El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Mark cruzó la carretera, tan perplejo como el rebaño de Simmental en el altozano un centenar de metros a su derecha. Solo que las vacas en movimiento no meneaban la cabeza.
– ¿En qué dirección iba? -Ella señaló el oeste, hacia la ciudad. Ya hacía mucho tiempo que unas fuerzas empeñadas en borrar la vida de Mark se habían llevado cualesquiera pruebas que él buscara-. ¿Lo ves? Aquí no hay nada. Te lo he dicho. Se lo han llevado todo.
Se puso en cuclillas y rozó el asfalto con la palma. Entonces se sentó en el borde redondeado de la carretera, los brazos alrededor de las rodillas. Ella se le acercó para pedirle que se colocara en el arcén, pero en vez de decírselo se sentó a su lado, ambos blancos de cualquier vehículo que pasara a más velocidad que la de una cosechadora. Sin alzar la vista, extendió los brazos en el aire.
– Estábamos en el Silver Bullet. Eso lo recuerdo.
– ¿Quiénes? -le preguntó ella, tratando de hablar con tanta naturalidad como él.
– Yo, Tommy, Duane. Un par de chicos de la planta. Música, creo que el grupo que toca ahí. Hacía frío. Yo echaba un pulso con alguien. Y eso es todo. Sigue un vacío total. Ni siquiera recuerdo haber subido a la camioneta. Nada, hasta que estoy en una cama de hospital, babeando. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Semanas? ¿Meses? Como si estuviera encerrado en alguna parte y otro viviera mi vida.
Hablaba monótonamente, como una torpe voz de ordenador.
Ella le puso un brazo en el hombro y él no lo apartó.
– No te preocupes por eso -le dijo-. Trata solo de…
Él le dio unos golpecitos en el brazo y señaló. Una vieja camioneta Pontiac se acercaba desde el este. Los dos se pusieron en pie y se apartaron un metro de la carretera. El vehículo redujo la velocidad hasta detenerse ante ellos. Tenía las ventanillas abiertas. Los asientos estaban cargados de objetos, cajas llenas de ropa, rimeros de platos, libros, herramientas, incluso un ramillete de flores de plástico. En el compartimento trasero había un colchón inflable cubierto por una raída manta de algodón. Un septuagenario de gruesas facciones y tez rojiza, sin duda alguna un indio winnebago, se asomó a la ventanilla.
– ¿Algún problema con el coche?
– Algo por el estilo -respondió Mark.
– ¿Necesitan que los lleve?
– Necesito algo.
El winnebago abrió la portezuela del pasajero. Karin se adelantó.
– Estamos bien, gracias.
El hombre se los quedó mirando un buen rato antes de cerrar la portezuela y alejarse, más lento que un cortacésped.
– Eso me recuerda… -dijo Mark, no más rápido que el vehículo.
Ella aguardó, pero su paciencia no obtuvo frutos.
– ¿Qué?
– Solo me hace recordar. -Avanzó desde el lado de la carretera hasta la línea central. Ella le siguió. Mark extendió las manos, recreando el camino imaginado-. Sé que di una vuelta de campana. Sé que me operaron.
– En realidad no te operaron, Mark.
– Tenía una puñetera canilla metálica saliéndome del cráneo.
– Eso no fue exactamente cirugía cerebral.
Él alzó una palma para silenciarla.
– Te diré qué otra cosa me ha recordado ese coche. Había alguien más aquí. No estaba solo.
Los insectos hurgaban en la piel de Karin.
– ¿Qué quieres decir?
– ¿Qué crees que quiero decir? En la jodida camioneta, era el único que estaba ahí.
– Creo que sí, Mark. Verás, si no puedes recordar que subiste a la camioneta…
– ¡Pero tú tampoco estuviste ahí! Te digo lo que sé. Alguien iba sentado a mi lado, hablándome. Recuerdo que me hablaba. Recuerdo claramente otra voz. Tal vez recogí a un autostopista en alguna parte.
– No había nadie más cerca de tu camioneta.
– ¡Entonces quienquiera que fuese se levantó de su lecho de muerte y se largó!
