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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– Quizá. -Sacudí la cabeza-. Si usted lo dice.

– Todos los prisioneros de guerra que regresan a Alemania Occidental lo hacen a través de la estación de Frietland. El siguiente tren llegará dentro de cuatro semanas.

– ¿Qué quieren que haga? ¿Qué me pare al final del andén con un ramo de flores en la mano, como una patética viuda que aún no sabe si su marido regresará a casa?

– Por supuesto que no. ¿Ha oído hablar del VdH?

Me encogí de hombros.

– Es algo que tiene que ver con la compensación que el gobierno alemán otorga a los prisioneros de guerra que regresan a casa, ¿no?

– Es la Asociación de Retornados, y sí, es una de las cosas que hacen. De acuerdo con la ley de compensaciones de Alemania Occidental a los prisioneros de guerra aprobada en enero de este año, todos los prisioneros de guerra tienen derecho a recibir una paga de un marco por cada día pasado en cautividad después del uno de enero de 1946. Y de dos marcos por cada día después del uno de enero de 1949. Pero el VdH, es una asociación de ciudadanos que promueve las virtudes de la democracia alemana entre los antiguos nazis. Es la desnazificación de los alemanes hecha por los propios alemanes.

– Sus antecedentes -dijo el otro francés- lo convierten a usted en un candidato ideal para formar parte de esta asociación. No es que sea un problema. La rama de la Baja Sajonia del VdH está bajo nuestro control. El presidente y varios de sus miembros están al servicio del SDECE. Trabajan para nosotros, y casi no vale la pena mencionar que le pagaremos bien. Es probable que incluso esté en condiciones de recibir una compensación como prisionero de guerra.

– Es más, podemos dar carpetazo a todo este asunto de Helmut Knochen. -El Insomne chasqueó los dedos-. Así. Le alojaremos a usted en una pequeña pensión en Göttingen. Le gustará Göttingen. Es una ciudad bonita. Desde allí, hay un corto trayecto en coche hasta Frietland. -Se encogió de hombros-. Si las cosas funcionan, quizá podríamos pactar una solución permanente.

Asentí.

– Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a de Boudel. Como es natural, me gustaría salir de La Santé. Como usted dice, Göttingen es una ciudad bonita. Y necesito un trabajo. Sí, todo esto suena muy generoso. Pero hay algo más que me gustaría. Hay una mujer en Berlín. Quizá la única persona en toda Alemania que significa algo para mí. Me gustaría volver a verla, asegurarme de que está bien y, quizá, poder darle algún dinero.

El Insomne cogió un lápiz y se dispuso a escribir.

– ¿Nombre y dirección?

– Su nombre es Elisabeth Dehler. Cuando la vi por última vez en Berlín, hará unos cinco años, su dirección era el 28 de Motzstrasse, cerca de la Kudamn.

– Nunca la había mencionado antes.

Me encogí de hombros.

– ¿A qué se dedica?

– Era modista. Hasta donde yo sé, todavía lo es.

– ¿Usted y ella eran… qué?

– Mantuvimos una relación durante un tiempo.

– ¿Amantes?

– Sí, supongo que amantes.

– Verificaremos la dirección para usted. Veremos si aún está allí. Le evitaremos las molestias si no está.

– Gracias.

Él se encogió de hombros.

– Si sigue estando allí, no tenemos ninguna objeción. Será difícil. Siempre es difícil entrar y salir de Berlín, pero aún así, lo haremos.

– Bien. Entonces tenemos un trato. Si supiese la letra, cantaría La Marsellesa.

– Su firma en un papel nos bastará por ahora. No somos muy dados a cantar aquí en La Piscina.

– Tengo una pregunta. ¿Por qué todos llaman La Piscina a este lugar?

Los dos franceses sonrieron. Uno de ellos se levantó y abrió la ventana.

– ¿No la oye? -preguntó al cabo de un momento-. ¿No la huele?

Me levanté, me puse a su lado y escuché con atención. A lo lejos se oía algo que sonaba como el rumor de un patio de juegos escolar.

– ¿Ve aquel edificio con torres, más allá del muro? -Explicó-. Es la piscina más grande de todo París. Fue construida para las Olimpíadas de 1924. En un día como hoy, la mitad de los chicos de la ciudad están allí. Algunas veces nosotros también vamos, cuando las cosas están más tranquilas.

