Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
Nos sentamos en la galería pública, que estaba llena. Un juez civil, M. Boessel du Bourg, y seis jueces militares entraron en la sala y ocuparon sus asientos delante de una gran pizarra negra, y yo casi llegué a imaginarme que escribirían el veredicto y la sentencia con un trozo de tiza. El juez civil vestía una toga y un sombrero muy ridículo. Los jueces militares llevaban muchas medallas, aunque yo no sabría decir por qué se las habían concedido. Los dos acusados fueron llevados al banquillo. Yo no había visto a Oberg antes, excepto en los noticiarios alemanes durante la guerra. Vestía un elegante traje cruzado a rayas y unas gafas de montura liviana. Parecía el hermano mayor de Eisenhower. Knochen se veía más delgado y gris de lo que recordaba, seguramente a causa de su permanencia en prisión; por eso y por la sentencia de muerte de los británicos que pendía sobre su cabeza. Knochen me miró sin mostrar ninguna señal de haberme reconocido. Quería gritarle que era un maldito mentiroso pero no lo hice, por supuesto. Cuando un hombre se está jugando la vida ante un tribunal no es de buena educación distraerle con otras cosas.
Después, M. Boessel du Bourg leyó el extenso veredicto y pronunció la sentencia, que, naturalmente, fue una sentencia de muerte. Ésta fue la señal para que muchas personas en la sala comenzasen a gritarles a los dos acusados y, para mi sorpresa, descubrí que casi sentía pena por ellos. Habían sido los dos hombres más poderosos de París, y ahora parecían dos arquitectos recibiendo la noticia de que acababan de perder un importante contrato. Oberg parpadeaba con incredulidad y Knochen exhaló un sonoro suspiro de desilusión. Y entre nuevos insultos y aplausos, los sacaron de la sala. Uno de mis escoltas del SDECE se inclinó hacia mí y dijo:
– Por supuesto, recurrirán las sentencias.
– Así y todo, queda claro -afirmé-. Me siento alentado por el ejemplo de Voltaire.
– ¿Lee a Voltaire?
– No mucho. Pero me gustaría poder hacerlo. Sobre todo cuando uno considera la alternativa.
– ¿Cuál es?
– Es difícil leer lo que sea cuando tu cabeza está en un canasto -respondí.
– A todos los alemanes les gusta Voltaire, ¿no? Federico el Grande era un gran amigo de Voltaire, ¿verdad?
– Creo que lo era. Al principio.
– Ahora los alemanes y los franceses tendrían que volver a ser amigos.
– Sí. Por supuesto. El plan Schuman. Exacto.
– Por esta razón, por el bien de las relaciones franco-alemanas, el recurso tendrá éxito.
– Es una buena noticia -asentí yo, aunque no podía importarme menos el destino de Knochen. En cualquier caso, estaba sorprendido por este giro en la conversación, y durante el viaje de regreso a La Piscina tuve una ligera sensación de entusiasmo. Quizá mis perspectivas empezaban a mejorar después de todo. A pesar del juicio contra Oberg y Knochen, y del veredicto, tal vez hubiera alguna buena razón para pensar que el SDECE estaba mucho más interesado en la cooperación que en la coacción, y esto me venía a la perfección.
Desde Cherche-Midi fuimos al este, hacia las afueras de París. La Caserne Mortier, en los cuarteles de Tourelles, era un grupo de edificios de aspecto tradicional cerca del Boulevard Mortier, en el distrito veinte. Construida con ladrillos rojos y piedra arenisca, la Caserne Mortier no se parecía en nada a una piscina, salvo por el eco en los pasillos y un patio de tamaño olímpico que, cuando llovía, parecía un enorme estanque de agua negra.
Mis interrogadores eran de hablar suave, pero musculosos. Vestían ropa sencilla y no me dieron sus nombres. Tampoco me acusaron de nada. Para mi alivio, no estaban muy interesados en los hechos que habían ocurrido en la carretera de Lourdes en el verano de 1940. Eran dos. Tenían el rostro atento y afilado, como los pájaros, la sombra de barba que suele aparecer después de la hora de comer, los cuellos de las camisas húmedos y los dedos manchados de nicotina, y el aliento les olía a café. Eran polis o algo muy parecido. Uno de los hombres, que fumaba mucho, tenía el pelo muy blanco y las cejas muy negras, como dos orugas perdidas. El otro era alto, con la boca malhumorada de una puta, orejas como las asas de un trofeo y ojos cansados por el insomnio. El insomne hablaba muy bien alemán, pero la mayor parte del tiempo hablamos en inglés. Cuando no funcionaba, yo probaba con el francés y algunas veces conseguía acertar en lo que me proponía decir. Pero era más una conversación que un interrogatorio, salvo por las pistoleras bajo sus anchos hombros podríamos haber sido tres tipos en un bar de Montmartre.