– Si los investigadores hubieran encontrado cualquier huella, habrían…
– ¡Por el amor de Dios! ¿Quieres saber lo que recuerdo o no? Te estoy diciendo de qué se trata. ¡Gente que aparece y desaparece sin más! -Chascó los dedos con un sonido estremecedor-. Primero están ahí, luego no. En la camioneta, en la carretera, desaparecidos. Tal vez le dejé en alguna parte. Cualquiera puede desaparecer, en cualquier momento. Un día son tus parientes y al día siguiente son plantas. -Se metió la mano en el bolsillo y sacó el arrugado trozo de papel, su único asidero. El regalo que había seguido empeñado en aceptar. Las lágrimas que brotaban de sus ojos le cegaron-. Primero son ángeles, y luego ni siquiera son animales. Guardianes que ni siquiera admitirán que existen.
Tiró el trozo de papel al suelo. El viento lateral lo arrastró sobre la calzada hacia la cuneta, donde quedó trabado en una planta de panizo.
Karin lanzó un grito y salió corriendo tras el papel como si fuese en pos de un niño que hubiera cruzado la carretera sin mirar. Corrió por la cuneta, rasguñándose las piernas desnudas con las fuertes hierbas de la pradera. Se agachó y recogió el papel, gimoteando. Se volvió a mirarle, con una expresión triunfante. Mark permanecía inmóvil en la carretera, mirando al este. Ella le llamó, pero él no la oía. No desvió la mirada ni siquiera cuando ella volvió a su lado.
– Había algo ahí. -Giró sobre sus talones, trazando un semicírculo-. Yo venía por ahí, empezaba a bajar la pendiente. -Se volvió al este de nuevo-. Había algo en la carretera. Exactamente aquí.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Karin.
– Sí -replicó-. Eso es cierto. ¿Otro coche? Cruzó la línea central y vino hacia ti de frente, por tu carril.
Él sacudió la cabeza.
– No, eso no. Como una columna blanca.
– Sí, los faros…
– ¡No era un coche, coño! Un fantasma o algo así. Estaba flotando, con algo que aleteaba a su alrededor. Entonces desapareció.
Extendía el cuello hacia delante y tenía los ojos muy abiertos, mientras regresaba del accidente que acababa de recordar.
Ella le acompañó de regreso al coche y le hizo subir al asiento del pasajero. Durante todo el trayecto de regreso hasta Farview, él hizo el mismo cálculo continuo. A un kilómetro y medio de la población, le pidió a Karin la nota. Ella casi tuvo que levantarse ante el volante para sacarla de los tejanos demasiado prietos. Él la leyó de nuevo, asintiendo.
– Soy un asesino -dijo cuando ella detuvo el coche en el sendero de acceso a la Homestar-. Alguna clase de espíritu guía en la carretera, e intenté matarlo.
De modo que el autor de la nota no iba a la iglesia. Bien. Eso por lo menos estaba claro. Habían visitado todas las iglesias no ilegales y mostrado la nota a todos los creyentes de la ciudad, y nadie la había reconocido. Había llegado el momento de investigar entre los paganos. En general, la gente no lo sabe, pero Nebraska está llena de paganos. Mark realiza sus pesquisas acompañado por Bonnie. El viejo truco de los misioneros: envía a la chica más joven y atractiva que tengas. Eso es algo que saben todas las sectas. La gente es más amable con las chicas. Envía una chica a casa de alguien, y una mujer supondrá que no puede ser un asesino en serie, mientras que a un hombre se le hará la boca agua y se vaciará los bolsillos para cualquier acto caritativo que le proponga. Incluso leerá el Libro del Mormón si ella le sonríe como es debido.
Los dos van juntos, la zorra y las uvas. Como si estuvieran casados, cosa que para él, personalmente, no sería ningún problema, si eso significaba que te pintaran las uñas y pudieras echar un polvo con regularidad. A veces incluso se llevan a la perra, para dar la impresión de una familia numerosa y feliz. Al principio, a Bonnie no le hace mucha gracia, pero acepta. Emprenden una campaña de puerta en puerta, con la nota en la mano. Una lucha casa por casa, para encontrar al mensajero oculto detrás del mensaje.