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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– Este chucho es casi tan bueno como el mío -afirmó Mark-. Solo un poco menos obediente.

De vez en cuando permitía que Karin fuera con ellos, si se mantenía callada.

Barbara podía escuchar la cháchara de Mark sobre coches construidos según las especificaciones del cliente mucho después de que Karin estuviera completamente aburrida.

– Nunca puedo dejar un coche tal como viene de serie -dijo Mark, y se embarcó en una amplia anatomía del vehículo que estaba construyendo en su cabeza: Rams, Bigfoots y Broncos ensamblados en un monstruo híbrido.

Karin, dejada de lado e invisible, cincuenta metros detrás de ellos, estudiaba la técnica de aquella mujer. Barbara absorbía y dirigía a Mark para hacerle hablar. Escuchaba, arrobada, al joven que recitaba listas de piezas de automóvil, y entonces alzaba un dedo, como de pasada: «¿Has oído? ¿Qué era ese sonido?». Sin que él se percatara, le hacía escuchar los coros de cigarras a los que no había prestado atención desde los quince años. Barbara Gillespie tenía una habilidad asombrosa, un aplomo que Karin podía diseccionar e incluso imitar durante breves períodos, pero que no podía confiar en poseer jamás. La entristecía ver en Barbara lo que ella finalmente quería ser cuando madurase. Pero no tenía más posibilidades de convertirse en Barbara de las que tenía una luciérnaga de convertirse en un faro gracias a su diligencia. El lugar que aquella mujer ocupaba ahora en la vida de su hermano era más importante que el suyo.

Mark podía hacer cualquier cosa por su muñeca Barbie. Un día, al atardecer, Karin los encontró sentados a la mesa de la cocina con las cabezas inclinadas sobre un libro de arte, con el mismo aspecto de Joan Schluter y el último pastor que tuvo examinando las Escrituras. El libro se titulaba Guía para ciegos: 100 artistas que nos dieron nuevos ojos. Algún volumen del estante secreto y sorprendente de Barbara. Karin se acercó a ellos por detrás, temerosa de que Mark pudiera enojarse y expulsarla. Pero él ni siquiera se percató de su presencia. Estaba hipnotizado por la pintura de Cézanne Casa y árboles. Los dedos de Barbara recorrían la imagen, hermanándose con los troncos. Mark contemplaba la página, siguiendo las marcas dejadas por la espátula. Luchaba con la imagen, un forcejeo que surgía de su interior. Karin vio enseguida qué era aquello con lo que se debatía: la vieja granja familiar, el refugio contra los años precarios de su infancia, la casa cuya hipoteca su padre trató de pagar fumigando campos en una antigua avioneta Grumman AgCat. Ella no pudo contenerse.

– Sabes dónde se encuentra eso, ¿verdad?

Mark se volvió hacia ella, como un oso sorprendido mientras busca algo de comer.

– No está en ninguna parte. -Señaló su cabeza con bruscos gestos-. Una puñetera fantasía, es ahí donde está.

Karin retrocedió, estremecida. Él podría haberse levantado para abofetearla de no ser porque Barbara le sujetaba el brazo. El contacto cerró un circuito, y él volvió a concentrarse en la lámina, mientras su enojo se desvanecía. Tomó el libro y pasó las páginas con el dedo índice, como si fuese un folioscopio, quinientos años de obras maestras de la pintura en cinco segundos.

– ¿Quién ha hecho todos estos cuadros? Quiero decir, ¡mira esto! ¿Cuándo empezaron a hacerlo? ¿Dónde he estado durante toda mi vida?

Transcurrieron unos minutos antes de que Karin dejara de temblar. Cierta vez, ocho años atrás, él le partió el labio de un revés cuando ella le llamó gilipollas indigno de confianza. Ahora podría hacerle auténtico daño, y sin saberlo siquiera. Se quedaría como estaba para siempre, incluso más trastornado de lo que estuvo su padre, incapaz de conservar empleos, mirando documentales sobre la naturaleza y hojeando libros de arte, reaccionando al más pequeño contratiempo con accesos de furia. Y luego se daría la vuelta, perplejo, como si no pudiera creer del todo lo que acababa de hacer.