– ¿Tuvo algo que ver con el Carlingue?
– ¿El Carlingue? ¿Qué es eso?
– La Gestapo francesa. Trabajaban en la Rue Lauriston. Número noventa y tres. ¿Alguna vez fue allí?
– Tuvo que ser después de mi estancia.
– Eran criminales reclutados por Knochen, sobre todo en la prisión de Fresnes -dijo Cejas-. Armenios, musulmanes, la mayoría del norte de África.
Sonreí. Esto, o algo parecido, era lo que los franceses siempre decían cuando no querían admitir que hubo casi tantos franceses como alemanes que fueron nazis. Y después de ver su comportamiento en las guerras de Indochina y Argelia era tentador creer que eran incluso más racistas que los alemanes. Después de todo, nadie los había forzado a deportar a los judíos franceses -incluida la propia nieta de Dreyfus- a los campos de exterminio de Auschwitz y Treblinka. Como es natural, no tenía el menor interés en herir los sentimientos de nadie diciéndolo de forma abierta, pero como el tema estaba sobre la mesa, me encogí de hombros y contesté:
– Conocí a algunos policías franceses. Los que ya he mencionado. Pero a ningún francés de la Gestapo; los SS franceses eran otra cosa. Pero ninguno de ellos era musulmán. Por lo que yo recuerdo, casi todos eran católicos.
– ¿Conoció a muchos SS de la división Carlomagno?
– Unos cuantos.
– Háblenos de los que conoció.
– De acuerdo. La mayoría de ellos eran franceses capturados por los rusos durante la batalla de Berlín, en 1945. Eran prisioneros de guerra, como yo. Los rusos los trataban de la misma manera que trataban a los alemanes. Mal. Para ellos todos éramos fascistas. Pero hubo un francés en los campos al que conocí lo bastante bien como para llamarle camarada.
– ¿Cómo se llamaba?
– Edgard -respondí-. Edgard de no-sé-qué.
– Intente recordar -me pidió uno de los franceses en un tono paciente.
– ¿Boudin? -Me encogí de hombros. ¿De Boudin? Fue hace mucho tiempo. Toda una vida. Y no una vida muy buena. Algunos de aquellos pobres cabrones no han vuelto a casa hasta ahora.
– No podría haber sido De Boudin. Boudin significa salchicha o pudding. No podía ser su nombre. -Hizo una pausa-. Intente pensar.
Pensé por un momento y me encogí de hombros.
– Lo siento.
– Quizá, si nos cuenta algo de lo que puede recordar, le venga el nombre a la memoria -sugirió el otro francés. Descorchó una botella de vino tinto, sirvió un poco en un vaso pequeño y lo olió con cuidado antes de probarlo y servir un poco más para mí y para ellos dos. En aquella habitación, en aquel apagado día de verano, este pequeño ritual me hacía sentir de nuevo como un ser civilizado, y, después de meses de encarcelamientos y abusos, también me hacía sentir como algo más que un nombre escrito con tiza en una pequeña tabla junto a la puerta de la celda. Brindé por su cortesía, bebí un poco más de vino y dije:
– La primera vez le vi aquí, en París, en 1940. Creo que fue Herbert Hagen quien nos presentó. Por algo relacionado con la política respecto a los judíos en París. No lo sé. En realidad nunca me importaron esos asuntos. Bueno, eso es lo que decimos todos los alemanes ahora, ¿no? En cualquier caso, Edgard de no-sé-qué era casi tan antisemita como Hagen, si es que tal cosa fuera posible, pero a pesar de eso, me caía bien. Había sido capitán en la Gran Guerra, y después el fracaso en la vida civil lo llevó a unirse a la Legión Extranjera francesa. Creo que estuvo destinado en Marruecos antes de que lo enviaran a Indochina. Por supuesto, odiaba a los comunistas, así que todo estaba bien. Por lo menos estábamos de acuerdo en eso.