– Vaya -dije-. Teníamos lo mismo en la Gestapo. El canal Lanwehr. Por supuesto, nosotros nunca íbamos a nadar allí. Pero acompañamos a muchos. Sobre todo comunistas. Siempre y cuando no supiesen nadar.

28

FRANCIA Y ALEMANIA, 1954

Desde La Santé fui transferido a la pensión Verdin, en el 102 de la Avenue Victor Hugo, en los suburbios de Saint-Mande, a unos cinco minutos en coche al sur de La Piscina. Era un lugar tranquilo y cómodo, con suelos de parqué encerados, grandes ventanas, y un precioso jardín donde me sentaba al sol a esperar mi regreso a Alemania. La pensión era algo así como un piso franco y un hotel para miembros del SDECE o sus agentes, y había allí varios rostros que me resultaban familiares a raíz del tiempo que pasé en La Piscina; pero nadie me molestó. Incluso se me permitía salir -aunque seguido a distancia-, y pasé un día paseando en dirección al noreste, a lo largo del Sena, hasta la Île de la Cité y Notre-Dame. Era la primera vez que veía París sin la Wehrmacht por todas partes y centenares de carteles en alemán. Las bicicletas habían dado paso a un gran número de coches, lo cual no me permitía sentirme más seguro de lo que me había sentido como soldado enemigo en 1940. Pero gran parte de mis sentimientos no eran nada más que fruto de los nervios; la fiebre del cemento, después de pasar los últimos seis meses en una cárcel u otra: no podía dejar de sentirme prisionero, como si llevara una bola y una cadena. O de parecerlo. Tal vez por esa razón me llevaron a las Galeries Lafayette, en el Boulevard Haussmann, para que me comprase ropa. Sería una exageración decir que mis nuevas prendas me hacían sentir de nuevo como un ciudadano normaclass="underline" había corrido demasiada agua bajo los puentes para que eso ocurriese; sin embargo, me sentía algo recuperado.

Como una vieja puerta a la que hubieran dado una nueva mano de pintura.

Los franceses no habían exagerado la dificultad de viajar a Berlín. La frontera interior alemana entre la Alemania Occidental y la Oriental -la frontera verde- había estado cerrada desde mayo de 1952, con las vías de comunicación entre los dos territorios completamente cortadas. El único lugar por donde los alemanes orientales podían pasar libremente al Oeste era en el propio Berlín; y entrar y salir de Alemania Oriental estaba restringido a unos pocos puntos a lo largo de una cerca muy vigilada y fortificada, cuyo paso más grande y más usado era el cruce de Helmstedt-Marienborn, en el límite de Lappwald. Sin embargo, primero tuvimos que ir a Hannover, en la zona de ocupación británica.

Salimos de la Gare du Nord en un tren nocturno: me acompañaban dos agentes franceses del SDECE. Ahora tenían nombre -nombre y pasaporte-, aunque parecía poco probable que fuesen sus nombres reales; yo también tenía un pasaporte -francés- a nombre de Sebastian Kléber, un viajante de comercio de Alsacia. El francés de las cejas usaba el nombre de Philippe Mentelin; el Insomne se llamaba a sí mismo Emile Vigée.

Teníamos un compartimiento para nosotros solos en un coche-cama, pero yo estaba demasiado excitado para dormir y cuando, nueve horas y media más tarde, el tren entró en la estación de Hannover, recé una pequeña plegaria de agradecimiento por estar de vuelta en Prusia. La estatua ecuestre del rey Ernesto Augusto todavía estaba delante de la estación, y el ayuntamiento, con sus tejados rojos y cúpulas verdes, se parecía mucho al que yo recordaba, pero, en muchos aspectos, la ciudad era muy diferente. La Adolf Hitler Strasse ahora era la Bahnhofstrasse; Horst Wessel Platz era la Königsworther Platz; y la Ópera ya no estaba en la Adolf Hitler Platz sino en la Opern Platz. La Aegidienkirche en la esquina de la Breite Strasse ahora estaba en ruinas, cubierta de ortigas y la habían dejado como un monumento para recordar a los que habían muerto en la guerra. En todo lo demás, la ciudad me resultaba irreconocible. Una cosa sin embargo no había cambiado: se decía que el alemán más puro se hablaba en Hannover; y desde luego, así era como me sonaba.

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