Karin se sentía desgarrada: dependería de ella para siempre. Y seguiría fallándole, de la misma manera que no supo proteger a sus padres de sus propios y peores impulsos. Sus atenciones incluso empeoraban más a Mark. Ella necesitaba que él fuese de una manera que nunca volvería a ser, una manera que ella ya no estaba segura de que jamás hubiera sido. No tenía fuerzas para enfrentarse a su nueva y apabullante inocencia. Se sentó en una silla plegable. El arco de su propia vida ya no conducía a ninguna parte. Los años futuros se derrumbaban, enterrándola bajo su peso muerto. Entonces el contacto de unos dedos en su antebrazo la hicieron volver en sí.

Miró a Barbara, un rostro que parecía ecuánime ante cualquier conducta. La mujer retiró su mano del brazo de Karin y siguió guiando a Mark por las páginas del libro tranquilizador. Parecía conocer los nombres de todos los pintores, sin mirar siquiera los pies de las ilustraciones. ¿Prodigaba los mismos cuidados a todos sus pacientes a los que habían dado el alta? ¿Por qué había elegido a los Schluter? Karin no se atrevía a preguntárselo. Las visitas no podían durar mucho más. Pero allí estaba Barbara, sentada a la mesa de la cocina de Mark, haciéndole compañía en su ceguera.

Aquella noche, las dos mujeres se marcharon juntas. Karin acompañó a Barbara hasta su coche.

– Escucha. No sé cómo decirte esto. Estoy en deuda contigo. Jamás podré agradecerte lo que estás haciendo. Jamás.

Barbara arrugó la nariz.

– Bah. No es necesario. Soy yo quien te agradece que me dejes venir.

– En serio. Sin ti estaría perdido. Estaría… peor.

Aquello era demasiado. La mujer retrocedió, dispuesta a huir.

– No tiene importancia, lo hago por mí.

– Si alguna vez hay algo, cualquier cosa, que yo… por favor, por favor…

Barbara sostuvo su mirada: Podría haberlo, algún día. Para sorpresa de Karin, dijo precipitadamente:

– ¿Quién sabe cuándo necesitaremos a alguien que cuide de nosotros?

Ni siquiera los dos amigos de Mark ponían nerviosa a Barbara. Cuando sus visitas coincidían, Rupp y Cain la incluían en sus partidas de cartas. Siempre que los muchachos jugaban, ella participaba. Mark salía de su laberinto durante tanto tiempo como ella estaba cerca. Cain no podía resistir la tentación de arrastrarla a continuos debates: la guerra contra el terrorismo, el necesario recorte de las libertades civiles, el invulnerable pero, de alguna manera, infinitamente amenazado estilo de vida norteamericano. Era uno de esos polemistas regordetes y apopléticos que mascullan estadísticas, muy detalladas y en continua mutación. Barbara le machacaba, de una manera nada deportiva, e incluso permitía que Duane se subiera al mismo cuadrilátero que ella. Cierta vez él citó un artículo recién remozado de la Declaración de Derechos, y ella le replicó con todo el documento, que se sabía de memoria. Él abandonó la sala hecho una furia y gritando: «¡Tal vez en tu Constitución!».

Rupp le tiraba los tejos a conciencia, moralmente obligado a hacerlo, y para ello recurría a súplicas cada vez más desesperadas: que le ayudara a curar al hurón que tenía como mascota. Una excursión para lanzar maquetas de cohetes. Lamer sobres para un gran acontecimiento destinado a recaudar fondos. Ella respondía con alegres negativas. Cierra el pico. Levántate el ánimo tú solito. Anda y que te den. Todos esperaban la siguiente escalada. Todos menos Mark, que, con los ojos húmedos, les rogaba que callaran de una vez.

Karin le daba lo que él le permitía que le diera. Le encantaba llevarlo a las sesiones de terapia cognitiva, que duraban una hora y a las que Mark oponía cada vez más resistencia. Después de la tercera cita, de regreso a casa y de una manera tan natural que no incumplía las órdenes del hospital, le sondeó de nuevo.

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