que cuenta es el presente. Todo lo demás es irrelevante. O al menos, eso me parece.

– ¿De verdad estuviste muerto?

– Ajá.

Preparó el café y me condujo a una pequeña y cómoda sala de estar. Los muebles eran sólidos pero anodinos. Fuera, las hojas de color cobre de un tilo protegían la ventana del brillante sol otoñal. Me sentía como en casa. Más en casa de lo que me había sentido en cualquier otro lugar.

– No veo la máquina de coser -comenté.

– Ya no hay mucha demanda para una modista -respondió-. Al menos, no en Berlín. No después de la guerra. ¿Quién se puede permitir esas cosas? Ahora regento un club llamado The Queen. En el número 26 de Auguste-Viktoria Strasse. Pásate por allí cuando quieras. Hoy no, por supuesto. Cerramos los domingos. Por eso estoy aquí.

– ¿Hoy es domingo? No lo sabía.

– Muerto y recién resucitado. Parece poco respetable. Pero el club lo es. Quizá demasiado respetable para un hombre como tú, pero es lo que los clientes quieren en la actualidad. Ya nadie quiere al viejo Berlín. Con los clubes de sexo y las putas.

– ¿Nadie?

– De acuerdo. Los americanos no parecen quererlos. Al menos no de forma oficial.

– Me sorprendes. En Cuba nunca había bastantes clubes de sexo. Todas las noches había una larga cola delante del más famoso de todos, El Shanghai.

– No sé en Cuba, pero aquí tenemos algunos americanos muy luteranos. Esto es Alemania, después de todo. Es como si creyesen que los rusos pudiesen utilizar cualquier señal de depravación como una excusa para invadir Berlín Occidental. Parecen desear que la Guerra Fría sea lo más fría posible para todos los involucrados en ella. ¿Sabías que te pueden detener por tomar el sol desnudo en los parques?

– A mi edad ya no me preocupa. -Bebí un sorbo de su café y asentí para mostrar mi aprobación.

Elisabeth encendió un cigarrillo.

– Así que fuiste tú. La persona que me envió aquel dinero desde Cuba. Me dije que debías haber sido tú.

– En aquel momento tenía más que suficiente para dar.

– ¿Y ahora?

– Ahora estoy poniendo en orden las cosas.

– No tienes aspecto de alguien que acaba de volver de tomar el sol.

– Como te he dicho, a mi edad ya no soy partidario de tumbarme al sol.

– A mí me encanta hacerlo. Siempre que puedo. Después de todo, con los inviernos que tenemos… ¿Qué clase de cosas estás poniendo en orden?

– Las de Berlín.

– Vaya. Eso suena sospechoso. Ésta solía ser la ciudad de las putas. Y tú no tienes pinta de puta. Ahora es la ciudad de los espías. Así que… -Se encogió de hombros y bebió un sorbo de café.

– Espero que sea por eso que no les gustan las chicas de placer y los clubes de sexo. Porque quieren que sus espías sean honestos. En cuanto a tomar el sol desnudo, bueno, es difícil ser algo que ya no eres cuando te quitas la ropa.

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